
El autor de Tribu y la comentada y extinta columna Nihilista al acecho de The Clinic, pasa lista en nuestra revista con un nuevo cuento inédito. La pluma de Ignacio Fritz tras el salto.
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Informe de evaluación psiquiátrica
De: René Riquelme, Doctor en Medicina, Psiquiatra, División de Personal;
Para: Comisario Jefe Pedro Espina, Comandante, División de Detectives; Capitán Juan González, Brigada Robos y Homicidios.
Sujeto: Egon Wruck, sargento, Brigada de Homicidios.
Señoras y señores: Como se me pidió, evalué al señor Egon Wruck en mi consulta privada, en una serie de ininterrumpida de siete horas seguidas, llevadas a cabo del 6 al 12 de noviembre. Encontré que era un hombre físicamente sano y mentalmente alerta, con una inteligencia a nivel de genio. Fue un participante dispuesto en estas sesiones, casi ansioso, a pesar de sus miedos iniciales sobre su cooperación. Su respuesta a las preguntas íntimas e indagaciones “de ataque” fue siempre sincera y cándida.
Evaluación: El sargento Egon Wruck posee una personalidad violenta obsesiva-compulsiva, cuyo desorden se manifiesta principalmente en elucubraciones erradas.
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I. Los zombies en la noche de San Juan
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En diez espaciados segundos, siento mis manos ¡perfectamente! como Ginger-Ale con el cadáver putrefacto y agusanado de Scooby Doo, haciéndome rememorar a unas arañas del tamaño de la rodela de una espada. Como cada crepúsculo translúcido de color neón, me estaba cansando de esperar, receloso de la historia que me habían relatado en un movimiento perpetuum mobile: las horas en el lobby del Hotel Noviasuicida eran lejanas y homogéneas, lúdicamente execrables. La música de U2 con la canción Love Comes Tumbling retumbaba hasta el cielorraso que poseía un ventilador de pesadas astas, espaciando el calor seudotropical con la fruslería de que era un caluroso día de verano común y apático en una playa perdida de la costa tropical. El submarino sigiloso de Scooby Doo había pasado a mejor vida de acuerdo al pacto. Era un tratado: la historia no debía pasar de aquellas cuatro paredes del hotel, sin los veraneantes y turistas que usarían unas ridículas guayaberas de hilo y unos sombreros añosos sobre espejuelos que reflejaban sus estampas veraniegas —algunos le echaban la culpa a la radioactividad (“radiactividad de mierda”, soplaban lacónicamente, atormentándose en secreto)—. Con los ojos inquisitivos, minúsculos, cinemáticos y guisotes, oteando los meandros de las paredes de hormigón prensado, me pareció pueril, infantil y lactante estar esperando a los simples contactos nazis. De cualquier modo, el calor ebullía, reverberaba, fulguraba, relucía, era peor que una expedición en el Mato Grosso. Efectivamente, había que aceptar la injerencia de que pronto, luego de unas interminables estadías anoréxicas de prosaicos estímulos sexuales, la Pilar comprendería en grado sumo que lo importante en el asunto era esperar. A pesar de todo, las múltiples imágenes de figuras ancestrales, seres viscosos, monstruos de circo, gnomos, espots publicitarios, espantajos, cyborgs (enfoques portentosos de parte mía), configuraban la contigüidad de la espera. Entonces ella decidió ir al lavabo y verse en el espejo oblongo del baño y estucarse la cara con pintura de mujer. La serie de cataclismos y hongos nucleares se harían impalpables de acuerdo a lo que le había relatado Scooby Doo, tan ridículamente lastimoso como bruto. Pero no. Yo me estaba cansando de esperar, y tenía ganas de zampar por los aires los detritus del tiempo muerto. En términos generales, Scooby Doo había sido disparatado en la magia de saberse enredado en la incoherencia, en la irrealidad de la realidad, como un colosal signo favorable, empero moríamos en el tiempo, y la lluvia radioactiva amainaba. Qué cosa. Una lluvia grisácea.
