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El sonido y la furia

por · Diciembre de 2015

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Si no hubiera sido por Nicolás Massai, jamás habría ido al festival de rap Rey del Gallinero: Batalla de los Gallos, que tuvo lugar ayer en la Plaza de la Paz, en las mismas puertas del Cementerio General, herméticamente cerradas, con seguridad para evitar que los muertos resucitaran mientras se desarrollaba este extraordinario concierto. Si no fuese por Nico, todavía seguiría en ayunas con respecto a una de las manifestaciones musicales y literarias más sobrecogedoras de las dos últimas décadas, de un poder tan hipnótico, tan sugestivo, tan magnético que, horas después de haber vivido esta experiencia, se me hace difícil creer que la haya pasado por alto sin interesarme por ella. Y gracias a este ex alumno, y ahora amigo, pude comprender, espero que con cierto nivel de entendimiento, este excepcionalísimo fenómeno cultural.

Mis gustos musicales no son convencionales y yo diría que se caracterizan por un alto grado de eclecticismo. Sin embargo, como lo he dicho otras veces, mi pasión rockera llegaba desde los fundadores —Elvis Presley, Bill Halley, Brenda Lee, los Beatles, los Rolling Stones, Janis Joplin, Tina Turner—, hasta, digamos, The Doors, Queen, The Police, Dire Straits y, en ocasiones, U2. Del rap muy escasas nociones tenía: recitados en rima con golpes tímbricos, salmódicos, encantatorios, versos de profunda protesta contra el ordenamiento vigente, talento para moverse en escena y un poco más. No vamos a decir que me convertí en un experto gracias a las 5 o 6 horas que me pasé escuchando a los gloriosos intérpretes del pasado domingo, pero creo que algo saqué en limpio y, sobre todo, estoy seguro de que adquirí una nueva y benéfica adicción. Nico y yo llegamos antes de las 16:00 horas y, luego de obtener credenciales explicándoles que yo iba a cubrir el evento para paniko.cl, lo que de inmediato motivó que nos dieran pulseras para el sector VIP, nos fuimos a dar una vuelta para comer algo, ya que Denise y Bernardita, nuestras amables anfitrionas, nos aconsejaron que llegáramos más tarde para no pescarnos una insolación. De todas formas, a las 17.00 horas ya estábamos instalados y este debe ser el concierto más largo y estrepitoso al que he asistido en mi vida, ya que finalizó cerca de las 10 de la noche.

A propósito de extensión horaria y de estruendo, la gran soprano sueca Elisabeth Söderstrom dijo, poco antes de morir, que cuando ella era joven, la mayor cantidad de ruido era producida por una ópera de Wagner y que en su madurez comprobaba con cierto pesar que eso había sido reemplazado por un concierto de rock. A propósito de Wagner, claro, he visto Tristán e Isolda, Parsifal o El ocaso de los dioses, cuya escenificación toma unas 5 a 6 horas. Por supuesto, ha sido en teatros, cómodamente sentado, con amplios intermedios, en suma, un espectáculo muy caro y bastante relajado. Batalla de los Gallos era sin pagar un peso y por más que estuviésemos en una sección privilegiada, había que seguir la función de pie. Bueno, Nico tiene 25 años y yo muchos más y, sin embargo, he aquí el milagro: aun cuando había gente cercana a mi edad, yo debo haber sido el mayor entre los miles de asistentes que colmaban ese hermoso espacio santiaguino y en ningún momento me cansé, jamás perdí el entusiasmo por lo que oía, lo que veía y lo que me decían que los raperos cantaban, declamaban y bailaban. Había personas de todas las clases sociales —nos hicimos amigos de un chico de La Cisterna y otro de Puente Alto, muy fervientes, aunque también harto críticos—, familias enteras, rubios, morenos, altos, bajos, gordos, flacos, que, de alguna manera, replicaban a quienes se desplazaban en el enorme proscenio, dotado de una tecnología de punta y preparado con mucho esmero y anticipación. Había drones que filmaban a la muchedumbre, enormes reflectores que iluminaban a los participantes, grandes pantallas laterales para quienes, como yo, por momentos se cansaban y preferían sentarse, pero debo decir que estuve casi todo el tiempo de pie. No había, por supuesto, representantes de ningún medio de comunicación local, que seguramente en esos momentos cubrían asaltos, algún partido de fútbol, uno que otro fascinante debate político o la apasionante noticia de la señora que perdió a su perrito cerca de la plaza Ñuñoa.

