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Estoy en México bitches

por · Enero de 2014

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Esta es la primera de una serie de crónicas de una recién llegada al DF. Toques eléctricos, estar todo el tiempo como a la salida de un estadio, y el olor a aliño que lo envuelve todo.

Te dicen Ciudad de México. Un día, en un mail, en un skype te dicen Ciudad de México y es igual que si hubieran dicho Caracas, Bogotá, Río: una postal de la megalópolis latina. Después, semanas después, estás en un avión; que en aquel mail, aquel skype dijeran Ciudad de México —y no Caracas, Bogotá, Río— cobra una importancia decisiva. Otra historia, otros modismos, otras comidas, otros paisajes, otra gente. Todo eso fue, al principio, una palabra.

mex3Alguien me dijo Ciudad de México.

Me vine con la idea romántica de mirar los medios locales de cerca, como la Rimbaud de sobremesas con diarios abiertos. Te dicen que los periodistas mexicanos que se meten en política y narcotráfico son perseguidos, hechos puré literalmente y que muchas veces tienen que escapar de la muerte o derechamente vivir ocultos en un anonimato parecido a la invisibilidad.

Mientras entiendo más del periodismo mexicano me he dedicado a observar.

El DF es caótico, saturado y tiene muchos contrastes. Puedes vivir a media hora de un lugar, pero te demoras dos. Al lado de una casa enorme y con guardias generalmente hay otra cayéndose a pedazos. En la universidad hay alumnos becados y otros que llegan con guardaespaldas.

En las calles, que huelen generalmente a algún aliño muy fuerte, siempre gana el más grande, así que como peatón estás perdido: siempre vas en desventaja frente a los autos.

Sus habitantes son tan amables que pueden mandarte a Canadá caminando por hacerte creer que te ayudaron.

Las fiestas son cosa seria. Las universitarias empiezan los miércoles y los fines de semanas comienzan muy temprano. Los jóvenes que estudian o trabajan en el barrio “fresa” de la ciudad, que es como le dicen a los cuicos y que es Santa Fe, van a un pub llamado Big Yellow con precios nada de parecidos a los bares de mala muerte de Santiago.

La borrachera, les advierto, es inminente. Lo que más se toma es mezcal, tequila Don Julio y cerveza Indio.

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Para los hombres, la camisa es casi obligatoria. Les dicen “mireyes” a los que se ponen gel en el pelo como un ritual de celo para conquistar chicas. Para las mujeres, es común verlas salir tan arregladas como una alfombra roja del cable.

El primer día vi a jovencitas bailando arriba de las mesas, tocándose entre ellas y gritando «shot, shot, shot» para encender la fiesta con mini tequilas. Al rato se iban dignamente manejando a sus casas. Por encuesta concluí que no le temen a que las pillen manejando así, sino a que un policía las agarre y les pida una cantidad de dinero no muy razonable.

Y ojo: eso es mucho más peligroso que pasar dos días en un calabozo, dicen.

Toques DFOtro lugar muy a gusto es La Colonia Condesa. Una mezcla entre Providencia, Lastarria y el Parque Forestal donde la comida se luce, al igual que los bares. El target son extranjeros y adultos jóvenes.

Más o menos tarde, en La Mezcalería, aparecen unos misteriosos hombres que se paran con dos tubos metálicos y una caja amarrada a su cintura. Por cuatro pesos mexicanos (unos CL$200) venden golpes de corriente. Los toques. Que puedes recibir sola o acompañada, pero si eligen la segunda opción, comienza la competencia por quién aguanta más rato el dolor. Es la manera mexicana de seguir prendido, como después de una bebida energética.

Es raro. Tanto como la costumbre masoquista de echarle ají a todo lo que se pueda tomar y comer. Incluso la leche.

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Estoy en México bitches

Sobre el autor:

Tamy Palma (@tamypalma)

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