Chispas del carajo: torrenciales. Pues no eran para nada barbilampiñas, a una hora en que la gente suele sestear, roncar y decaer, dormir o ver series enlatadas en canales de la televisión abierta y local en esta zona de emergencia.
—La trizadura en el medio —le digo—. Es la puta nostalgia y melancolía.
—Me llamo Pilar —apostilla, sin nombrarme—. Mi nombre es Pilar. Y yo no me imaginaba, hasta hoy, que ese perro que los niños ven en la televisión existe. ¿Sabes…? El escenario de mago que todos manejamos se hace palpable ahora con los nazis Skinhead. Hacemos cortes horizontales, como siempre, y la pobre víctima es Scooby Doo. Eso. Cortes horizontales.
—¿Y… los zombis?
Tamborilea pasivamente con sus dedos el vértice de la mesa en la cual está sentada. Qué torpeza, qué extrañeza, qué situación: los zombis acallarían atacando a los transeúntes en la noche de San Juan. Supongo que la Pilar vio su imagen cuadruplicada (corrijo: sólo era una suposición) en el espejo oblongo cuando fue al lavabo de damas. Observó sus lechosas manos ateridas por el tiempo debido a su trabajo de camarera en este condenado lobby del Hotel Noviasuicida —u Hotel Noviacatólica—.
El lobby tenía diversos adornos: un carillón colgante sobre la puerta, un artefacto de madera rojiblanca, de los que se venden en los mercados mexicanos, y la reproducción preferida por la clase media presuntuosamente ilustrada, La artesiana de Vincent Van Gogh. Una puerta abierta a la derecha dejaba ver una sala con más trastos mexicanos en una rinconera y un sofá a rayas contra la pared. Al final del pasillo había una escalera, y mientras me secaba el sudor de la frente (sólo entonces advertí el calor que hacía afuera) y miraba una pelota de tenis gris sobre un arcón de roble, me llegó desde el descansillo su suave voz entre remolinos de rabia: sin ley ni nombre. La sangre fresca le oprimía el gaznate, supongo, a la manera de un crisol de ideas, y nosotros teníamos la certeza de que los zombis atacarían entrando en tropel desde el desvalijado cementerio de la ciudad tras la muerte de Scooby Doo, y demás está decir que la Pilar estaría en ese verse así, decidida, testificante, sosa, alzaprima, estando cabreada ante la hueste occisa, mortecina, cadavérica, careada pero conclusiva de que tendríamos que tomar una camioneta, ir a una estación de servicio de gasolina, echarle un poco de combustible, sin prender fuego, obvio, y tomaríamos la ruta de la carretera, y la Pilar llevaría unas gafas negras de montura de concha que cubrirían sus ojos con una canción de The Rolling Stones a todo full. Pero parecía inútil y deprimente. En suma, ella sabía que yo sabía que los zombis saldrían de sus criptas, acallarían los rasgos de los conciudadanos de la ciudad en la que estábamos plantados, et tout et tout, y luego, tal vez, escucharía a Schumann, ejecutando In der nacht.
Porque vencer el temor en la noche en que los muertos saldrían de sus tumbas y nos harían declamar que sólo éramos unos espantajos famélicos, desfigurados.
Y salieron de sus féretros para luchar en contra los nazis Skinhead.

II. He de confesar que salieron de sus criptas
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Sacamos la conclusión de que yo estaba en el lobby del Hotel Noviasuicida, qué nombre, qué joda, qué boludez, qué torpeza, pero estaba allí, irresoluto, audaz, distante, trepanado, esperando a los zombis en la noche de San Juan, con sus cataduras de carne agusanada, desfiguradas sus testas, sus estampas, pero me hundía, sí, hundiéndome, revolviendo mi sesera, mis testera, pero tal vez no me hundía en the blackhole, y luego supe, porque ellos llegaron en ataque masivo, como ojivas nucleares. Claramente, cada uno arrastraba los pies, y me sentí más feo que Sócrates, en un escenario de mago que nadie sabía con sólo captar que así son las situaciones, mi nombre es Egon Wruck, E-gon Wr-u-ck, qué cosa, digo, pero los zombis comienzan a salir de sus lápidas en esa noche de San Juan, y yo admiraba la inteligencia de la Pilar, pero estábamos en el lobby del Hotel Noviasuicida.