Había, sobre todo, calor, transporte, fuego, emoción, vehemencia, ímpetu, efervescencia y como nada hay más contagioso que este tipo de emociones, muy luego fui víctima de ellas y lo sigo siendo al recordar este inolvidable encuentro. Los raperos provenían de muchos países de habla española y todos, sin excepción, presentaban una calidad, un talento y una capacidad de improvisación asombrosa; cuando yo no entendía lo que cantaban o, mejor dicho, lo que recitaban, Nico me lo traducía y así podía seguir unas letras incendiarias, violentas, a ratos dislocadas, a ratos muy coherentes, siempre de una belleza poética que enardecía a la multitud y, tengo que confesarlo, por momentos me dejaban estupefacto. Ni un solo cantante era malo, mediocre o siquiera pasable: todos, sin excepción, fueron excelentes. Y como ya lo dije, la vasta mayoría de estos artistas no se caracterizaban precisamente por su físico, ya que los había para todos los gustos, predominando, desde luego, los desastrados, los desaliñados, los chascones, si bien bastaba con que abrieran la boca para transformarse en reyes de las tablas.

En un momento dado, se me acercaron, con micrófono y cámara, dos miembros de la televisión española, que pienso fue la única que registró este magnífico recital y comenzaron a hacerme preguntas que enseguida me pusieron nervioso; así, cuando llegó el momento de responderles en qué se basaba la Batalla de los Gallos, me vi en tan serios aprietos que llamé a Nico, mi maestro en el rap, ya que para mí ese término solo evoca una práctica prohibida desde los tiempos de Bernardo O’Higgins. Nicolás, una enciclopedia ambulante en esta materia, se explayó con soltura, pero los reporteros no me querían soltar, de modo que pude salvarme gracias a que conocía al conjunto De Kiruza y les conté de dónde provenía ese nombre. Entonces se despidieron bautizándome como «Camilo Marks, el rapulento» (por la canción de Panteras Negras). Pocas veces me he sentido tan contento en los días que corren.

La Batalla de los Gallos, pude saber, consiste en un combate entre dos raperos que lidian por sacar las mejores estrofas y la máxima originalidad en los temas. Así, la fiebre va creciendo a medida que la lucha se intensifica y a estas alturas pienso que quien es incapaz de conmoverse ante aquella espléndida manifestación de música urbana, debe ser un abúlico consumado o una aburrida profesional. Todos, absolutamente todos eran, son estrellas del rap y en estos momentos apenas me vienen a la memoria unos pocos nombres del medio centenar de participantes: Tom Crowley, que sacaba chispas con su actuación, Aczino, completamente irresistible, Inmigrante, más que brillante, Invert, sobresaliente, el electrizante rapero chileno Kaiser y, sobre todo, el carismático Arkano, un muchacho gordinflón de Alicante, que no solo enloquecía a la audiencia, sino que se alzó definitivamente con el primer lugar del campeonato. Los textos, hay que decirlo, son subversivos, sarcásticos, duros, secos, agudos, deslenguados, groseros, líricos, violentos, en ocasiones paranoicos y van acompañados de una cadencia cada vez más dinámica, cada vez más varonil, de forma que el arrebato del público va en aumento y seguramente nadie se retira a su casa muy tranquilo después de semejante vivencia. Lamentablemente, no anoté nada de lo que se decía, verbalizaba o entonaba, si bien me habría sido imposible hacerlo debido a la vertiginosa rapidez de la acción.

Siempre he sostenido que nunca es tarde para aprender y por más que ahora aprendí de lo que vi y en especial de Nicolás, de quien fui profesor, en esta oportunidad mi aprendizaje fue algo de lo que crecientemente disfruto: constituye una dicha inmensa adquirir conocimientos de alguien a quien una vez enseñamos o de estudiantes que me pasan trabajos, que me proporcionan información y cultura de la que carezco, lo que, dicho sea de paso, me sucede muy a menudo.

La Batalla de los Gallos no fue, como expresa Macbeth al final de la tragedia de Shakespeare, un cuento contado por un idiota lleno de sonido y furia, sino una historia repleta de alegría, vitalidad, energía, con mucho sonido y mucha furia, con inmensas ganas de vivir, con el inaudito placer de la creación que se produce en el mismo momento en que estamos presentes y con la insospechada felicidad que produce la fusión entre público y actores. Se trata de esa clase de felicidad que podemos ver a diario, gratis y que, pese al reinado supremo de la vulgaridad y el mal gusto, lo supera con creces al entregarnos un espectáculo de primerísimo valor.

El sonido y la furia

Sobre el autor:

Camilo Marks es novelista y crítico literario. Como reseñista, ha colaborado, desde 1988 hasta el presente, en diversos medios escritos. Es autor, entre otros libros, de La crítica: el género de los géneros y La dictadura del proletariado.

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