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Pequeños cuadros para gratificación de los míos

por · Mayo de 2019

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Apuntes de Estudios sobre la distancia, de Florencia Smiths.

Separar/abstraer cuerpo y escritura como panacea de un abandono. O por lo menos hacer el intento en la dificultad (o imposibilidad) del ejercicio. Al menos ésta podría ser una posible entrada para el libro que nos concierne, Estudios sobre la distancia (Pez Espiral, 2018), de Florencia Smiths. Aparecido en paralelo con una compilación de su obra publicada hasta la fecha (Estética del tajo, 2018), no resulta azarosa la constante cuerpo-palabra en los textos de Smiths. Como señala Verónica Jiménez, este núcleo ha adquirido distintas formas: la dualidad “bajo el signo del daño (El margen del cuerpo), el crimen (La ciudad no) y el sometimiento (La velocidad de la caída)”.

Aunque sea transversal, el límite de sus reflexiones es claramente maleable; se expande y muta en distintas formas, como el proceso de cicatrización. Los orígenes y consecuencias de las cicatrices nunca son replicables, y al hacer el recorrido uno tiende a olvidar u omitir detalles. O está consciente de su naturaleza autodestructiva: “Escribo contra mí” (9). La distancia del otro implica también un alejamiento de sí mismo, una mirada menos complaciente. Con el impulso de ciertas imágenes que traen a la luz el recuerdo de la persona ausente (“a ratos suelo mirar algún cuerpo/que adopta tu caminar en la calle”), no queda más que pedir comprensión por verter la propia fragilidad, imposible de desprender en el acto de la escritura: “no sé apartarme de los poemas/en el momento preciso/ni explicar a grandes rasgos la trinchera/donde suelo protegerme” (27).

El poema también se concibe como un ente que confiere otra mirada a la realidad, nuevamente en estrecha relación con el propio cuerpo:

me duele crecer hacia la realidad
el mar azota a las piedras
cuando quieren salirse
y todo es parte de un círculo que se agita
y revienta como yo
hacia la realidad (22)

El choque entre lo líquido y lo concreto en la geografía extendido hacia un estado emocional y un posicionamiento poético inestables. Visiones del entorno que invaden y envuelven el cuerpo: “una imagen que me invade a su ritmo/y a la vez me atenta cuando callo/para emerger” (33). El deseo de alejarse de una forma de expresión particular, aferrada no a la voz sino a lo corpóreo como unidad, relacionada también con la naturaleza: “me pregunto si se puede aprender a no hacer/como se pregunta al final del día el arbusto/hasta cuándo morar/al borde siempre del precipicio” (34).

El padecimiento de la separación y sus efectos se ven y se sienten palpables en los poemas que conforman el libro, aunque se trata de una voz que prefiere mantenerse bajo la contención emocional, lo que evidentemente hace juego con el tema de pensar las distancias entre corporalidad y expresión: evitar verter todo a vista y paciencia del interlocutor y observar las propias limitaciones desde una mirada desafectada. O que intenta ser desafectada, pero Smiths sabe que el prisma sólo devuelve pedazos que brindan un breve consuelo o que punzan por debajo de la piel.

Pequeños cuadros para gratificación de los míos

Sobre el autor:

Tomás Morales

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