Las ráfagas me hacían pensar obsesivamente que sabíamos que los crímenes por amor son ineluctables, quizá yo amo a la Pilar porque antes fui un policía, pero padecía de trastornos de todo tipo, qué manera de saber que la estulticia, el abandono y la escapada me tenían neurótico, malhumorado, trizado, malversado y condenado, y con mi sombra-de-mediodía en mi mandíbula de bulldog, entonces le digo a la Pilar, hecho un nudo, que deseaba matar, rasgo a rasgo, mano a mano, dedo a dedo, gota a gota, a cada uno de los zombis que vimos, pues se acercaban desde la contraventana que daba a la calle de este diminuto, circunspecto cuadrado pueblo de la costa. Cierto, cierto. Porque qué manera de ver las cosas, nadie sabe con certeza que me conseguí el rifle, un rifle de dos cañones, uno peor que con el que se suicidó Hemingway, para dispararle a cada uno de los zombies, sin una “e”, porque también puedo escribir “zombi” sin la “e”, pero da lo mismo, sólo la muerte de Scooby Doo, a guisa de la presentación en la que estaríamos pensando de que podríamos dar una solución a la problemática existencial de que según la fantasía del mundo moderno por la que se crece, sabemos que un hombre puede ser revelado. Descubierto. ¿Cuándo estás enamorado…? ¿Por qué me había enamorado de la Pilar…? Qué cosa. Podemos aludir de que en la vida hay puros resquebramientos, revelaciones, pero estamos sujetos a cualquier instante en que hay metamorfosis, retruécanos de ideas, pues el amor es pura metamorfosis. Entonces sabemos que yo me había enamorado de sus ojillos color verde mar, su boquita de almidón como un arco de Cupido, su trasero inobjetable, Hummm, hummm, hummm. Qué cosa: eres igual a Marlene Dietrich. Ejem ejem, ejem ejem: me había enamorado de su trasero como país in crescendo. Porque tal vez me había enamorado de su mirada de monja.
Pero yo sólo soy un policía.
Antes ella me dice:
—Eres un charlatán de feria muy guapo al igual que un actor de cine. ¿Ellos se acercan…?
—Los zombis se acercan. Lucharán contra los nazis Skinhead. ¿Ves sus caritas…? Hess pertenece a la especie trágica y estoica, igual que nosotros, ¿sabes…? En sentido inverso, te puedo decir, Pilar, qué me estoy cansando con todo este jaleo de Scooby Doo muerto, y para colmo de colmos los zombis que se aproximan a este hotel perdido en esta playa.
—Hotel Noviasuicida —me dice ella y me miró, me observó con una mirada nictáclope—. Fui la novia del gran novelista Henry Miller.
Nuestros estados de ánimo tendían al secreto y el silencio. La máscara de la clandestinidad nos hizo pescar unas tablas de madera para cubrir las ventanas y proteger las puertas, martillando con unos clavos que conseguimos antes, pues sabíamos que cuando dieran las 24:00 horas de esa noche de San Juan los zombis, los muertos, los seres de ultratumba saldrían de sus tumbas, y hay que saber que con la Pilar nos protegeríamos. Pues cada uno de los seres putrefactos que parecen sacados del entrepiso del cielo o del infierno, vaya uno a saber, porque yo estaba sereno y brillante, machacando los alféizares, clac, clac, clac, y luego los zombis murmuraban, decían, Ommm, ommm, ommm, ommm. Yo, Egon Wruck, sargento de la policía, me defiendo junto a la novia de Henry Miller.
