Las tardes en mayo han dejado de ser tranquilas. Hemos pasado las últimas semanas por temporales, inundaciones y ondas polares. Desde el Teatro Municipal no notas nada de eso. Si miramos hacia calle Agustinas, unos paneles blancos cubren lo que en un futuro no muy lejano llamaremos Plaza Patricio Mekis.

Reseña: Cristóbal Carrasco – Fotos: Susana Hernández (suena.cl)
Un cuarto para las siete de la tarde, la gente que me acompaña dice que entremos. Adentro, las luces del programa Alfombra Roja iluminan la cara de Jaime Coloma y Mario Guerrero, invitados cuasi estelares al lanzamiento de Treinta y Tres horas bar, una obra declarada como “videoclip” por Carmen Gloria Laneras, crítica de El Mercurio, y que, cómo no saberlo a estas alturas, musicalizaban Los Tres.
Las tardes de mayo comienzan predecibles y terminan inverosímiles. De fondo, a las 8 de la noche, luego de la presentación del ballet Who Cares?, se escucha Nicanor, el instrumental del disco de Álvaro Henríquez, que cuenta con la preciosa voz de su hija Olivia. La gente al Teatro Municipal no llega atrasada. O estás o no estás. De un momento a otro, Ángel Parra, Roberto Lindl y Álvaro Henríquez aparecen invitados a un bar que abre sus puertas y los presenta como plato de fondo. El bar comienza con Amor Violento, mientras la coreografía desarrolla historias paralelas que, efectivamente, recuerdan viodeoclips de Los Tres como Traje Desastre o La espada & la pared.
La idea, en general, consiste en representar las letras del grupo penquista con pequeños fragmentos reales, como si Los Tres hubiesen criado a una generación de jóvenes sobre la base de sus pequeñas obras maestras. Algo de lo que Álvaro Henríquez ha rehuido constante y sistemáticamente, al menos desde que leo sus entrevistas. Pero pasa. Álvaro canta Amor Violento sabiendo que el amor es casi siempre violento y a veces te depara eventos inesperados. Ni Álvaro ni nadie puede escapar del látigo de su propio talento.

Las tardes de mayo no permiten elegir. O estás en el Teatro Municipal, o esperas a Café Tacuba en el Caupolicán. Eso tuvo que pasar Álvaro Henríquez el miércoles, cuando no llegó al concierto de los tacubos, a pesar de haberlo prometido. Mientras, en el bar del Municipal, el puerto oscurecía y Los Tres tocan Flores Secas. Miro hacia atrás y veo a un amigo que golpea con sus tacones el suelo. Miro al lado y me doy cuenta cómo mi ex novia mira el movimiento sutil de dos bailarines en el escenario. Después, el bar sigue con Tírate (en una versión más rápida), Largo (con Álvaro en batería) y, antes que amanezca, escuchamos Quién es la que viene allí, con el coreo de una galería (¿le dirán así?) que amalgama tímidamente el fervor de un estadio con el pudor de asistir, quizás por primera vez, al Teatro.
Si las tardes de mayo tienen una canción, esa canción es Pancho. Álvaro Henríquez camina por el escenario y saluda a dos bailarinas que hacen de empleadas en el bar. Cuando llega al micrófono, Álvaro sabe que canta una de sus canciones más hermosas, uno de esos pequeños pedazos de tragedia que nos da en cada álbum desde 1990, y sabe que no muchos la conocen, y por eso, quizás por eso, suena tan bien. El bar abre de nuevo con Claus (con Álvaro en baterías), Amores incompletos, La negrita y una inspirada Pájaros de fuego. A partir de ahí, el bar se sume en lo que pretende representar, a saber, un festín de drama y euforia, enmarcado al final, por dos canciones perfectamente ejecutadas: El sueño de la noche más oscura con dos bailarines bajo las luces de un amanecer artificial y Hojas de té, con todo el ballet cerrando el bar de Los Tres para siempre.
[youtube]kpsqu-rIbh4[/youtube]




