Cuando piden sangre en la tele / yo no voy / esperando que otros vayan / y ni siquiera / espero que otros vayan / en verdad pienso que no va nadie / y que piden sangre por las puras / para que después no digan/ que la tele no ayuda/ que la gente no ayuda/ que el país no ayuda” Así versea el poema que da título al nuevo libro de Claudio Bertoni, Piden sangre por las puras (Cuarto Propio, 2009). A continuación, su crítica.

 

Lo primero que hay que decir sobre Claudio Bertoni es que sin duda es uno de los mejores poetas que podemos encontrar en nuestro país. Melancolía, música soul, funk y jazz, mujeres inquietantes, groserías, ironía, perversiones cotidianas y amores posibles e imposibles, sin dejar pasar una enorme cantidad de citas a la cultura pop, no pueden darnos otra cosa que libros que nos atrapan y no nos sueltan, y, lo mejor de todo: se leen rápido.

En Piden sangre por las puras, Bertoni consolida cierto modelo de escritura, una poesía que apenas es poesía, más cercana a los apuntes del diario de un viajero eterno, a bosquejos de una ciudad extraviada, a fotografías desenfocadas. Un modelo que, por lo demás, ha venido cultivando durante décadas, al cual sólo tenemos un limitado acceso con cada publicación y que seguirá, probablemente, trabajando incansablemente.

Su más reciente libro se divide en cuatro partes. En la primera, Bertoni nos lleva al París de los 70’s, en donde una pareja con mucho tiempo libre para recorrerla e incurrir en prácticas propias de la rutina amorosa, se pierden en esa gran ciudad, entre la pizza y sus íconos culturales. Las citas son a Cortázar -¿cómo no?-, Artaud y Bataille.

Un segundo episodio de Piden sangre por las puras, nos sitúa en la memoria del poeta, en sus temores, en sus recuerdos, traducidos en breves y no tan breves pasajes cotidianos, es quizá, uno de los momentos a los que más nos tiene acostumbrados.

Luego, se entra en el grueso de la obra, Bertoni realiza un extenso réquiem a los poetas muertos. Son muertes cercanas, dolorosas, otras simbólicas, muertes de ídolos, por ejemplo, que el autor, con no poca experiencia al respecto, se ha encargado de dar digno obituario. Aparecen, en la fila al cementerio, Bolaño, Ginsberg, Lira, Teillier, Prévert, Millán entre muchos otros nombres. Acá el libro se tiñe de nostalgia, de recuerdos, del golpe sorpresivo frente a la mala noticia de la muerte, frente a la cual sólo se combate mediante la escritura, la redacción de una oda macabra capaz de salvar el recuerdo del que se va indefectiblemente, a pesar de los fuertes intentos de una sociedad que dio la espalda a la muerte, que la niega y la evita inútilmente. Piden sangre por las puras, a pesar de los donantes, la sangre deja de correr en cualquier momento.

El texto cierra con Bach, un largo poema que a ratos parece el capítulo de un día en la vida de Bertoni, deambulando entre Santiago y su Con Cón, saturado de citas literarias, al budismo zen, a marcas de ropa y cigarrillos, a nombres de calles santiaguinas. Una sinfonía en la que la ciudad es vista como la gran biblioteca de la vida contemporánea.

Como decíamos en un comienzo, Bertoni ha sabido armar una forma particular de hacer poesía, salvo que en esta ocasión se aleja del modelo de haikús a la beatniks, para entrar en textos más extensos y al mismo tiempo más tristes, continuando con los temas que le apasionan: las mujeres, la vida, la música y la literatura. Piden sangre por las puras es una continuación, pero al mismo tiempo un replanteamiento.

Eso con Bertoni, el poeta vivo más alucinante de la poesía chilena. Un libro que no sangra, chorrea.