Ella es mi ángel guardían, serena, criminal de pacotilla, cencerbera, en el secuestro simulado, qué cosa, sólo veo su cuerpo cartilaginoso, con el bebé maligno que tiene en su vientre.
El hijo de Henry Miller.
III. Como si calentara jícares de chocolate
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Como si calentara jícares de chocolate en un brasero, o, mucho mejor tal vez, derretir cera de abeja, la misma que la Pilar usa para depilar sus piernas, esas piernas que me dan ganas de lamer, ay, sobar y cubrir con jarabe de chocolate derretido, pero luego sé que la lluvia-ceniza comienza, este condenado día de San Juan, y la Pilar está, sostiene en sus manos un libro llamado Trópico de cáncer. Porque sé que es de un tipo llamado Henry Miller, seguramente, una novela larguísima, y creo que es entretenida, y me gustaría que ella confesara su gran y magnánimo error, pero le palmoteo la espalda, sé que es la manera, así como la manera en que uno se salva, la mordida de un ofidio, tal vez. Qué cosa. Pues tengo la certeza bien fundada de que el momento propicio, dando un gran crédito a lo que veremos, sí, veremos a los zombis, aunque todo puede ser una farsa, una saludable vendetta, una manera de apurar las sonrisas —qué triste—. Da lo mismo. Sintomáticamente, estoy en ese verme así, sin proyectos ni futuro, allí, machacando los bordes de las ventanas, claveteando las puertas. En estricto rigor, estaremos muertos y condenados, hágase la cruz, o luz, y con un invencible optimismo, entonces la Pilar saca ese rifle, con su hijo en el vientre y Scooby Doo tendido en la moqueta del living, fruit vert —pues comienzo a redactar historias en mi cabecita obsesiva-compulsiva—.
Scooby Doo está más que expirado, pues cuánta estupidez, pues ella está disparándole a los zombis desde una ventana abierta de par en par, y yo pienso que también tengo una novela escrita, una novelita policial que trata de mis andanzas como sargento con problemillas. Entonces tengo la certeza bien fundada de que es una novela que no tiene nada que envidiarle a lo que escribe el pelmazo-calentón de Henry Miller. Entonces viro hacia la izquierda, le pesco la diestra a la Pilar y le digo que su vientre está abultado, pues ella me dice que está embarazada, que es el hijo del gran novelista de Sexus. Aquella opereta, qué va. Luego, una voz profunda y predominante, palabras resonando claramente a lo largo del conducto, el túnel, no podría haber sucedido, en el desmedido grosor de que ahora no sabemos, pero vemos a cada uno de los espantajos, veo a mi abuelita, está echa una calavera, y veo también a una tío que falleció, y veo a los demás personajes, y la novia de Henry Miller me pregunta, la Pilar, como si contara un chiste de una novela de Joyce Cary, entretenida y mala y nos vamos hacia el final del hotel, hasta la parte de afuera, en el exterior, y de mi faltriquera saco una Colt 45 del tipo que usaba Sonny Crockett de Miami Vice, de cacha de madera, eso sí, y en el exterior, sin más, queremos partir hacia las postrimerías, agriando mis ideas obsesivas, pues deseo deshacerme de los zombis que lucharán contra los nazis Skinhead.
Porque cada uno camina y camina lentamente.
Entonces veo a un tipo que antes atendía un almacén y que falleció en un accidente de camiones: el Pegaso chocó contra una tasca de universitarios, e hizo pingpong. Double blind. Yo disparándole en la cabeza, Crash, porque sabemos que hay que destrozar, tiránicamente, arrolladoramente, opresivamente, a esos espantajos, a los muertos-vivos, pero la Pilar, ay, me dice que le duele la barriga con el puto hijo de Henry Miller, ese hijo que ese maldito de pacotilla le hizo, tendidos los dos en un lecho, tocándose, besándose, haciendo el amor, penetrándose, qué cosa, ay, ay, sufriendo como toda facultad japonesa, eludiendo lo irreversible, eludiendo lo que todos eluden. Desde su lejana infancia. No me quepa duda de que ella nunca veía películas de zombis, George A. Romero, el cineasta precursor de las pelis de zombis con La noche de los muertos vivientes, todo, todo, nada más que todo, pero tengo el arma en mis manos, deseo defenderme de esas cosillas, le disparo, expulso plomo y ¡bang, bang!
