En alguna parte de Santiago, el metro se detiene. Se detiene en medio del carril y las puertas no vuelven a abrirse. Cinco pasajeros se quedan encerrados. Y, pese a que no hay movimiento, comienzan el viaje que significa conocerse.

En otra parte, un taxi avanza por las calles capitalinas. El auto es prestado y, a medida que avance la noche, varias conversaciones extrañas se llevarán a cabo en su interior.

A eso sumémosle la siguiente escena: un samurái entra en la sección fast food de un mall del barrio alto. A las cuatro de la tarde, ante el asombro de todos los presentes, se clava una espada. Y muere.

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De esa manera se podrían resumir las historias provenientes de la cabeza y pluma de Maorí Pérez (Santiago, 1986). Maorí es un joven escritor con dos volúmenes de cuentos a espaldas Cerdo en una jaula con Antibióticos (2003) y Mutación y registro (2007). Su próximo paso, entonces, era una narración de largo alcance. Y aquí está: Diagonales. Varias historias que se cruzan. Una novela que, a veces, se escapa de las manos del lector por su intrincada estructura y las múltiples voces que se toman sus páginas.

Un libro que –en palabras del mismo autor– trata sobre “un suicida, su hija, la película que ven para el cumpleaños de la hija en el Normandie, cine que arriendan en un gesto absurdo, pues no cuentan con un peso, los periodistas, que documentan el suicidio y comentan el artículo, y un taxista, que escucha radio, y que, conectando todas las historias, crea este triángulo amoroso perfecto”.

¿Cuáles fueron las principales influencias en la escritura de Diagonales?
-La principal influencia en mis libros es Julio Cortázar, aunque desde Cerdo en una jaula con antibióticos, mi primer libro de relatos, hasta ahora, ya casi ni se nota. La otra gran influencia es David Foster Wallace, a quien le dedico el próximo compilado de relatos, Breves atentados ocultos, pues me parece el escritor grunge por excelencia, así como una de las pérdidas irreparables de la narrativa estadounidense y de los que quisimos conocerlo alguna vez. Motivos estéticos del libro hay varios: lo carnavalesco de La conjura de los necios, lo gris y a la vez cálido de Valis, de Philip K. Dick, lo histérico de Mars Volta, y el Hagakure, por supuesto.

¿Y fuera de las letras?, ¿hay otras cosas que ayudaron?
-Gen Mishima, por ejemplo. Aunque no tuvo nada que ver, pues Diagonales fue previo, pero resultó conmovedor encontrarme con Gen Mishima tras haber escrito Diagonales. Pasa lo mismo con Bonsái, de Zambra, un libro que en un principio no conseguí entender, digo, entender como se entiende a Shakespeare o a Cervantes, pero que tras escribir mi librito amé Bonsái, se podría decir que en la ruina, que es el sitio de donde más se piden milagros; Bonsái fue uno de los míos. Y así hubo muchas cosas que se adelantaron a la publicación de Diagonales, como el reality show de Pinto en que se amenazaba con la muerte a los participantes, pero que ocurrió después de la escritura de esta novela, las cuales también asumo como influencias, digamos, como temas afines.

¿Por qué poner a un pokemón como personaje? O una pokemona en este caso, que es de los personajes encerrados en el metro…
-No quise poner a un personaje pingüino, porque de algún modo creo que se valen por sí mismos. Prueba de ello es que la televisión se haya llenado de pokemónes. A la televisión le encanta mostrar una juventud sin argumentos pero que hable lo que quieren que hable y que sepa sonreír. En el caso de mi novela, Macarena, la muchacha pokemona, es frágil, más bien silenciosa aunque de combustión espontánea, y está pasando por una especie de período de reflexión.

Pero ¿hay algo específico que buscabas al insertar una pokemona en Diagonales?
-Quizás sea un poco ingenuo de mi parte, pero no creo que un pokemón o una pokemona sean descartables. Y lo que quise proponerles a ellos, como pre-pokemón que fui, es que empezaran a tomarle el peso a lo que son. Una revolución sexual, que está siendo vendida como estúpida, y que debe armarse si no de ideología, sí de rabia con los que los están vendiendo. Porque a los pingüinos también los usaron, no hubo un cambio pero sí hubo un montón de propaganda en contra de la Concerta. El truco está en darse cuenta del valor de lo que uno está haciendo a nivel del mundo que habitas, darte cuenta que todo tu deseo puede cambiar el mundo, pero estás yendo a la tele a que te enseñen de moral y buenas costumbres, y eso es lo que hace que después te puteen por fotolog y crean que de verdad tanto ponceo y tanto culeo se debe a una carencia, y no a la verdad: que es más rico que la chucha. Dejen de buscar que los juzguen, rebélense también contra el discursillo.

En el último tiempo el análisis de las tribus urbanas se ha puesto de moda. ¿Qué te parece eso? Te lo pregunto porque me parece interesante que hayas usado un pokemón en tu novela…
-Hablar de tribus urbanas es un poco efectista. Tribus son los flaites y los capuchas, a ellos sí que los veo haciendo la guerra y tomando en la carne el alma del enemigo. Los pokemónes, así como los que en mi adolescencia eran “tribus urbanas”, los góticos, los punk, cumplen una función más bien socializante, de pertenencia, de identidad, y de ritos. Pero, sí, hay un cierto tufillo neoconservador, como de sociólogo light, como de no arriesgarse a conocer al otro, o sobre todo de no arriesgarse a no temerle al otro, en eso de llamarlo rito, tribu urbana, lenguaje joven.

