El escritor Julián Avaria lanzó Letrina, un compilado de 26 cuentos, microcuentos y crónicas. Tras editar además parte de la extensa obra de su padre, el crítico literario Antonio Avaria, este joven trotamundos presenta su primer libro de cuentos, aunque explica: “Me siento más cuenta cuentos. Porque si el cuento no se lee o no se cuenta, este no existe. Entonces para mí por lo menos ha sido mucho más terapéutico contarlos antes que escribirlos”, dice en esta entrevista.

 

Hola Julián, ¿Cuáles son los temas de “Letrina”?
-Son temáticas bastante distintas, desde historias de amor hasta partidos de fútbol, pero que tienen una constante y es que todos evocan a la suciedad del ser humano, tanto física como directamente de la caca. De ahí el nombre. Habla de la caca valórica de la humanidad, una caca emocional que me atrae y que está plasmada, quizás demasiado, porque redundo mucho en algunos aspectos que quizás puede saturar al lector. Me atrae que el ser humano sea un ser que evolutivamente es un ser elevado, pero que finalmente tenga aspectos tan básicos como tener que ir al baño. Puedes ser un tremendo erudito o una mina súper rica, pero al final todos tenemos que ir a hacer caca. Esa es la parte animal que tenemos como seres humanos y que no queremos reconocer, la ocultamos.

¿En qué momento escribiste estos cuentos?
-El primer cuento lo escribí el 97 y los últimos el año pasado. El grueso de la obra fue hecha entre el 2006 y el 2008. De estos, sólo Alitosis fue publicado en una revista hace un par de años. Y del resto, sólo algunos se conocen desde la oralidad tanto en Chile como en el extranjero.

¿Cómo fue la selección de los cuentos?
-Hubo una maduración al respecto, porque el primer intento por publicar este libro fue el año 2005, con la misma editorial (Mosquito). Ahí hicimos la primera maqueta del libro, pero en ese momento la editorial quebró, por lo que el libro quedó en stand by. Ahí me puse a publicarle los libros a mi viejo y medio se me olvidó el mío, hasta que a comienzos de este año la editorial que ya había renacido, me contactó y retomamos el proyecto, podamos algunos cuentos, sacamos y pusimos otros y con eso se armó el libro definitivo.

 

“Mi apellido me ha abierto muchas puertas”

Con la muerte de su padre, Julián asumió una nueva y dura tarea: editar sus trabajos inéditos y reeditar sus cuentos. Una larga labor que lo llevó a acercarse aun más a su viejo. Es por esto que su proyecto “Letrina” tuvo que esperar un par de años antes de ser publicado.

¿Cómo comenzó tu historia en la literatura?
-Antes la literatura me era muy íntima, escribía sólo para mí y para mi viejo, él era mi único fans en cuanto a mis cuentos. Le gustaban pero también era bastante objetivo y crítico con ellos. De hecho los primeros escritos que le mostré fueron criticados de forma des constructiva (risas) y por lo mismo no están en el libro, pero tanto los que él como yo consideramos están presentes.

“De ahí reedité sus cuentos con la Editorial Universitaria, edité una novela inédita: “Cielo, mar y muerte” y reeditamos una revista de literatura que tuvo con Jorge Teillier durante el 67 y 68, que se llamaba “Árbol de letras”. Fueron 11 números que compilamos en un sólo libro y ahora estamos esperando el resultado del fondo del libro para hacer la compilación de su crítica literaria, que finalmente es el grueso de su obra, fueron 40 años de criticas. Él era un gran conocedor, una verdadera enciclopedia literaria andante.

¿Qué provocó tu viejo en ti?
-Por una parte cuando empecé a abrirme puertas para publicar las cosas de mi viejo, comencé a conocer el mundo de la literatura, antes conocía solamente por mi viejo y sus amigos, mi casa siempre estuvo llena de escritores, Armando Uribe es mi padrino y para mí la literatura sólo la viví en el aspecto social de mi padre.

¿Tu apellido te ha ayudado?
-Muchos me preguntaban cuándo me iba a dedicar a la literatura, varios lo esperaban. En ese sentido mi apellido ha sido una excelente llave que me ha abierto muchas puertas. No existe tampoco el peso de mi apellido, no siento ninguna presión de que tenga que ser tan o más bueno que él. Por ejemplo, me ha pasado que cuando llego a la biblioteca nacional, un tipo serio, sentado en un escritorio me mira de arriba a abajo juzgando mi pinta. Pero basta con que le cuente que soy hijo de Antonio Avaria para que se pare, me abrace y me cuente sus anécdotas con mi viejo.

¿Cómo era la relación entre ustedes?
-Éramos buenos amigos, de hecho yo era el que más conocía de sus escritos porque me usaba de dactilógrafo. Como me dictaba todo pude entender y admirar a cabalidad su obra. Siempre tuvimos una relación muy cercana, yo era tanto su ayudante como su amigo. Yo sé que mi viejo estaría muy feliz. De hecho él está muy feliz.

¿Por qué crees que tu padre se negó a editar su obra?
-He especulado mucho sobre eso y pueden ser muchas razones. Una es su espíritu auto crítico, como él era crítico con los demás también tenía que serlo consigo mismo. Por otro lado me imagino que está también un poco de temor. Porque si le criticó por tanto tiempo a los demás, que ahora le tocara a él me imagino que lo asustaba. También porque él consideraba que las editoriales eran un tanto mezquinas, creía que se merecía más del 10% que le corresponde al autor por su obra.

