Que clásica es la marea de poleras negras en los conciertos de rock. Poleras negras y vasos de cerveza pululan como si fuese el accesorio obligatorio de una postura de vida y melomanía. Clásicos panoramas de ocasión rockera que he visto hasta el cansancio una y otra vez. La clásica polola de jeans apretados y el pelo suelto que mueve la cabeza sintiéndose ruda pero sin sacrificar su condición de “mina”. El típico treinteañero que descarga todas sus frustraciones de oficina en el único momento de libertad que le va quedando.
Por Cecilia Fuentes Icarte – Fotos Natalia Barrientos

Los conciertos del rock son tan únicos pero a la vez tan predecibles, que a veces aburren y los odio, preguntándome porque seguir en algo que se repite una y otra vez.
Bueno, el viernes con Black Rebel Motorcycle Club me lo cuestioné una vez más. Como no cuestionárselo al ver a los teloneros Devil Presley The Faculty release y esos pelos largos batiéndose en el aire como todo un comercial de shampú, mientras los oídos no recibían un ápice de belleza o de alguna otra emoción genuina que no fuese esa rudeza. Hasta coreografía metalera al final, con esa coordinación que a mí me viene mejor en una banda cumbia sound que de rock. Pero bueno.
Ciertamente los contrastes favorecen la diferencia. Y creo que gracias al contraste entre la última canción telonera y la primera del grupo que todos esperábamos, encontré la respuesta a mi vocación porfiada de rockera. Al menos eso sentí apenas comenzó todo con “666 Conducer”, que no es precisamente la canción más prendida para comenzar un show rockero ni para mover las cabelleras ni para patear a nadie. Para eso estaban las siguientes “Berlin” “Stop” o “Weapon Of Choice”.
Pero no fue hasta esa delicia llamada “Ain’t No Easy Way” que comencé a sentir que las respuestas podían estar ahí. Entre el desaforado de cuero negro que golpeaba a todo el mundo y que después estaba con sus brazos arriba batiendo palmas, entre la chica del pelo largo y suelto que se arrastraba por la multitud y se dejó llevar por el ritmo, entre el grupo de amigos con poleras de grupos que se abrazaba como si saltaran sobre el tablón. Todos como si estuviésemos enamorados de algo que no podíamos ver. Pero sí oír, gracias a Dios.
La baterista Leah Shapiro era la prueba viva de que se puede ser potente y sutil, como si fuese una Maureen Tucker de este siglo, pasando del frenesí de “Six Barrel Shotgun” a la calma penetrante de “Salvation”. Toda tormenta merece su calma, y ver a un Peter Hayes, que nació para esto, cantar con fuerza para después cautivar con la armónica explica que detrás del oscuro del negro hay una sustancia que remonta a una larga historia, a una tradición que se niega a morir a pesar de las caricaturas absurdas que abundan, y que regresó en gloria y majestad en ese set acústico con canciones como “Fault Line”. Ni siquiera hizo falta electricidad. Sólo alma y corazón.
Es que shows como el de BRMC te demuestra que el rock no es sólo una postura tosca y ruda de rebelión. El rock por sobre todo es música, acordes, notas al aire que pueden entregarte momentos tan repletos de belleza como en esas soberbias interpretaciones de “Rifles” y “Howl”, o de potencia como “American X” o “Took Out a Loan”. Porque BRMC demuestra que puedes ser intenso, fuerte, bruto quizás, pero no por eso puedes dejar de crear algo hermoso. Algo por lo que vale la pena creer.
Porque quizás ninguno de nosotros calza muy bien en esto que vivimos a diario a las afueras de este teatro. Quizás Hayes y su compañero Robert Levon Been no tendrían espacio en ningún lado si no existiese el rock, ese espacio etéreo pero palpable donde hasta los acoples y fallas de sonido de la noche imperfecta sonaban ad hok.
Creo finalmente que lo que amo y odio del rock se reveló en la diferencia entre los dos shows de la noche; si Devil Presley fue esa clásica postal repetida de riffs sin mayor sentido y palabras escupiendo la mayor testosterona posible en el intento, BRMC fue, sin mayor parafernalia que las buenas canciones, un show potente y acogedor a la vez, haciendo gala de una variedad rítmica que si bien alcanza niveles de intimidad y hasta roza la fragilidad, no transa en ningún acorde la vocación de rockear.
Después de los clásicos “Whatever Happened To My Rock&roll” y “Spread You Love” las conclusiones estaban sacadas. Ni siquiera fue necesario ver a Robert Levon Been arriba de un peugot 206 cantando “Sympathetic Noose”. Ni siquiera fue necesario un vaso de cerveza después del concierto para digerir todo.
La fe había vuelto, pase lo que le pase a mi rock&roll. Lo que sea. Como no.




