Partamos diciendo que todo va en la pinta. Esa de la chaqueta gringa de cuero de los 80s y los lentes poto de botella que les daba todo el aspecto retro. En esa imagen que de a poco se desvanece en la nueva etapa del cuarteto Teleradio Donoso, se entiende su segundo disco: nuevas fórmulas, nuevo eje. Guitarras, bajo, harto piano; recuerdos y baile, también. Tienen algo de todos y suenan a mil cosas distintas. “Ritmos más modernos”, dicen ellos. Estuvimos en el lanzamiento de Bailar y Llorar, un disco para lamentarse hasta las lágrimas, si es que te saltas la excelente sección bailable del disco, para ponerse la ropa de fiesta y salir a moverse.

Casi treinta minutos del documental Eramos todos felices sirvieron de preámbulo para escucharlos comentar su nuevo LP. En el lanzamiento de su nuevo retoño en directo, no tocaron las canciones del disco precisamente. Se dedicaron a discursear: anunciaron, por ejemplo, que el lanzamiento se viene el próximo 31 de octubre en Blondie.
Siempre escoltados por Carlos Fonseca, aseguraron que serán el disco del año. ¿Nuevo éxito? Primero entendamos el disco en esta entrevista.
Amar en el Campo es un tema muy bailable en comparación a Gran Santiago. ¿Cómo definirían este nuevo trabajo?
Cristóbal Fredes (bajo y coro): Este es un paso adelante, un ritmo distinto. Los temas del disco anterior podían a lo mejor ser un poco retro. Ahora son sonidos mucho más modernos. Además ahora los temas tienen esta dualidad: hay temas bailables y otros decididamente más lentos. Y bueno, por lo mismo se llama “Bailar y Llorar”.
¿De dónde sale el nombre?
Martín del Real (guitarrista): Bueno, el nombre era la manera más fácil de englobar o de dividir el proceso de grabación. Mientras se componían las canciones se estaba dando esa característica. Salían canciones como muy “extremadamente hechas”, muy bailables, como la que estamos escuchando: suena “Cama de clavos”, desde la sección de canciones movidas del disco. Y por otro lado, se estaban haciendo unas baladas románticas, cebollas si querís. Entonces al final nos dimos cuenta de que esto estaba dividido en dos. Lo encontramos entretenido… y bueno, funciona.
Bueno, en las letras pasaron de “Eras mi persona favorita” a un hiriente “Y entiendas que no significas nada”. En la música pasa más o menos lo mismo pero a la inversa. Ahora dan ganas de bailar escuchándolos. ¿Cómo fue ese proceso?
CF: Fue un proceso largo, intenso. Muchas canciones se fueron quedando afuera, porque se salían de la columna vertebral principal.
MDR: De hecho, el disco se iba perfilando para otro lado hace pocos meses. Ahí tuvimos que tomar decisiones. Hay un par de temas que literalmente fueron de último momento, a última hora. Todo para que encajara dentro de la propuesta original, que en un principio tuvo hartas pistas falsas.
¿Y hacia dónde apuntaron?
CF: Queríamos que fuera un poco conceptual, en el sentido de que todos los temas que estuvieran ahí, estuvieran por algo, porque obedecen al concepto del disco, incluido en el nombre. El primero no era tan así, sino un poco más aleatorio.
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“Amar en el campo” fue el primer sencillo de este disco, una de las canciones que chocó con el sonido de Gran Santiago (07), y que es definida por Alex Anwandter (el cerebro y voz de la banda) como “una cosa romántica, campestre y social, extremadamente animada”.

Cuéntame, Martín, ¿Qué influencias tuvieron para este disco?
MDR: Bueno son en realidad influencias que hemos tenido toda la vida, pero que en el primer disco no nos atrevimos mucho a ponerlas. Nosotros somos como de ir mucho a fiestas, nos gusta bailar y nos decidimos ahora a irnos por ese lado. Harta música negra, mucho soul negro, pop negro de los 80s, pop blanco también. Harto teclado, cosa que no teníamos en el otro disco, sintetizadores, más efectos. Nada kitsch: pop bien bailable.
Y antes de que tomen sus instrumentos, ¿Cómo etiquetarían a Bailar y Llorar musicalmente?
CF: Pop-rock, por el uso de guitarras y eso. Pero no sé si nos gusta encasillarnos en esos términos, los grupos se van paseando hoy cada vez más rápido por distintos estilos dentro de un mismo disco, incluso dentro de una misma canción.
MDR: Hay de todo. Claro, decir pop rock, es lo más fácil. Te da una idea previa al escuchar un grupo, lo buscas por Internet y decis si te interesa o no.
CF: Teleradio Donoso entra como en una categoría más amplia, más que ponerse alguna etiqueta. Las etiquetas obedecen a tipos de movimientos, pero hoy día la música va en solo.








