-Dijiste que (Irak) iba a ser una guerra corta y rápida. Que sabíamos donde estaban las armas de destrucción masiva, y te equivocaste. Dijiste que íbamos a entrar como liberadores. Te equivocaste de nuevo.

Wrong, wrong, wrong. Barack Obama le refregaba en la cara todos estos errores a John McCain, hablándole directo a los ojos, con la tranquilidad de alguien que sabe que va a ganar, que sabe que lo que dice es la verdad y no un mero intento de proselitismo, mientras el republicano, el equivocado republicano, sonreía, pestañaba, murmuraba. Vacilaba. Porque sabía que sí, que estaba wrong.

Ése fue uno de los puntos altos del primer debate presidencial, bastante fome, celebrado en la Universidad de Mississippi. Según las editoriales de los medios, hubo un empate. Según la gente (un 51% contra un 38%, en un sondeo hecho por CNN), ganó Obama.

Y si todo sale bien en noviembre, Obama también debería ganar las próximas elecciones a presidente de los Estados Unidos. ¿Atributos? Es más joven que mi papá, habla de una forma que da orgullo vivir en el mismo mundo que él, tiene por fin politizado al inerte pueblo gringo (mérito compartido con la inoperancia de Bush), no viene de familia política, su esposa no es política ni millonaria, y su historia de vida es tan pero tan perfect que da para sospechar de si es en verdad humano o si es un robot creado por alguna ONG francesa.

Obama nació en Hawai, hijo de un keniata al cual vio sólo un par de veces, y de una antropóloga de Kansas. Se crió con sus abuelos maternos, blancos como la leche, quienes le reconocieron varias veces su temor a los negros. De hecho, si veían a uno caminando en dirección contraria por el mismo lado de la vereda, cruzaban la calle.

El pequeño Barack aprendió a vivir con el racismo desde la casa, y no bastando con ser negro, en el colegio lo molestaban por el nombre, por las orejas y, como en toda sala de clases, por su inteligencia. Pero hoy, después de un título de abogado en Harvard, de años de servicio social en Chicago y de dos periodos como senador por Illinois, está transformado en el negro favorito de millones de blancos.

En una suerte de novedad kitsch-progresista, votar Obama supera al simple ejercicio de votar demócrata para transformarse en un masivo movimiento, politizado y activista, que al mismo tiempo desprecia todo lo que ha tenido que ver, alguna vez, con Washington y la Casa Blanca. Eso es lo admirable: que un político –anormal como Obama pero político al fin- sea capaz de convocar a todos los insatisfechos políticamente, léase jóvenes, inmigrantes y artistas, y convencerlos no sólo de votar sino que también de trabajar en la campaña.

Porque la principal gracia de la campaña de Obama no es su virtuosismo retórico, su estilo y buena onda ni su impecable historial anti-Bush. Lo más llamativo es su marketing político (“revolucionario”, como lo tildó la Rolling Stone), que es construido de una forma inédita en la historia eleccionaria: de abajo hacia arriba. Es decir: se cita a los voluntarios de cada localidad a través de internet y estos, una vez reunidos, no serán dirigidos por ningún director ni político ni consultor de la campaña.

Al contrario, se les capacita para que ellos mismo sean capaces de tomar las decisiones obamáticas en su localidad, lo que no sólo masifica el movimiento sino que lo efectiviza y se adapta a las peculiaridades de cada pueblo, ciudad y estado. Todo esto en una mezcla explosiva de web 2.0 (con MySpace, Facebook, YouTube y my.barackobama.com, la versión personalizable del sitio oficial) y el clásico y nunca bien ponderado puerta-a-puerta.

Esta fórmula de campaña no sólo es efectiva y no sólo le dio los resultados en las primarias, sino que además es un admirable acto de consecuencia. Obama cuando invita a participar lo hace en serio, y no como la típica esclavización que conocemos, del voluntario que pega afiches, levanta palomas y mueve banderas a todo sol a cambio de un pan y una bebida, sino que tomando protagonismo y aportando con la cabeza.

Su idea de trabajar con pura gente que no haya estado en la Casa Blanca sonaba muy bien al principio, pero como a Bachelet, es muy posible que se le termine cayendo. De hecho, ya empezó a guatear: eligió como vicepresidente a Joe Biden, un veterano de 66 años que desde 1972 está anclado al Senado, que votó a favor de la invasión a Irak y que complica todo el discurso del Change que tanto lo fortaleció. Si bien Biden le inyecta voto blanco red-neck y le da un plus en política exterior (el tipo ha escrito diez libros sobre el tema), enturbia un proceso que se veía tan limpio del vejestorio político al que uno tiene tan poco que creerle.

En lo que sí gana, y también deja de perder por cada día que pasa, es en la contundencia de sus discursos. Obama nunca lee lo que dice, lo tiene todo incorporado. Obama nunca se ha contradicho, no habla maravillas incumplibles ni promete tonterías (lo de retirar las tropas de Irak en 16 meses suena imposible pero si le pone empeño la hace). Y Obama tiene la mejor ventaja del mundo, y a la que le está sacando provecho: viene a reemplazar al peor gobierno de la historia de su país, cerrado con el broche de oro perfecto: la más terrible crisis financiera desde 1929.

Vamos Barackito, no le puedes fallar al mundo.