La soledad es la peor enemiga cuando quedas soltera. Imagino que para los varones debe ser la misma huevada. El caso es que duele cuando no la andabas buscando. Pero no me echo a morir. ¡Qué lata! Por eso fui en busca de mi pasatiempo sensual. Y lo encontré: penes a vista y paciencia de todos. Entre nosotros, hasta me he chupado los dedos.

Esta noche me encuentro en una discoteca céntrica. La cosa está asfixiante y las luces histéricas me hacen ver en azul, verde y amarillo. La entrada costó barata y venía con un cóver de regalo. Por $2000 bailas y te bebes un piscola de dudosa calidad, que te llega como una patada de alcohol en la guata. Qué mejor para el momento. Lo prefiero a quedarme en la casa en medio de todos los elementos, aparatos y lugares que te recuerdan a tu ex. Para empezar, tu cama, por razones más que obvias, es un lugar que te hace sufrir. No hay nada tan patético como quedarse abrazando la almohada plumífera, viendo pasar las candentes y tiernas imágenes vividas, como un eterno microfilm por tu cabeza.

Hoy el asunto es que como nueva mujer que soy, soltera, hay que entender que ahora hay cientos de vergas a tu disposición. Sólo es cosa de ir por ellas.

Y aquí me encuentro, suelta como una yegua, pero digna como una geisha tradicional. A esta discoteca he venido varias veces y me he llevado varios premios. Generalmente elijo morenos, porque son más peluditos y cancheros, lo que hace más fácil el trabajo de bajarles el pantalón. Y he aceptado invitaciones a casas, moteles, baños y autos. Aunque estos últimos no me agradan tanto, porque no me puedo expresar con la libertad y el espacio para follar como Dios manda. A lo más su posición rana.

Sin embargo, debo aclarar que de todos los penes que he elegido en estos meses que llevo fuera de la jaula, hay uno que es mi predilecto. Un pene fuera de serie. Habla francés y es fotógrafo. Aunque es bastante ingrato. Cuando lo llamo al celular, nunca está disponible. Pero cuando él lo hace, no puedo negarme. No puedo resistirme a su acento sexual. Con él no voy a ninguna discoteca: voy directo a su cama. Él se tomó la delicadeza de invitarme un par de veces a ver películas, beber tragos ricos con nombres porno y a escuchar buena música antes de pedirme que me sacara toda la ropa.

O sea, es un pene educado y galán. Yo acepté todo su cortejo, porque sabía que al final iríamos a tirar. Lejos lo mejor que me ha hecho este pene franchute es ¡gritar unos buenos orgasmos! Los gozo como una mademoiselle enloquecida, mientras me pide que lo hagamos a lo perrito. Me hace implorar por más y muy cerca de la oreja le gusta que le diga suavecito “oh! je suis ton esclave!”. Al día siguiente me retiro cansada, pero agradecida. Sin decir mucho, me pongo mis pilchas y sin zapatos camino hacia la puerta de salida con la tremenda carcajada en la boca.

Con el pene galo no hemos hablado de ningún contrato de fidelidad. Porque eso no es lo que yo necesito ahora. La huevada es tomarle el gusto al nuevo estado de una. No digo que sea la solución para quienes sufren. Si vas a follar despechada, esa no es la mano, porque al otro día no lo vas a pasar bien. Pero mi contexto ahora es que afuera, en este Santiago súper moderno nos azotan 30 mil grados de puro calor y lo que necesita una soltera como yo es un carrete como el de esta noche. Y un pene que te entre a la perfección.

Sucede que llevo bailando un buen rato con Johnny Cien Pesos. Es re parecido a Armando Araiza (cuando hizo la película), con un poco de gel y por lo que he podido apreciar no anda con mucha plata, porque me tinca que ya se la tomó toda. A mí eso no me importa. Lo que me tiene concentrada es su movimiento pélvico creciente. Me marea su olor a Axe mezclado con sudor. Y me subyugan sus brazos morenos a mi alrededor. Ya sé que en verdad se llama Joaquín, que tiene dos años más que yo y que estudió una ingeniería en un instituto conocido. Sé también que vive en Quilicura y que a veces fuma marihuana. Eso me agradó. Así que más tarde vamos a fumar. Pero antes debo darle un beso, porque su boca sabor a pisco ya me está acosando el cuello. Lo hace bien, sin mucha lengua y mordiendo suavecito. Me dejo mordisquear un rato y siento que la humedad ya es un estado generalizado en mí. Lo beso y siento a su amigo “duro como roca”, como dice un reggaeton.

Con mi ex no bailábamos mucho reggaeton. Íbamos a otros lugares que nos gustaban. A lugares más negros, más rockeros. Pero como quiero penes con facilidad, no es ahí donde tengo que buscarlos. Además, corro el peligro de encontrarme con el fome- indeseado. Así que ahora lo que bailo es reggaeton. Y hay un aspecto de este producto puertoriqueño que me fascina: con sólo bailar puedes darte cuenta si hay una verga generosa bajo el pantalón de tu pareja.

Así que vuelvo a Johnny. Me abraza y hacemos esa huevada que se llama sobajeo. Me la enseñó mi hermana que tiene 14 años. Lo hago tal cual ella me explicó. Y Johnny me dice que lo tengo loco. La verdad es que su paquete también me tiene bien trastornada ¡harto caliente! Me pongo de espaldas a su roca y nos sobajeamos otra vez. Recuerdo cuando era pendeja. Con mis compañeras del colegio decíamos que le habíamos “sentido el celular” al niño con quien bailamos en la fiesta del día sábado. Johnny parece que tiene uno de los años ’90. Me río sola. Pienso en lo que va a pasar después. Me cuidé de no estar muy ebria, sino prendida nada más. Porque creo que no hay nada peor que una sexópata borracha. Hay que estar con los sentidos coordinados, sino la cosa se vuelve penosa.

Le digo a Johnny que vayamos a otra parte. ¡Ya no aguanto más! Me da un beso, se ríe y me toma de la mano. Ponemos los pies en la calle y buscamos su auto. Una vez dentro, prende un pito. Le pregunto si no es paragua, porque no me gusta mucho. Me explica que un amigo cultiva y guarda para el verano. Así que no hay problema. Maneja hasta una calle sola y semi oscura. Veo que no habrá ni casa ni motel. Me importa un pepino. Estoy volada y caliente. Así que entre la palanca de cambio y con el volante por detrás, me monto en Johnny como si este fuera el último pene de mi vida. Con pasión le pongo el condón a cien por hora. Me cago de la risa porque Johnny mientras me apura, me agarra el culo con firmeza. Ya está. Siento su verga plastificada entre mis manos y agradezco al cielo. Lo que viene ya lo saben y yo no soy tan caliente para contarlo.

Y ya ni me acuerdo del otro hueón.