Venían a quebrar una marca. Tocar en los 7 continentes. Por eso Patrick Stump, Pete Wentz, Joe Trohman y Andrew Hurley pararon sólo en Chile, dentro de la región y la rompieron en el Teletón.

Fotos: Carlos Müller (de Zona.cl).

Hace tiempo ya que Chile se volvió un país rentable para varios grupos. La generación MTV 2 se instaló con fuerza en nuestro país, potenciando estilos musicales detestados por los “músicos de verdad”, por los comprometidos sociales. Es así como Avril Lavigne encontró un público cariñoso y dispuesto a gastarse buenas lucas por verla cantar como el hoyo en San Carlos de Apoquindo hace un par de años. Lo mismo My Chemical Romance hace poquito, quienes llegaron, tocaron, sonaron horrible y se fueron medio frikeados de acá por el koala que sufrió el borracho hiper-expuesto de Gerard Way. Ni hablar de Simple Plan o Good Charlotte, quienes trajeron sus pobrísimos repertorios a Santiago intentando vender más merchandising que entregarse a los pre púberes fanáticos que tienen por estos lados.

Pese a todo, a veces uno puede sorprenderse con algunos conciertos de estos representantes de la nueva ola del rock para pendejos, como ha sido el caso de The Used en dicembre pasado y Fall Out Boy, nuestros más recientes visitantes, el pasado domingo en el Teatro Teletón. Estos últimos, los chicos de los suburbios en Chicago, que crecieron afilando sus guitarras al frenético ritmo del punk rock callejero (más apegados a la cultura white trash que al glamoroso punk californiano), nos desayunaron hace casi dos semanas anunciando su visita. No sólo eso, en Chile se haría el único concierto de la región y como su propio bajista había anunciado: “Para nosotros Chile cuenta como Sudamérica”.

La cosa fue bien a la rápida, las entradas (en un comienzo costaban 5 lucas) se agotaron con una velocidad asombrosa, lo que obligó a la producción a buscar un mejor recinto para acoger la demanda de los fans. Aún así, no fue suficiente, ya que cientos se quedaron afuera y se agolparon en la entrada del teatro esperando un milagro. Pero el día no estaba para milagros y el show amenazaba con iniciarse con o sin ellos.

Dentro, la cosa era digna de un concierto de RBD. Muchos niños con ataques de histeria, pancartas con mensajes de amor hacia sus ídolos (la mayoría destinadas a robarle una sonrisa al galán del grupo: Pete Wentz, el bajista), elaborados gritos creados de seguro por algún fan club, padres e hijos tomando fotografías, etc. Una pesadilla para cualquier buen amante del rock, una escena sacada de alguna película de humor negro. Una puta mierda.

Pero los conciertos de rock no son para los niños y el hacinamiento no es para las niñitas. Eso Fall Out Boy lo dejó clarito desde un comienzo derrochando energía y demencia sobre el escenario. Con todos sus miembros comprometidos con el espectáculo (realizaron un emotivo ritual antes de empezar a dejar la cagada), Patrick Stump, lanzó los primeros riffs de ‘Sugar we’re going down’ y fue entonces cuando los púberes entendieron que no estaban frente a la tele, sino en un concierto de verdad, donde si no cuidas bien de tus pasos vas a terminar de espaldas en el suelo, con harta gente pisándote, o bien te vas a llevar varios codazos en la espalda o la nuca. Un combo directo a sus mentes.

Así que, mientras unos arrancaban y otros se metían, la multitud enloquecía. Sucesión de temas entre los que destacaron algunos hits del “From under the cork tree”, como ‘Dance, dance’, ‘A little less sixteen candles, a little more touch me’, ‘I slept with someone in Fall Out Boy and all I got was this stupid song written about me’ y ‘Our lawyer made us changes the name of this song so we wouldn’t get sued’. Varias canciones de su disco más famoso, el “Infinity on high”, como las conocidas ‘This ain’t a scene, it’s an arm race’, ‘Thriller’, ‘Thnks fr th mmrs’, ‘Hum hallelujah’ y ‘The take over, the breaks over’. Y por supuesto algunas joyitas de sus discos más punketas, como, ‘Grand theft autumn (where is your boy)’ o ‘Saturday’, cierre maestro para los más fanáticos.

Fall Out Boy transpiró rock e hizo que las poco más de mil personas que asistieron al concierto sudaran pura energía. En casi hora y media de música, gritos ininteligibles, constante comunicación con el público, algunos stages divings de Pete, desmayos, destrozos de la batería de Andrew Hurley, furiosos movimientos de cabeza de su guitarrista Joseph Trohman, un fanático subiéndose al escenario y siendo acribillado por seguridad, la banda estadounidense dejó en claro que su visita no fue un agregado más dentro de la larga lista de shows basuras que llegan en los últimos años a nuestro suelo. Por el contrario, dejaron a todos con gusto a poco, pero con enormes sonrisas en las sudadas caras que a esa hora ya habían perdido casi todo el maquillaje. Y por qué no, sirvió también como bautizo para esa creciente camada de pendejos que convierten en pop al buen rock. Fall Out Boy no vino sólo a cumplir con su récord guinness, vinieron a hacer escuela. A quitarles la virginidad a los sub-15, pero sin lubricante. Hell yeah!