
La situación es así: Pablo y Chiara tienen una aventura. El escenario es Venecia. Pablo es chileno, Chiara italiana y su relación es confusa; a veces hay sexo y a veces no. Lo curioso es que aquello no depende de ellos, de los personajes y su comportamiento en la ciudad de las góndolas.
Depende del narrador de turno.
O, en este caso, depende del escritor, del ventrílocuo que está detrás de Pablo y Chiara. Depende de Pablo Torche quien es el autor de Acqua Alta, su primera novela. Una novela de la cual la gracia no es la trama; la gracia es el tratamiento, ya que Torche (1974, psicólogo y máster en letras de la Universidad de Londres) usa un abanico de escritores para narrar lo mismo. La historia de Pablo y Chiara encontrándose en Italia se repite en varios capítulos pero siempre narrada de distintas formas, con distintos recursos literarios y, también, diferentes clichés y muletillas.
Así, se pasa por Roberto Bolaño (y una notable mención a Las Flores del Mal de Baudelaire), por Guillermo Blanco (que trae a colación esa lecturas escolares inacabables), por los territorios de Alberto Fuguet (con las citas pop y todo); y hasta la dramaturgia de Shakespeare (tal vez la parte más extraña del libro). Así de anómala y laberíntica es Acqua Alta. Una novela que nació así:
“Siempre tuve la idea de hacer algo jugando con distintos estilos literarios, me parecía una alternativa rica, entretenida y, de una forma rara, más fidedigna a los tiempos que corren. De alguna forma, el molde clásico de la novela, con un conflicto relativamente bien esbozado, que avanza hacia su resolución a través de 100, 300 ó 600 páginas, me parecía un poco aburrido, aún en los escritores buenos. Me parece que es un molde un poco agotado, que no saca lo mejor de la literatura, que no dice lo que tiene que decir”, dice Torche quien asimismo es autor de Superhéroes y En compañía de actores (ambos de cuentos).
Y ahí es cuando llegas a esta historia bastante convencional: chico conoce a chica en una ciudad romántica, ¿no?
-Sí. Decidí probar con el argumento más típico, una historia de amor y sexo. Es cierto que tiene más sexo quizás, pero eso es sólo al principio, después avanza hacia algo más espiritual me parece.
¿Tuviste referentes a la hora de hacer la novela? Me refiero más que nada a teóricos…
-Es raro, pero yo reniego de la excesiva teorización de la literatura. Toda esa jerga parisina, pos estructuralista o neo marxista o cómo se llame, siempre me ha parecido soporífera, realmente es una especie de “estilo a imitar” que incluso parece a veces una parodia de sí mismo. Según yo Acqua alta es una búsqueda hacia una sensibilidad más profunda, de repente una búsqueda un poco intoxicada de literatura, pero no algo racional ni menos academicista. Ahora, cada lector formará su propia opinión. En un plano estrictamente personal, (y consciente) creo que un referente importante mientras la escribía fue T.S. Eliot, con la Tierra Baldía, que quizás sea mi poema preferido, y que tiene bastante de esta construcción de collage.
¿Hay algún link con el título? La “acqua alta” es cuando Venecia se inunda. Y da la sensación de que a ratos la novela se inunda de voces y estilos.
-Sí, el título está tomado de ese fenómeno en Venecia, que pasa varias veces al año y deja la ciudad sumergida. Esta “acqua alta” interrumpe el encuentro de los personajes de Acqua alta, pero también lo propicia. A veces los empapa, a veces se ahogan, a veces se salvan. No sé si se salvan la verdad…
¿Cómo lo hiciste para seleccionar los autores que usarías como referentes?, ¿y para llegar a la voz y estilo de ellos?
