
Talking Heads
Es macizo, lleva unos lentes Ray ban negros y una camisa negra abierta un poco en el pecho. Ignacio Fritz (24) está sentado en el Café Emporio La Rosa. Sobre su mesa hay un café acabado y en su mano sostiene un smirnoff ice que beberá mientras caminamos por el Forestal. A primera vista resalta cierto parecido con algunas fotos de Hemingway debido a su físico y, claro, al igual que Hem, Fritz también practicó box. Y Fritz también tuvo una amistad con el alcohol, sólo que a él esa amistad lo costó seis meses en la Clínica Bretaña.
Minutos después me invita a su departamento. La cocina y el living están unidos. Hay bastantes libros desparramados por todas partes (mucho Hemingway -a propósito- y Gabriel García Márquez y una torre de portadas Anagrama). Varios cds de The Doors y la Velvet Underground, sin caja y rayados, reposan sobre un equipo de música.
Aprieto rec mientras Fritz, en la cocina, me pregunta qué quiero de beber: ¿Coca-Cola o Whisky? Le digo que estoy con resaca de anoche así que sólo tomaré agua. Él se prepara un combinado de las dos opciones y para empezar le pido que me explique el concepto de las tribus de escritores, cómo funcionan, etc.
“Hay diferentes tribus. Yo en su momento me sentí muy marginado por todas las tribus. Porque era un tipo joven, tenía 23 años. Cuando saqué Eskizoides, mi primer libro, yo conocía a ciertos escritores, como Alejandra Costamagna, Marcelo Maturana o Pablo Azócar, pero ellos ya tenían su grupito y no querían a nadie más.”
Entonces le pregunto si tiene sentimientos encontrados con algún escritor nacional:
“Mira, yo generalmente le tiro palos a la Costamagna y Azócar, ¿cachai? son unos huevones brígidos. Azócar, el huevón sacó un libro hace ocho años, y no ha vuelto a sacar nada nuevo el loser culiado. Loser -hablando hacia la grabadora-, ojalá que salga la palabra”.
E Ignacio repite, ahora más fuerte y por última vez: loser.
-Ok, ok, me quedó claro, pero por qué consideras que es un loser…
-Puta, el huevón le tiraba palos a Fuguet. Como que Fuguet lo único que quería era fama. Pero mira: Fuguet es una de las excelentes personas que hay en este medio. Aunque digan lo contrario, aunque digan que el huevón escribe como las huevas, etc, etc.
-Y tú con él, ningún problema…
-Claro, a mí me cae muy bien el huevón. Tiene su marco conceptual, escribe de lo que quiere; que es los cuicos y esa onda. Pero filo, es su volada. Pero este huevón de Azócar siempre le discutía que lo único que quiere es fama.
-¿Tienes tribu ahora?
-Yo no tengo tribu. Trabajo solo, pero no me siento marginado. Tengo amigos escritores, como Cristian Barros, Carlos Tromben, Roberto Fuentes, María José Viera Gallo, Francisco Ortega. Pero no me siento parte de una tribu y no quiero ser parte tampoco.
-Aunque una época te pusieron en la tribu de la narrativa de la Zona de Contacto…
-Sí, pero es una huevá muy rara. Chile funciona bajo patrones tercermundistas. Los gringos o los españoles, incentivan a los jóvenes a escribir. Acá no, acá ser joven significa ser ignorante. Y por tanto no escribís bien. Y eso es lamentable.
Yo cuando estuve en la Zona de Contacto ya estaba muerta. Cuando estuvo bien fue el 94, 95. Cuando estaban Fuguet con Sergio Gómez. Pero después, el 98 estaba muerta la huevá y ahora la huevá ya no existe. Y al final todos los de mi generación se dedicaron a otras cosas; Leo Quinteros terminó siendo roquero…
-¿Leo Quinteros estuvo en la Zona?
-Sí, el 98, aunque el huevón nunca publicó nada. También estaba Cristian Rau, que se dedicó al cine al final.
-¿Y de qué trataban los relatos que publicaste en la Zona?
-Publiqué como siete cuentos el ‘98 y la temática era de boxeadores y huevones perdidos.

Literatura en las venas
Tiempo después de que Fritz se iniciara en el mundo de las letras, llegó a pesar más de cien kilos. Tuvo ansiedad literaria. Tuvieron que operarlo y corchetearle el estómago. A los 23 años publicó su primer libro de cuentos (”Eskizoides”), luego vino una novela policial (”Nieve en las venas”) y tuvo una columna en el The Clinic que le dio una fama de nihilista. Parecía que pese a ser un escritor joven, Fritz tenía harto que contar. Y “Tribu”, su última novela, trata sobre eso, la vida de un escritor joven –Milo Weldt, el álter ego de Fritz- que se sumerge en la tribu de los escritores, que se pierde en las noches de jarana a ratos y que se encierra en su buhardilla a escribir. Muchos personajes están inspirados en sus vivencias: Lefranc, el escritor que dirige un taller de un diario es Sergio Gómez; Blas García es Pablo Azócar; y Lemebel es el único que sale con su propio nombre en el siguiente párrafo:
“Mi amigo gay (sólo eso, por si acaso), Pedro Lemebel, me lleva a su casa. Hay una mujer, una joven que es norteamericana con el cabello pelirrojo. Es alumna de una universidad. Lemebel le dice que me lleve a un cuarto. La mujer habla inglés y me hace una mamada mientras yo estoy medio inconsciente en la cama. Lemebel susurra: ‘Te gusta, Milo? ¿Es lo que querías? ¿Por eso destruiste el bar…?’”
