Huracán Florence

por · Marzo de 2016

Florence + the Machine en Lollapalooza.

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Florence Welch lleva un vestido transparente, color turquesa, diseñado por uno de los modistos de la casa Gucci. Parece salida directamente de una pintura de hace un par de siglos. Luce inalcanzable, fuera de esta realidad. La luz todavía es tenue, acentuando lo quimérico de su imagen. Ella se para con gesto dramático, su mentón apunta hacia el cielo. En su pelirroja cabeza, una corona de flores que perderá en breve, cuando la compostura del inicio dé paso al huracán Florence.

La metamorfosis se lleva a cabo en plena canción inaugural, “What the water gave me”, y el escenario empieza a llenarse de Florence, que va a un lado a otro e invade todo con su enorme presencia. Pandero en mano, salta, exige que el público cante, se despeina. Entre un tema y otro, agradece con una voz de dulzura infantil que contrasta fuertemente con su usual vibrato. Después se comporta como una estrella de rock: la perdemos de vista en “Rabbit heart (raise it up)” porque se va a pasear entre el público, al que se acerca intrépida, sin alarmarse por las numerosas manos anónimas que buscan tocar las suyas. En “Queen of peace”, la rodaja más sabrosa de su último disco, el multiventas How big, how blue, how beautiful, se vuelve una diva teatral. Posee tantas facetas, que en una sola canción puede exponer dos: “No light, no light” parte con ella en labores percutivas y termina con un justificado alarde vocal.

Florence Welch tiene suficientes aristas como para perderse analizándola. Sí, es una heredera de la grandilocuencia de Kate Bush y de la mística hechicera de Stevie Nicks, pero lo suyo es mucho más que un cúmulo de referencias al pasado. Que yo sepa, Kate Bush nunca fue alcohólica, Florence sí, y de hecho en “Ship to wreck” hay alusiones nada vedadas al hábito de tomar en exceso («¿Bebí demasiado? ¿estoy perdiendo el toque? ¿construí este barco para destruirlo?»). Hasta donde recuerdo, Stevie Nicks nunca se lesionó tocando en vivo, pero Florence se rompió el pie por saltar como una orate en Coachella.

Uno de mis héroes del periodismo musical, Diego A. Manrique, escribió una vez que «las contradicciones son la llave para entender a cualquier megaestrella». Recuerdo esa frase observando la devoción que genera la inglesa ahora que sus canciones exploran temáticas personales, cuando antes respondían a motivos un tanto escapistas. Más gente que nunca se relaciona con su música, un logro nada sencillo: consiguió elevar la cercanía con su audiencia y, al mismo tiempo, aumentar considerablemente esa base de seguidores. Y esa personalidad magnética, que encandila a tantos, no fue desarrollada en pos de atraer personas, sino de esquivarlas. Cuando chica, Florence se encerraba en su mundo de fantasía y canciones inventadas para capear los problemas familiares.

No fue un concierto perfecto, pero no tenía necesidad de serlo. Sobró el blandengue cover de “All you need is love” de los Beatles, hubiese sido preferible otro (tiene algunos estremecedores, como “Postcards from Italy” de Beirut, por ejemplo). Y quedaron singles fuera, asunto sensible cuando se trata de un show festivalero en el que, se sabe, muchos llegan a escuchar temas oreja. Aparte de “Kiss with a fist”, que hubiese encendido la velada, quedó pendiente “Cosmic love”, exigida por varios en numerosas ocasiones. Como sea, la experiencia califica de imborrable. Ver semejante despliegue de fuerza (escénica, emotiva, vocal) no se olvida fácilmente. Si la ironía posmoderna es dañina, como decía Foster Wallace, la franqueza de Florence + the Machine funciona como un antídoto, aunque a ratos dé la impresión de estar tomándose demasiado en serio a sí misma.

Florence + the Machine

Huracán Florence

Sobre el autor:

Andrés Panes (@panesandres) es periodista musical.

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