Tengo la certeza bien fundada de que nos estamos protegiendo de los zombis, y el mismo perro Scooby Doo está en proceso de putrefacción, cobrándose como caviar del Báltico, que cosa, qué cosa, los zombis comienzan a golpear las paredes de la casa, cada uno lleva una estampa que da horror, un miedo atroz, y nosotros hijueputábamos a cada uno de ellos, si hasta vimos a una ex de la Pilar, claro, no era el gran novelista, no era el puto sensual de Henry Miller, por supuesto que no lo era, pues (sólo eso) era una mujer, porque la Pilar también fue lesbiana en la fiebre nocturna, con las llamaradas de origen desconocido, qué cosa, nada importa, Mmmm, te gustan las mujeres, chica de Henry Miller, y tienes en tu vientre al hijo de Henry Miller, los demás celebrantes miran desde sus posiciones, cada zombi, Aghhh, son muy horribles, si que son feos, a cada uno le salían de la frente unos tremendos chichones de marido engañado, blandos como un Buda, y en paz consigo mismo.
Shock de calma… Padre nuestro que estás en los cielos, recita cada zombi, porque declaman, eso te lo puedo decir, Pilarcita, tu novio, qué cosa, ¿por qué te entregaste con Henry Miller…? ¿Por qué no te entregaste conmigo? Decías, hace poco, que eras mi ¡GRAN! amiga, pero te entregaste con el bruto de Henry Miller. ¿Prestaste el culo…? Tal vez lo hiciste como una ramita de un Domingo de Ramos. Entonces sabemos que los entes llegan en ataque masivo, cada uno quiere destruir a los nazis Skinhead, chorreando sangre hasta por los poros, también los ojitos los tienen destruidos, pero sus putos antojos de embarazada, quiero un panqueque con acelgas, Hummm, hummm, hummm, unos costillares rebozados, Hummm, hummm, hummm, vengan para acá unos trutos de pollo frito y unas donuts con manjar, Hummm, hummm, o con crema de leche Nestlé, ay, un queque con azúcar flor, no puede ser otro tipo de crema, Aghhh, aghhh, cada espantajo arrastra los pies, caminan pausadamente en el colmo de la desesperación, en el colmo de la rabieta, gastrónomos y catavinos, pero ahora estamos protegidos en los cuadrados de cemento de esta casa, cada uno quiere protegerse de esta boludez, cada uno quiere salvarse, cada uno quiere lograr lo que no se logra, sabemos en la profundidad, en el manicomioinfierno, ipso facto, la situación.
“No tengo idea”, le dije con la voz triturada, le dije (eso sí), lo poco creíble que es la situación, con los zombis y ella misma teniendo al hijo de Henry Miller en su vientre, en su barriga… De sólo pensar en cómo lo hicieron me dan ganas de golpearla… Y el puto Scooby Doo.
Y tal vez lo hice: la golpeé.
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IV. Os reprodujerais como animales
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Tranquilo e inquisitivo y para nada obsesivo-compulsivo.