Por eso, cuando uno lee “Tribu”, la imagen de Fritz queda al lado de lo que pensamos cuando se piensa en escritores malditos: drogas, alcohol, peleas, whisky, sexo, alcohol, rencillas de escritores, alcohol, cojones, alcohol, noches en vela y… ¿ya dije alcohol, no?

-¿Qué te pasa al leer “Nihilista al acecho”? Porque igual te hiciste una fama, digamos, “especial” con esa columna y el personaje que la narraba.
-No cacho –mira al techo-, me ha traído puros problemas. No sé en realidad. De partida porque yo tenía un amigo de parranda, Yalín, y todos los culeados pensaron que éramos homosexuales. La huevá de “Nihilista al acecho” era para carretear y nada más.
-¿Y qué estás escribiendo ahora?
-Tengo un volumen de cuentos que está en Alfaguara, que mandé hace una semana… pero va a ser frik, desquiciado y con lenguaje adjetivado. No digo barroco, porque todos me huevean si digo eso. Y ahora estoy escribiendo una novela.
-¿Y de qué va?… si se puede saber…
-De un tipo… -hace una pausa y me apunta con una mirada perdida-. Dejémoslo como sorpresa…
-Eh… ok. Mejor cuéntame cuál es tu horario para escribir
-Me levanto a las cinco, trabajo hasta a las diez de la mañana. De las 10 hasta las doce duermo. A la una almuerzo, reviso lo que tengo escrito hasta las tres y lo demás es para ver TV o leer.
-Y ¿no estabas estudiando literatura?
-No. Porque estaba estudiando con Marco Antonio De la Parra y Cristián Warkén en la Finis Terrae, pero ellos ya me encontraban en el mismo nivel de ellos. Entre comillas, claro.
-¿Tenías amigos en la universidad?
-No.
Se produce un silencio etílico y se me viene a la memoria eso que dijo una vez Truman Capote, que cuando a uno le dan un don también le entregan un látigo. Y eso se podría asociar con Fritz, que pareciese tener una relación amor-odio con la escritura, con el hecho de que -como a algunos les toca ser ingenieros o arquitectos- a él le haya tocado dedicarse a escribir, en un medio donde ser escritor pareciese ser parte de una carrera en que los competidores intentan escupirle al del lado.
-¿No te han dado ganas de irte de Chile?
-La otra vez estuve almorzando con Skármeta. Me dijo que lo mejor para mí era irme de Chile, pero yo no quiero irme.
-¿Por qué no?
-Quiero quedarme acá y lograr algo. Aunque yo creo que no voy a poder lograr nada, pero quiero que me entiendan, que entiendan mi volada. Una volada frik, vanguardista…
Deja la respuesta en el aire. Se para y va a buscar más whisky.
Cuando vuelve, se tira en el sillón y cambia de tema:
“Porque yo lo digo (acerca la boca a la grabadora y aumenta considerablemente el volumen de su voz), lo digo: Alejandra Costamagna, Marcelo Maturana y Pablo Azócar valen callampa. No estoy ni ahí con ellos. Y yo quiero publicar mi propia literatura. Mi temática es el caos, la destrucción, el desorden y etc, etc.”, dice mientras termina de tomar el último vaso de whisky, esta vez con escasa Coca-Cola, de lo que alguna vez fue una botella entera de Jack Daniels. Luego Fritz cierra los ojos y deja caer la cabeza hacia atrás.
Silencio.
Intento buscar algún signo de que Ignacio sigue estando presente en esta pieza. Hasta que se despierta algo mareado y me pregunta si la entrevista ya terminó. No sé qué decirle, así que levanto los hombros en signo de duda y veo que, a diferencia de la botella de whisky, mi libreta con las preguntas recién va en la mitad.
Y, claro, después de eso ¿para qué más?
Ignacio Fritz (Santiago, Chile, 1979)
A los 18 años comenzó publicando en la Zona de Contacto. A los 23 años redactó la columna Nihilista al acecho en The Clinic. Ha sido finalista del concurso de cuentos de la revista “Paula” y ha participado en las antologías “La maleta de Úrsula” y “Uno en quinientos”. Sus publicaciones son: “Eskizoides” (cuentos), “Nieve en las venas” (novela policial) y “Tribu” (novela), todos editados por editorial Cuarto Propio.

