¿Qué te pareció el artículo que salió en La Tercera hace unas semanas donde junto a Diego Zúñiga y Felipe Becerra, te ponían al mando de una nueva generación de escritores?
-Me gustó que me pusiera al principio y al final del artículo. Que me pusiera al principio, supongo que de algún modo se justifica porque mi libro, de los tres ahí nombrados, fue el primero. Pero que me pusiera al final me alarga un poco la vida, que entre cajetillas de cigarro y depresiones endógenas, pues es halagador.

¿Y la comparación que hacen de Diagonales con Caja negra de Álvaro Bisama?
-A Jorge Baradit le molestó la comparación con Philip K. Dick, y Dick es infinitamente superior a Baradit. Esperemos que sea a Bisama al que le caiga como patada en la guata la comparación. Yo no he leído Caja Negra. Tampoco conozco a Bisama. Lo vi una vez para un coloquio de crítica, donde también estaba Camilo Marks. Ambos respaldaron a El Mercurio como el diario súper redimido, el diario de la libertad. No le guardo ningún odio a Bisama, en gran parte me gusta que rescate las artes menores, pero no admitir lo innegable sobre El Mercurio, es como… vamos, si todos sabemos.

¿Por qué el uso de una estructura fragmentada para narrar?, ¿se te pasó, alguna vez, hacer algo más convencional?
-Quería escribir una novela ágil, que se pudiera leer de una sentada, de preferencia de noche. Es más secuencial que fragmental, creo yo. Y no, en mi vida se me ha pasado por la cabeza hacer algo, aunque sea una sola cosa, que sea convencional. Hasta cuando hago algo convencional me digo a mí mismo, bajito, que en el fondo igual me miran raro. Aunque, por cierto, es lo más normalcito que escribí en ese período. Publiqué lo publicable, digamos. La novela escrita como una preparación de la novela, con capítulos seleccionables estilo curva del dragón, sendos párrafos escritos en inglés y tests de Facebook, me la dejé para mí solo.

¿Qué importancia tiene la música en el proceso de hacer literatura para ti? Recuerdo que en tu último libro de cuentos (Mutación y registro) hay un relato sobre un grupo de jóvenes que van al primer concierto de Mars Volta en Chile, por ejemplo…
-En un principio, la música era la inspiración para escribir los textos. Ahora es a veces una decoración, un tema, una clave. Mis textos ciertamente que trabajan mucho el ritmo, y me gusta pensar que la teoría de la ola, de Pearl Jam, tiene más que ver con lo que sucede ahí, que Lezama Lima, por ejemplo. Aunque la respuesta que más me gusta es que mis libros tienen soundtrack, y que el lector puede tomar las canciones y ponerlas de fondo mientras se interna en la fantasía ficcional. Por descontado que también soy músico, aunque mi música valga, a mi pesar, más por las letras que por mi prístina voz.

¿Cómo describirías el panorama actual de la literatura chilena?
-Como una gran pesadilla. Me habría gustado nacer escritor argentino.

¿Tan así?
-Lo que pasa es que hace falta no es una calidad de la obra, (que la calidad de la obra es siempre discutible), sino más visiones críticas, una mayor apreciación de las complejidades de las tantas, tantas obras. Porque en Argentina miran hacia dentro, y en Estados Unidos miran hacia dentro, y en Francia miran hacia dentro, pero aquí tendemos a hacernos mierda entre todos, y al final se lee a Demian y la Náusea, mientras nosotros nos sobamos o extirpamos las pelotas. Que los escritores se quieren entre ellos. Que los críticos rescatan respecto de otra cosa. ¿Qué grandes hay en Chile como Perec o como Borges, desde un punto de vista popular? La literatura chilena sólo es mala del mismo modo en que un flaite es mal visto en la Universidad Católica.

¿Y qué papel tiene la crítica dentro de eso?
-Tampoco es un error de ellos, de los críticos. Es un error de los medios, de prensa, de educación, de gobierno, que nos han enseñado a postergar la celebración, a ver los libros caros desde los anaqueles, a querernos poco.

¿Qué te parece Patricia Espinosa (Las Últimas Noticias), por ejemplo?
-Patricia Espinosa es una crítica notable, pero es la única, y si bien es una gran lectora, peca, como cualquiera, de verlo todo desde su sola perspectiva ideológica y cultural. No es que le falte experiencia, pero sí hay referentes que un crítico termina desechando por la duda natural que surge, y eso no la achica a ella, porque Patricia es grande, pero sí deja muchos textos sin una lectura real, ante la ausencia de otros críticos de la misma talla que podrían haber rescatado tal o cual obra, por contar con el entretejido referencial necesario y también con el ánimo de comprender a un autor.

¿Y, en relación a tu obra, cómo lidias con las críticas?
-Todo merece ser comprendido, dice el Hagakure. Pero si dejas los niños al cuidado de Cuauhtémoc, y al lector curioso con una alarma en la puerta de la librería, pues que las posibilidades son pocas. A mí como autor, sin embargo, no me afecta. Me afecta en las críticas, pero a modo de fama es un semianonimato fabuloso. Y, al final, tampoco es tan malo escribir desde la cloaca.

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