Ahora estoy machacando las ventanas y las puertas. Cada espantajo de muertos-vivos se acerca, ídem por una manera de entender lo que no se puede entender, reviso (sólo entonces) mi teléfono portátil, celular, y tengo un par de llamadas perdidas: es la chica de nombre yugoslavo. Ella me llamó. Supongo que quiere saber cómo estoy. Después, en ese momento, no le devuelvo la llamada, no le quiero decir cómo estoy, para qué, es muy soso, Grñññññ, gruñirá la tigre, la hembra, la chica de nombre yugoslavo, aquella chica con la cual una vez hice más de una vez el amor, hace mucho tiempo, hace mu-u-cho, y creo que enciendo un cigarrillo en forma de misil. Ella era espigada, lujuriosa, espiroqueta pálida, arribista, con tu ceñido vestido color calabaza (cada uno para su casa), girl-scout, como el de la Pilar, tu cuerpazo de mujer, Hummm, hummm, hummm, empero según te dije atrás, la mera aproximación de que nos sabemos exentos de las ignonimias de la vejez por escandaloso puñal o compasiva bala, qué cosa, pero ahora estoy tratando de proteger esta casa, no deseo que los zombis luchen con la caterva de nazis Skinhead, sin embargo sucede algo de cuidado, recto juicio, cual alacrán que se ataca a sí mismo. En realidad me da igual, porque la novia del gran Henry Miller es una vampiro, Tah, tah, tahhh, claveteo las puertas y las ventanas, y nos fingimos sonámbulos, apáticos, destemplados, dentro del ecosistema de una vida en ese verse así como una antigualla atávica, un condón abandonado en la acera, un sujeto con alma de bambino, sin coartadas ni futuro. En estricto rigor, Egon Wruck, o sea, yo, pierdo el fuelle, todo el aplomo, y tengo un ligerísimo timbre de irritación cuando ella saca de la nevera una botellita de sangre. Prietas-prietas.
Cada vez que pienso en los destruidos, en los zombis, se me viene la idea irresoluta a mi capote de que soy una víctima junto a la novia de Henry Miller. En un kindergarten de ideas que no se controlan, como la mismísima idea ilusoria de que ahora quiero destruir a la vampiro, ¿es una vampiro?, sí-sí, con el final apoteósico que ya llega uno de los zombis, tiene los ojazos destruidos, minúsculas manchas sobre una nariz quebrada, de falso flaco u orejas salidas como megáfonos, expulsando hilillos de una sangre coagulada derramando el piso, y recuerdo las interminables sesiones con los psiquiatras que decían que mi mente estaba fallada, the blackhole, en el receptáculo de la volubilidad, en el gris ocaso de este verano. Porque dicen por ahí que todos los amores son bellos en verano, ¿por qué te entregaste con Henry Miller? ¿Por qué no te entregas conmigo…? Efectos entrecruzados, dan volteretas, vueltas y vueltas, la vergüenza y la desesperación, mi condenada melancolía, pero ahora estamos entre las paredes de la casa, atacados por los zombis. Parecen personajes de un lienzo de Francis Bacon, Uff, del televisor se dice que hay una emergencia nacional, que los muertos están saliendo de los cementerios y de la morgue, y veo delante de mí el cadáver de Scooby Doo, comprendiendo a medias que esto puede ser una mentira prodigada por mí.
Esto era una aventura unilateral, sí, pero yo tenía la certeza de que la furia del fin del mundo comenzaba, el Apocalipsis, Uff, luz de mi vida, fuego de mis entrañas, pretextando mi incoherencia, mañana será otro día, y me pongo frente al televisor, y deseo (sólo eso), tocar a la Pilar.
Y la toco.
Trato de violarla pero Scooby Doo estaba vestido con un traje azul índigo, pero de pronto se despierta, y estamos los tres en el lobby del Hotel Noviasuicida, pero sólo somos dos los que estamos vivos, qué situación, pero tengo mi Colt 45 del tipo Sonny Crockett, y le disparo, pero el efecto desaparece, porque Scooby Doo es un dibujo animado, y no es un ser que está en proceso de putrefacción, como los demás, y con un movimiento letárgico estoy seguro que sin Scooby Doo tras las bambalinas seré testigo del desastre nacional con la vampiro de la Pilar y los zombis y los nazis Skinhead.
Pero me como a la Pilar. Un día nos saludábamos respetuosos, pero ahora la desvisto, la dejo en pelotas, sí, desnuda, y su cuerpo es hermoso, parece la Lolita de Nabokov, y me gusta mucho, sí. Intento con todas las garras hacerle el amor, y ella se deja, me dice que yo soy un charlatán de feria muy guapo como un actor de cine, en el lupanar del amor, Mmm, mmm, mmm, y te encuentro flotando en la nada, vampiro de mentira.
