El Primer Festival de Solistas en Solitario (FSS) dejó clara la relación hombre-guitarra de palo: es mucho más de expulsar que de demostrar. Porque en el contexto escenario/guitarra/micrófono/público quedan de lado (o más bien, en segundo plano) la cantidad de escalas o las variaciones de acordes que se puedan llegar a saber. Y no es que los cabros que se presentaron el sábado en el Normandie (Gepe, Félix, Chinoy, Nano Stern y Coiffeur) no supieran tocar o les faltara técnica, oh no. Lo que los hacía estar ahí no era eso, sino que lo intestinal de su sonido, lo vomitivo (en el mejor de los sentidos) de su puesta en escena.
Empezó Chinoy (que a estas alturas ya confirma su condición de Patti Smith chileno) y con media hora en el escenario le alcanzó para sangrar tocando esas canciones que son un combo de persecución, poesía húmeda y animales domésticos. Esa sensación de día nublado y de ladrones mezclada con desamores de cerro quedó súper plasmada, y lo mejor es que no necesita hablar entre las canciones ni tirar tallas, sino que va escupiendo los temas (chop, chop) sin misericordia, dejándonos todos babeados con baba de puerto. Ñam.
De ahí vino Félix, que aprovechaba de promocionar su primer álbum (La Vida Secreta, editado en Chile por Quemasucabeza) y todo se dio vuelta, porque este argentino toca con el pulgar y canta con lo justo, y lo que bota no es furia ni calle, sino que pena, indecisión y habitaciones. Tiene un sonido silencioso y dominical, perfecto para el invierno que viene llegando y la angustia por abrazar cuerpos que éste siempre arrastra. Fue fácil identificarse con sus letras de ausencias y agradecimientos, y era inevitable cerrar los ojos y ver estufas prendidas, mientras Félix desaparecía hacía sí mismo, con las piernas cruzadas y los dedos flacos.
El que más incertidumbre causaba era Nano Stern porque a priori era otra onda. Lo que se sabía era que le hacía al campo (un Tito Fernández rubio) y a esto de cantarle a la vida, la tierra, el cielo, el vino y el pan. Pero apareció zapateando (fue el primero en tocar de pie), influenciado por algún espíritu o brebaje, y con una sonrisa insacable, no parando nunca de hablarle a la gente ni de pedirle participación. Se lanzó con una intro pseudo improvisada que nos despertó a todos y de ahí se largo a tocar de todo: su oda al vino, folklore intercontinental con canciones típicas de Venezuela y Macedonia, un homenaje a Víctor y a Violeta, y Samba Landó de Inti. Pero todo lleno de chasca, punteos metaleros y pasos de resfaloza. Nano es mucho (¡muucho!) más en vivo que en estudio, porque sus canciones (que por sí solas no representan nada nuevo) cobran mucho más sentido al verlo viviéndolas.
El más aplaudido en la previa fue Coiffeur (que en su casa se llama Guillermo Alonso), quien de a poco va sembrando un fiel grupo de seguidores/as, a pesar de tener sólo dos discos (Primer Corte, 2005; No Es, 2007) y ni tantos canales de difusión. Así y todo en muchos de sus temas se escuchó un coro considerable de gente que lo seguía, aunque media confundida con la modificación que hace en algunas canciones. Las toca diferente: Al Oído pasó de ser bailable a una lanza en el pecho; De Vos Conmigo mutó del rasgueo acelerado a la necesidad de tomarse de la mano. Y entremedio las conectaba con puentes precisos y contundentes, dejando en claro que el tipo se entiende con el instrumento. Su voz nasal no es fácil para los que no lo conocían, pero en esta versión menos acelerada de sí mismo, Coiffeur la supo encajar.
Gepe cerró y lo hizo con diez canciones (seis del Gepinto, tres del Hungría y una nueva). Las tocó con pantalones blancos y botas de cosaco, y con esa buena onda chistosa que cae tan bien. Como pocas veces, era él solo con la guitarra, nada de laptops ni teclados ni bombos. Incluso los extrañó un poco (“Ojalá la próxima sea con más instrumentos”, dijo) pero se las arregló igual. Se le veía feliz con el resultado del FSS, como contento con lo que había visto y agradeciendo muchas (demasiadas) veces a todo el mundo por todo lo bueno que pasa en él. Quizá le faltó haber experimentado un poco más, arriesgando en guitarra alguna de sus canciones más electrónicas o pianísticas, pero de todas formas cantó emocionado y con polenta. Da gusto verlo así.
Y cuando terminó se hizo corto pero fueron más de tres horas de sonidos muy distintos y chalecos diferentes, pero todos con lo que se dice al principio: cantan y tocan para sacarse eso que tienen adentro y que puede ser punk litoral, nostalgia invernal, fiesta rural, amor de suburbio bonaerense o pop capitalino; pero que hace tan bien, nos aclara tantas cosas y que porfa se repita.
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