Llegaron esperanzados aunque advertidos. Se fueron felices pero escupidos. En la primera parte de esta crónica, revivimos la ruta al fallido patíbulo que la banda argentina vivió en su segunda visita a nuestro país. Como teloneros de Ozzy, KoRn, Black Label Society y una lluvia de escupos.

El público ruge y “aquí están los gladiadores”, exclama riendo el guitarrista Hernán Bruckner. “Atentos que ya viene Nerón”, no tarda en contestar Martín Millán, el baterista de Arbol. Aunque músicos, en la pista atlética del Estadio Nacional, ambos son luchadores. Armados de guitarra, uñetas y baquetas ante la temeraria y numerosa lista de leones, tigres y otros animales hoy mutados en espectadores. El Circo Romano se llama Monsters of Rock. Y la víctima: los argentinos Árbol (Haedo, 1994).

Poco conocidos en Chile. Odiados y amenazados por el ortodoxo público rocker local. Culpables de haber sido invitados a compartir escenario con el Príncipe de las Tinieblas, Ozzy Osbourne, los cuatro de Haedo –combativa zona rockera emplazada al oeste del Gran Buenos Aires- están a punto de pasar por un aserradero (sic). La metáfora es evidente, tras leer dicho comentario en el sitio Toma.cl. Lo saben ellos, el equipo técnico, su manager, el promotor en Chile y este periodista. Todos atrincherados en el backstage del show más atemorizante de su carrera.

Junto a Sebastián Bianchini, bajista, Martín y Hernán caminamos al escenario. “Vamos hacia el patíbulo”, espeta uno. Los tres ríen. Están nerviosos, pero no preocupados. Falta una hora para el show, la gente ya entró, la mayoría de negro. Los tres argentinos observan entre telas y parlantes. El respetable ya está en posición. No los espera a ellos; de hecho, la mayoría se apresta a gritarles y escupirles hasta la última gota de saliva. Las advertencias llegaron por mail y a través de cyber foros. Sólo Michelle (26), una de las pocas seguidoras en Chile, acongojada escribió “por favor, no vengan”.

“Yo quiero que la gente diga ‘los re cagamos a escupitajos, pero estuvo buenísimo’”, explica Pablo Romero (Pablito para los fans, vocalista y frontman de la banda). “Sabemos a lo que vamos”, agrega a pocos minutos de emprender rumbo desde el hotel a Ñuñoa, con la misma mirada cándida y de ojos muy abiertos que puso al oír un sagaz “¡Aguante Árbol!”, entre los seguidores de Zakk Wylde y Black Label Society. “Hoy todo va a andar bien”, es su consigna.

En Argentina, Árbol adquirió renombre a partir de 1996 con su producción “Jardín frenético”, la cual dio el vamos a una ecléctica carrera de sonidos identificados con el rock, hardcore, funk y folklore. Utilizando, incluso, instrumentos no tradicionales para el común de las agrupaciones porteñas.

Influenciados por Faith No More, Mano Negra y los populares Redondos (Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota), según cuentan en el documental “Me gustaría decirte tantas cosas”, fueron habituales sus shows en locales underground como el “Mocambo”, donde promocionaron sus primeras creaciones.

Elegidos “Banda revelación” por Sí! (Clarín) en 1999 –de la mano de su LP homónimo- dieron un salto a escenarios mayores y al reconocimiento popular, afincado en los discos “Chapusongs” (2001) y “Guau!” (2004 y disco de oro). De todos ellos, ninguno editado en Chile. Bajo esta premisa, dichos discos son aglutinadores de canciones desconocidas para el melómano oído criollo. Mientras que para la vista, Pablo, Martín, Sebastián y Hernán son simples desconocidos con tan sólo una aparición anterior en La Batuta el año 2006. Con su más reciente producción en mano, llamada “Hormigas” (2007), hoy son los responsables de la iracunda rabia metalera que ha prometido pifias por lo bajo, y escupos por lo alto.

“Los vamos a matar, Ozzy, Ozzy”, es el cántico del camarín, replicando un supuesto “Oh sí, oh sí” en clave barrera. Árbol se toma el show con humor. Está claro que son carne de cañón y que poco importan los 13 años de trayectoria, la vasta popularidad en sus tierras, el trabajo con Gustavo Santaolalla (Julieta Venegas y Café Tacuba, entre otros) o la buena recepción mediática.