V. El enigma se dilucidará con los nazis Skinhead
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Fue una cosa horrible, lo digo de verdad, sí, horrible, terrorífica, pues fue muy extraña, sobre todo; hasta hoy no logro explicármelo por completo.
Esta historia tiene un matiz propagandístico. Mi nombre es Egon Wruck, antes fui sargento, pero me dieron de baja, todavía no me explico el porqué la novia de Henry Miller no ha sido atacada por los zombis, tal vez yo podría explicártelo, es muy obvio, la casa está protegida, yo he claveteado, he dejado el lugar para que ninguno de los seres putrefactos se entre, pero poco a poco siento que mis venas están a punto de explotar, pronto ebullirá mi ser, y con el martillo, viendo a la ex de Henry Miller, deseo matarla, descuajarla, mediante lo cual estoy aturdido, febril, notándome vacío, posesivo, y entonces decido ir hasta la cocina de este hotel y pescar una navaja y trozar a la puta novia de Henry Miller, pues sé que ella nunca se entregará conmigo, ya sé que se entregó con ese idiota sensual de Henry Miller, piel divina, y pongo en entredicho que me sentiré mejor destrozando la mandíbula de la Pilar, la vampiro de mentirilla, la novia de Henry Miller, como un gran animal que se sacude del sueño, y con el martillo me dirijo hasta el boquete de la puerta que da hacia la cocina.
Ella me pregunta con la voz ungida en seriedad:
—Los infaustos recuerdos del pasado. La melancolía y la nostalgia por el pasado. Yo no deseaba tener un hijo con Henry Miller ni quedar embarazada. ¿Sabes…? Ese huevón posee a todas las mujeres y es un lastre. Pero tal vez sea mentira que soy una vampiro. ¿Me entiendes…?
—Te entiendo a la perfección. Quizás no eres una vampiro. Drácula —el atronador arrullo de una sirena se escuchó a lo lejos en el contorno évasé—. Drácula… Está la cagada en la ciudad. En esta costa perdida. En esta playa. Los zombis. Hay emergencia nacional y los nazis Skinhead.
—No soy una vampiro —me dice tendida y desnuda en una cama de este hotel.
—¿Y los zombis?
—Están luchando en contra de los nazis Skinhead afuera. A-fuera. Están en la calle. ¿En qué año estamos? ¿Ha comenzado el Apocalipsis? ¿El fin del mundo…?
En efecto, señores del jurado, degluté malamente a la novia de Henry Miller, pues la pregunta nunca se hizo, con prolijo empeño, pues todo no era más que una farsa, alabado, pulverizado, y Scooby Doo, mentiras, contigüidad en mis trastornos mentales, estoy rayado, pero el disco no es más que un espíritu confabulador de ilusiones, como la poesía, señores del jurado, toda esta historia, un cuento dentro de otro cuento, porque debo decir que lo confundo todo con mi trastorno, sí, es de motu proprio que fumaba cocaína y me lo imaginaba todo, como gastar la vida en el aquí y el ahora, como dijo Horacio, o, tal vez, Ovidio.
Como digo yo, pues Scooby Doo no era nada más que Henry Miller, el sensual “fresco como una lechuga”.
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Ignacio Fritz comenzó a los 18 años publicando en la Zona de Contacto. A los 23 años redactó la columna Nihilista al acecho en The Clinic. Ha sido finalista del concurso de cuentos de la revista Paula y ha participado en las antologías “La maleta de Úrsula” y “Uno en quinientos”. Sus publicaciones son: “Eskizoides” (cuentos), “Nieve en las venas” (novela policial) y “Tribu” (novela), todos editados por editorial Cuarto Propio. Actualmente prepara una nueva publicación titulada tentativamente “Amor negro“.




