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Memoria activada

por · Marzo de 2016

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Yo vivía en el pasaje San Esteban de la Villa Alonso de Ercilla de La Florida, también conocida como Los Rojos por el color de sus edificios de ladrillo. Ahí, todos los menores de 18 eran raperos. El Eduardo vivía en el block del lado y contaba con tecnología a la que yo aún no podía aspirar: TV cable en la casa y todas las maquinitas del living (tele, videocasetera y equipo de música) conectadas entre sí. En 1999, me parecía lo más avanzado y envidiable del mundo.

Por suerte, el Eduardo era buena tela: grababa todos los videos de rap que aparecían en MTV y cada episodio de Xtreet de Vía X en unos VHS a los que les sacaba el jugo, estirándolos por varias horas usando la más baja definición de imagen, y después me los prestaba. Antes de recibir un VHS, me llegaban adelantos de su contenido en formato de audio, a través de artesanales compilados en cassette.

Conocí a Eminem por una de esas recopilaciones, que traía una actuación en los premios MTV compartida con Dr. Dre y Snoop Dogg. Resonó conmigo: no sabía suficiente inglés como para entender qué rapeaba, pero era evidente que el tipo estaba enojado. Yo tenía 14 años y también estaba enojado porque, bueno, tenía 14 años. Até cabos después, viendo los videos. A Eminem le cargaba lo mismo que a mí: la música pop de moda y los famosos estúpidos.

Hartas cosas han pasado desde entonces. Ya no vivo en Los Rojos, ya no me junto con el Eduardo, ya jubilaron los VHS. Vi a Eminem en Lollapalooza y supe que para él también esa época fue como otra vida. Ya no es el nuevo chico prodigio, ya no se droga, ya nadie se escandaliza por sus letras. Llegó a Lollapalooza en calidad de artista clásico. Viene de vuelta, superó su aversión al pop de moda: hizo “The monster” y “Love the way you lie”, las dos canciones que tiene con Rihanna, de quien seguramente antes se hubiese burlado.

Una sola vez pisó el acelerador, rapeando algunas líneas en modo turbo, y ganó tantos aplausos como un cantante viejo que llega al más exigente agudo. Aunque nunca sonó realmente mal, se valió de un truco dañino para el ritmo del show: solo presentó fragmentos de las más de 30 canciones que conformaban su setlist. En varios casos, apenas soltaba una estrofa y dejaba el coro corriendo con tal de ganar aire. Que, para colmo, hubiese tiempo muerto entre temas atentó contra el dinamismo de la presentación. No estuvo a la altura de Nas, que hace algunos años años tampoco reprodujo íntegramente las piezas de su repertorio, pero se paró a rimar sin pausas por 50 inolvidables minutos en el Movistar Arena.

Igual se me puso la piel de gallina con la tríada que formaron “My name is”, “The real Slim Shady” y “Without me”. Como a todos, creo. Por un segundo, casi piso el palito y sucumbo ante el gancho que hace andar el negocio de la nostalgia: esa embriagante sensación de que todo tiempo pasado fue mejor. Pero no, loco, qué mentira. Ir al liceo era una mierda, no tener Internet para pasar el tiempo libre era una mierda, bancarse a los locutores de la FM Hit o la Rock & Pop para escuchar la música que quería era una mierda, no hacer nada productivo era una mierda, no poder ir a conciertos por falta de plata era una mierda. Eminem es un recordatorio ambulante que vino a activar memorias. Viéndolo, me acordé de lo mucho que prefiero este momento. A mí déjenme en el presente no más.

Eminem

Memoria activada

Sobre el autor:

Andrés Panes (@panesandres) es periodista musical.

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