Tras la extensa y austera mezcla de blues y punk de las dieciocho canciones de Yo, Jiminelson (05), el reformulado trío Jiminelson escupe ocho nuevos temas bajo el título de Amor del Rey. Siguen con la simpleza del sonido que conocimos años atrás en sus presentaciones en vivo, claro que totalmente inclinados a la experimentación del blues.
Este quinto disco es simplemente agotador. Me hartó a la primera pasada, como si escuchara una alarma. La pose pendeja, étnica y esas onomatopeyas absurdas del primer single Un día, son del peor mal gusto. Esto ya lo escuchamos hace años en Islandia. Ese caos de pegar un ritmo monótono en un secuenciador y repetirlo hasta el cansancio habla muy mal de una artista que creo sobre valorada.
El año pasado quedé para adentro con un honesto y delgado EP que adelantaba este trabajo, la proyección del ex músico invitado de Teleradio Donoso, que se armó un disco en solitario para pasearse por historias y situaciones sacadas del lente de Godfrey Reggio.
Reseña: Diego Huenchur – Fotos: Cristóbal Marín
El concierto comenzó puntual a las 21:04, con los chicos subiendo al escenario y de fondo la instrumental y psicodélica A Stroll Through Hive Manor Corridors. Es el momento en que uno sabe que la ola va a caer encima. Una noche de locura, buen rock y gritos por doquier. Elegancia, trajes de buen corte y canciones totalmente cabeceadoras. Luego de la mini psicodelia, y con los chicos ubicados en sus puestos y listos para rockear, quebraron el silencio con Hey Little World, uno de los tracks más explosivos de su último disco, The Black and White Album (07).
La locura no paraba, era un hit tras otro. Siguieron con Main Offender (¡clásico!) y Try It Again (otro de los más fulminantes del último disco), donde el respetable hacía lo posible para corear, saltar y no perderse el espectáculo visual que presentaban los chicos oriundos de Suecia. Cada canción era bien recibida, desde la tribuna hasta la cancha la gente saltaba por igual. Porque así son The Hives, una banda que se atreve a tirar uno de sus más grandes caballitos de batalla como segundo tema principal. Porque se pueden jactar de tener muchos hits y que cada uno de ellos te vuele la cabeza a guitarrazos y por igual.
Por un momento, la mala calidad del sonido se hizo presente, y de una se fue a segundo plano entre los saltos de un montón de pitillos y melómanos que seguramente han seguido la trayectoria de 15 años que estos chicos llevan en el cuerpo. La sincronía era precisa, cada uno metido en su instrumento tratando de que la ejecución fuese perfecta. Como una máquina europea, como una bomba que explotó y nos voló la cabeza.
The Hives hizo que el Caupolicán temblara, explotara, muriera y renaciera a punta de riffs sólidos de guitarra, baterías punzantes, un bajo extraordinario y la voz siempre gritona del carismático y amado por la chicas, Howlin’ Pelle Almqvist. En cuanto a los actores, el ya mencionado Pelle, acompañado del guitarrista Nicholaus Arson, se robaron la película a punta de abrazos con el público, caras graciosas y gestualidades bastante provocativas, mientras que Dr. Matt Destruction (bajo), Chris Dangerous (batería) y Vigilante Carlstroem
Para el bis, se mandaron al hilo: Bigger Hole to Fill y armaron una mini explosión tocando la clásica Hate To Say I Told You So, la que les abrió las puertas al mercado mundial, para terminar: “Tick, tick, tick, tick, tick”, dijo Pelle y nosotros respondimos. El recinto se cayó de la explosión. Tick Tick Boom se encargó de cerrar una de las noches más rockeras del año. El público eufórico, las rodillas apretadas de tanto saltar y la garganta gastada de tanto gritar.
Definitivamente, y aunque suene muy descalificador para algunas otras bandas, The Hives es un espectáculo de primera. Un show sólido. El público en el bolsillo, con los uniformados más desordenados del planeta. Porque al final eso es The Hives, pura testosterona adolescente y rockera que, canción tras canción, salto tras salto, golpe y sudor tras sudor te meten en su trance de guitarras. Si todos los uniformados fueran así, este mundo sería distinto.

Lambchop es la excusa del cantante Kurt Wagner para asomarse sobre los escenarios con un puñado de músicos estrechamente relacionados al country alternativo. Son de Tennessee, pero su más reciente disco se llama OH (Ohio). Es particularmente sencillo y de registro negro, con la simpleza de las canciones más minimalistas de Velvet Underground y el soul de gente como Curtis Mayfield y Marvin Gaye.
Insuperables para esas mañanas eternas de los fines de semana con pijama, el trío Rubies despachó su excelente debut Explode from the Center este año, armadas de nueve canciones del pop instrumental que uno agradece en la bulia.
Muy lejos del sonido que los tenía emparentados a los Peligrosos Gorriones y Los Brujos, Babasónicos hizo escuela con el imponente Infame (03), pero muy tibiamente repasó los pergaminos de su rock pop en el flojo Anoche (05). Precisamente lo mismo pasa en este Mucho: el single Pijamas prende pero parece una prolongación del disco de Risa y Putita; y Microdancing es otro juego más sobre instrumentos y una programación del sinte.