¿Y trataste de convencerlo?
-Muchas veces. De hecho lo retaba porque le decía: “Claro, yo le digo a mis amigos que soy hijo de un escritor y ellos me preguntan qué cosas ha hecho y no tengo nada que decirles, al final yo quedo como un mentiroso por tu culpa”. Él se reía y me decía que por mí se comprometía a escribir, pero en realidad nunca me daba alguna excusa concreta, se iba por las ramas. Finalmente murió, por lo que ahora somos nosotros los encargados de sacar a la luz su obra.

¿Por qué decidiste publicar a tu padre?
-Porque los cuentos son para ser leidos, las novelas y los cuentos que no son leidos pierden ese valor. Y también para romper esa barrera o temor que tenía mi padre. Porque cuando uno publica algo tan íntimo como lo son tus escritos, uno de cierta forma se desnuda ante el lector, es algo muy comprometedor porque dejar tu cabeza y tus pensamientos al aire de por sí asusta.

¿Y a ti te da miedo la crítica?
-No me da miedo, aunque lo critiquen mal, no me importa porque eso significa que ya se habla del libro y eso de por sí es bueno. Bueno y el problema en Chile es que no hay crítica, es muy poca. Entonces aunque se critique mal, todo bien mientras se hable de él y circule. Yo respeto mucho a los pocos críticos que hay, aparte que soy novato en esto por lo que no puedo pretender que me las sé todas. Si hay una razón del porqué mi viejo era tan querido en el medio es porque él fue muy respetuoso con todos. Era puente entre los escritores y sus lectores, los consagrados y los que no, los jóvenes y los viejos.

 

Cuentero

Julián se ha hecho un nombre también desde otra plataforma literaria que no es muy reconocida en nuestro país, y es por su veta de cuenta cuentos. Lo que lo llevó a comienzos de este año por una gira de un mes por las Antillas en Centro América. La técnica la adquirió el 2007 en la compañía “Había una avestruz” de Adela Arriagada y Carlos Acevedo, quienes administran en Mesón Nerudiano. Curiosamente se siente más cercano a su padre cuando cuenta cuentos, que cuando los escribe. Esto, asegura, es porque su viejo era un cuenta cuentos innato.

El arte de la narración oral también lo ha recibido muy bien, y eso que en este caso no cuenta con la chapa del apellido de su padre. “Si bien ambas partes de la literatura, están relacionadas por los cuentos en sí, son bastante diferentes”. Avaria relata que en el circuito nacional han sido muy amables y eso es básicamente por la nula competitividad del ambiente, que le ha abierto las puertas.

Gracias a la adjudicación de un DIRAC, proyecto de la Dirección de Asuntos Culturales del Ministerio de RR.EE., este cuenta cuentos se especializó en cuentos chilenos. Este consistía en difundir la literatura chilena a través de autores nacionales en las Antillas mayores. Ahí armó todo un cuento burocrático con tal de llegar a Jamaica donde su hermano Diego Avaria es cónsul. Para esto presentó un proyecto consistente en contar cuentos con motivo de la Independencia de Chile, en los países donde había comenzado todo, con el primer asentamiento de la colonia española.

Este ingenioso enganche lo llevó a vivir una novedosa experiencia viajando por varios países, llevando a oídos caribeños lo mejor de nuestra literatura, con autores de la talla de José Miguel Varas, José Donoso, Antonio Skármeta, Poli Délano, Vicente Huidobro, Pablo Neruda y Pablo de Rocka, entre otros.

¿Por qué un cuenta cuentos?
-Porque no es muy común que los escritores cuenten sus cuentos. Lo que sí hacen es una lectura de cuentos que personalmente me resulta bastante tedioso escucharlas. Esa separación que hay entre el escritor, su libro y el público no va conmigo. Es mucho más atractivo cuando se cuenta casi como una anécdota. Y si tú escribiste el cuento, tienes la mitad del trabajo hecha.

¿Y cómo lo haces para mezclar la memoria con la improvisación?
-No es tan difícil porque al fin y al cabo todos somos cuenteros. Todos contamos nuestras experiencias basándonos en el recuerdo de alguna anécdota. Si yo salgo y me resbalo, contaré lo que me pasó a varias personas. Seguramente no usaré el mismo discurso pero obviamente será uno bastante parecido. Lo bueno de la gira fue que contaba cuentos todos los días, en varias partes tenía hasta dos funciones diarias, lo que sin duda me ayudó mucho porque para un cuenta cuentos la práctica es fundamental.

¿Y después de esta experiencia qué sacaste de todo lo vivido?
-Haber vivido del cuento por un mes fue un sueño hecho realidad, me ha hecho cuestionarme por qué hacerlo no un mes sino que 12 meses, o toda una vida. Ser un trotamundos y contar mis cuentos se podría decir que es mi nuevo gran sueño y de alguna manera ya lo estoy cumpliendo.

¿Y qué te sientes más: escritor o cuenta cuentos?
-Me siento más cuenta cuentos. Porque si el cuento no se lee o no se cuenta, este no existe. Y de partida la gente ya lee poco y prefiere que se les cuente el cuento. Entonces para mí por lo menos ha sido mucho más terapéutico contarlos antes que escribirlos.