Durante los últimos días, la reacción manifiesta de los metaleros pelilargos ha sido buscarlos, por ejemplo en Youtube. Siguiendo esa lógica, la carta de presentación es “El fantasma”. Luego “Pequeños sueños”. Éxitos e íconos absolutos del repertorio más pop del cuarteto y ambas pertenecientes al disco “Guau!” (2004). El mismo álbum que mantiene a poco más de diez solitarios espectadores gritando “¡Árbol, Árbol!” al costado de la reja que separa el escenario de la cancha. “¿Escuchaste?, hay diez pibes gritando por nosotros. ¡Está buenísimo!”, exclama sorprendido Martín, mientras Sebastián pregunta sonriendo “¿será que nos llaman para tirarnos cosas?”.

Ya lo sabemos, todos tenemos un poco de miedo

La estrategia es simple. Más allá de las dudas que haya sobre si usar antiparras al tocar, ponerse cascos naranja –improvisada protección ante la lluvia de proyectiles- o con qué canción terminar el repertorio de 20 minutos, para el pequeño Pablo Romero la idea está clara: “Lo que vamos a hacer es entregar un repertorio hardcore ligado a nuestros primeros discos y poco de lo nuevo… tres temas. Lo que sea que pase, tenemos que lanzarnos con todo. Me importa poco que griten o tiren cosas, es parte del juego”. Y en esto último no miente.

“Ya chicos, vamos a practicar”, exclama. Antiparras en los ojos, una lata de bebida a modo de micrófono, todo el staff agrupado en el lado opuesto del camarín y la ráfaga de botellas y latas cae sobre Pablito. La tarea es esquivarlas. “¡Tirámela con fuerza, ¿eh?!”. El acto se repite entre las carcajadas de los sonidistas, roadies y músicos amontonados entre sillones y restos de comida, mientras afuera la gente canta los acordes familiares de La Renga. Pablo celebra la ausencia de lesiones. “El coliseo está listo” se oye entre las trece personas dentro del encarpado. “Los que van a morir te saludan”, es la respuesta de Martín, levantando un brazo. La arena de lucha arde en griterío y ansiedad cuando quedan poco menos de treinta minutos para salir a escena.

“Esto no es miedo, es adrenalina”, aseguran los cuatro músicos, cuando quedan sólo ellos en el camarín. Durante la mañana visitaron la céntrica galería Eurocentro. Interesados en encontrarse con pokemones y “pelolai”, según recuerdan. Figuras urbanas incomprendidas para ellos. “La forma en que se visten no se condice con lo que escuchan”, cuestionan –señalando luego que dichos híbridos juveniles también existen en Argentina, pero oyen hardcore-. Similar a su situación: parte de sus canciones no tiene nada que ver con lo que presentarán ante el dividido público de esta tarde (luego habrá favoritismos por Ozzy durante la presentación de Korn). El set list lo abrirán las canciones “Siento”, “Sexo” y “Cruces”, mientras que el cierre quedará a cargo de “Jardín frenético” (preparada con guiños a Rage Against the Machine”) y “Cosacuosa”. Los miles de espectadores que aún no repletan el recinto cada vez vitorean con más fuerza y Pablo bromea “les deben estar pasando una remera de nosotros”. “Para que reconozcan el olor” dice Sebastián.

El camino al escenario –repleto de amplificadores vacíos y desconectados, como parte del montaje rockero-, dentro del backstage, es el más largo. El camarín de los trasandinos está al final de la seguidilla de puertas que unen todo el “tras las cámaras”, a un costado de la pieza personal de Jonathan Davis (vocalista de Korn), frente a la oficina de producción para toda su banda y a algunos metros de la sala de ejercicios de Ozzy Osbourne. En otro lado está el resto de los músicos de la banda norteamericana, además de su sala de masajes (“que bueno enterarme, porque estoy re contracturado”, comentará sobre ésta Martín). Los guardias parlotean en inglés. La acción comienza a agitarse. El staff ya tomó posiciones.

A minutos de subir, vuelven a la mente comentarios como “hay que matar a los qlios de Arbol” (sic). Justo cuando el cuarteto deja el camarín y avanza a la cancha acompañado por su manager, Pablo De Guglielmo, quien registra toda la ruta en video. Sobre el escenario, las luces no van a tintinear. El combate será sin efectos especiales. “Estamos listos”, informan. Comienzan a caminar cuando el grueso de la multitud levanta las manos, dejando únicamente dedos del medio en el horizonte. Sin música de fondo, Árbol se abraza: “sólo paramos si uno cae, ¿ok?”.

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