Los Bunkers aseguran por los medios que son “la mejor banda de Chile”. Lo he escuchado antes, hace unos cinco años quizás, cuando aparecían con cara de buen provinciano en la tele, con ese engrupimiento clásico de penquista y su mito de “la cuna del rock chileno”, diciendo que sí, eran la mejor banda chilena. Eran tiempos distintos, todavía no explotaba la autopromoción por Internet, las gaseosas no esmeraban en descubrir nuevas bandas y el rock local era lo mismo de ahora pero aún más disimulado.

Cambiaron los tiempos, pero ¿Cambiaron Los Bunkers?

Después del éxito de “Vida De Perros” (05), al quinteto le cambió la vida. Si bien pasaron de tocatas en la SCD a llenar grandes locales, lanzar DVDs, ganar Gaviotas y salir en LUN; en el fondo era la trayectoria lógica de su órbita particular. Y ni siquiera se les puede decir vendidos, porque Los Bunkers son de esas bandas que nacieron vendidas: nada de posturas indies, nada de compromisos con la escena y la autopromoción.

Siempre de mano con la industria, pensando en la meta final de ser populares: se instalaron en Santiago, ambición a full, tres discos al hilo, tocando con cuanto prócer de la música chilena quedase en pie. Los invitaban a las radios e iban a tocar con terno como si fuese el show de Ed Sullivan. Era todo muy en serio. Y gracias a esta mezcla entre engrupimiento y constancia, han tenido todo a su favor para llegar donde están: buenos contactos, apoyo casi incondicional de una prensa que los promueve y buenas canciones que pegaron en la gente. Porque por sobre todo, Los Bunkers son una banda que conoce y ocupa la fórmula del pop, que hacen canciones saboreables como quien hace galletas para el disfrute de su clientela.

Por eso no es extraño que tras lanzar su disco en México, hoy su nuevo trabajo esté disponible en Chile a través de un Supermercado, la cumbre máxima del consumo masivo y familiar. Un disco que representa el retorno y consagración internacional del quinteto penquista, pero que parece de otra época, de otra órbita, de otro planeta. ¿En qué planeta viven Los Bunkers? En uno donde mientras todas las bandas se alejan de los sellos y se consolida el camino independiente y la autodistribución, ellos firman por una multinacional y se lanzan con todo a promocionarse por el continente.

En uno donde esa opción les significa que su ex distribuidor se amurra y no deja vender su nueva placa, y el disco es éxito de ventas en un país a siete mil kilómetros. Mientras que en su tierra los fanáticos esperan con ansias, solo calmada por un adelanto que pusieron en MySpace y que hoy está disponible en dudosas calidades por la blogósfera.

En términos musicales, “Barrio Estación” (08) es el disco más pop hasta la fecha lanzado por los penquistas. Para los fans más rockandrolleros debiese haber una advertencia que los anticipe a un disco distinto pero aún así igualmente infalible. Si la premisa simplista de que Los Bunkers intentan ser como los Beatles sigue en pie, podríamos decir entonces que se encuentran en plena época de sicodelía y exploración. Si antes se advertían guitarreros y directos en sus inicios, si en “La Culpa” (03) coquetearon con nuevas sonoridades más folclóricas en una búsqueda de identificación local, ahora la continuidad en las canciones, la utilización de bronces, la citación de paisajes dentro de un mismo disco da un carácter más elaborado a Barrio Estación, como si pretendiese ser un Sargent Pepper (67), una obra cumbre, un trabajo maduro, pero al estilo Bunkers, con canciones que perfectamente pueden ser coreadas por multitudes.

Es que Barrio Estación se maneja entre esa dualidad, entre su ambición de obra maestra y su vocación de música para estadios. Es esta vocación pop el ítem motivador de todo; de las melodías que prueban ritmos inéditos como “El Tiempo Que Se Va”, “Me Muelen a Palos” con su teclado ochenteno o “Una Nube Cuelga Sobre Mí” con ese juguetón acordeón. De las letras, que pasan de esa adolescencia insufrible de Vida de Perros (05) hasta la redención de la madurez en “Nada Nuevo Bajo El Sol” (hitazo en potencia) o la paternal “Abril” (donde pesa la contingencia biográfica del grupo). Las canciones en Barrio Estación, si bien no son pólvora instantánea de pop facilista, nunca se complejizan demasiado como para parecer chocantes o rupturistas. Y ahí está el mayor logro de los penquistas: hacen que el cambio funcione. De alguna forma, pero que funcione.

Por más que odies a Los Bunkers no puedes negarlo: Barrio Estación es un buen disco, bien logrado, con canciones y letras que es prácticamente imposible que no se peguen a tu memoria instantánea y con varios temas que pintan para seguros éxitos radiales, como no. Pero son Los Bunkers, esos provincianos soberbios que osan en declararse sin descanso “la mejor banda de Chile”, y que son tan fieles a sus influencias que rozan la imitación. No es raro generar anticuerpos si siempre se puede criticar, y decir que “Coma” suena demasiado Oasis, que “Abril” es un plagio a Phil Spector, que el instrumental “Capablanca” parece calcado de algún descartado de Pet Sounds (66) o que “Nada Nuevo Bajo El Sol” le hace honor a su nombre y suena como robada de la mente del mismisimo Robert Smith. Pero una cosa es robar, y otra es hacerlo con estilo propio, y que te paguen por eso. Total, si al final, siempre quedará a criterio personal si lo echas al carro de tu compra de Supermercado.

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