-Mmmm… no sé cómo lo hice para seleccionarlos… Creo que buscaba los contrastes, me gustan los contrastes, encuentro excitante una frase soez al lado de una más púdica o rimbombante, mezclar “lo elegante y lo demótico” como dice un amigo en un poema, una frase que es una contradicción en sí misma. Diría que al principio hay algo más consciente, buscar estilos que contrasten, de escritores que admiraba, o me parecían coloridos… luego, como pasa siempre, el texto empezó a mandar, cuando el texto manda, la verdad, yo no me sentía imitando, me sentía siguiendo la muñeca (de la mano, se entiende).
¿Hubo algún autor con que el cual te divertiste más escribiendo (y parodiando)? Me imagino que no es lo mismo hacer de Bolaño que escribir de Guillermo Blanco…
-Con algunos casi tuve un colapso mental. Shakespeare, que quizás sea cierto que es uno de los más grandes de la historia, tiene una hondura que me dio vértigo. Yo a Shakespeare lo tengo muy cerca, muchos de sus versos me resuenan casi como estribillos de canciones, sobre todo cuando escribí la novela, que estaba en Inglaterra, entonces, cuando empecé a barajar las metáforas y doble sentidos típicos de sus obras, me di cuenta que había algo más allá de la mera textura o belleza del lenguaje, o bien que esa belleza es algo muy profundo, una “premonición del terror” como dice la novela en otra parte, algo casi palpable, que da escalofríos. Con los que más me divertí, los que me parecieron más “graciosos” por así decir, fueron con las voces de la segunda parte, personajes que se les da un bledo todo, y que viven felices (¿o no tanto?) con sus explicaciones ilógicas de todo, algo típico del mundo actual.
José Promis en la crítica de El Mercurio dijo: “el libro de Torche vale como un ejercicio de práctica narrativa que interesará sólo a los estudiantes de literatura”. Me imagino que al hacer una novela con tantos estilos y cambios y referencias literarias, siempre estuvo el riesgo de que terminara en algo demasiado académico. ¿Cómo hiciste para balancear eso en el libro?
-Bueno, no sé si lo balanceé mucho al parecer. Yo creo que no hay nada balanceado en la novela, a pesar de que, como dicen los futbolistas, siento que di lo mejor de mí, literalmente lo “dejé todo en la cancha”, traté de seguir hasta el final, porque creía que era necesario. Espero en las próximas novelas irme más suavecito.
¿Y en cuanto a la crítica?
-Me parece que la crítica, mientras más rotunda, mejor. Obviamente a cualquier escritor le da lata recibir algunas críticas negativas, y yo no soy la excepción, pero creo que es imprescindible que el crítico dé una opinión clara. Eso pasa poco en Chile, en general como que le dan consejos al escritor, “esto está bien, pero hay que mejorar esto otro” “esperemos que se desarrolle por este lado”. Es una especie de consejería apostólica media patética, que nadie escucha (espero). El crítico se debe al lector, si el libro no le gustó, tiene que decirlo con todas sus letras, lo mismo si le gusta. Pero son pocos los que se atreven a hacer eso, a los chilenos nos encantan las medias tintas, bajo el eslogan de “destacar lo positivo” lo que se esconde en el fondo es cobardía y temor a equivocarse.
¿Qué opinas de la literatura chilena contemporánea?
-Es magra. Es bonito decir lo contrario, pero nadie se lo cree. Quizás en poesía es más fuerte, más variado, más exploratorio. Pero en narrativa estamos en anorexia, y ni siquiera desde un punto de vista súper literario o cultural, sino simplemente de escritores que tengan un grupo de lectores, gente que los lea, los disfrute: son poquísimos, todo el mundo sabe eso.
Y el efecto que ha tenido Bolaño en el último tiempo, ¿qué te parece?
-Creo que la influencia de Bolaño ha sido excesiva. Eso es típico de Chile, la búsqueda del padre, una especie de referente, y cuando lo encontramos, nos subimos todos al carro, sin ningún pudor. Y resulta que ahora tenemos mucho “bolañito”, algo medio desvergonzado. “Maten a Bolaño” como dijo Gombrowicz al irse de Argentina.
Lee un relato de Pablo Torche acá.
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