
Estamos a fines de 1870 y un circo recorre Sudamérica. Pero ojo: no es cualquier circo. Es más bien un grupo de freaks. Uno que va pueblo por pueblo. Aquí están y aquí los vemos mostrando sus rarezas. Así que hagamos, entonces, las presentaciones de rigor: Dámaso y Gastón, los dos hermanos que comparten el mismo cuerpo con dos cabezas; Alcides, el hábil niño rana; y Oliverio, el extraño hombre lobo.
De esa manera, a primeras, podríamos presentar Quemar un pueblo, la última novela de Patricio Jara (1974, Antofagasta). La historia de un freak show, un tipo que hace cerveza artesanal, esclavos negros y un pueblo donde todo parecerá terminar de la peor manera. Una mezcla narrativa que trae a la memoria el circo de El Gran Pez + una pasada por el clásico Freaks de Tod Browning + una pizca de clásicos mutantes criollos como El obsceno pájaro de la noche (Donoso) o Patas de perro (Droguett).
Un libro que viene a cerrar un movido año para este narrador nortino autor de Gente que va al estadio, El sangrador, De aquí se ve tu casa y El exceso. Y quien este 2009 añadió otros tres títulos: Prat, donde narra breve pero contundentemente la vida de nuestro “héroe” nacional (sin esa pomposidad y chauvinismo que en la serie de Canal 13 abundaba); Las zapatillas de Drácula, dos relatos adolescentemente vampíricos; y, por supuesto, Quemar un pueblo.
Y que no quepa duda: de esas tres, Quemar un pueblo es la más radical. Ya dijimos que hay freaks, pero también contrabando de licor e incluso un furibundo oso que aparece en medio de la costa de Cristo de la Roca, el poblado donde gran parte de la acción sucede.
Momentos como ese último, claro, dan para pensar que Patricio Jara (metalero confeso) escribió las páginas de esta novela con thrash o death de fondo. Pero no. Él mismo aclara que en cuanto a música en el proceso de escritura, casi nada:
“No hubo. Al menos en el primer borrador, en la obra gruesa. Antes, digo antes de El sangrador (2002) escribía con música creyendo que iba a servir de algo, pero nada”, dice Jara.
Y luego complementa: “En todo caso, en los momentos previos a la escritura de esta novela, salía a trotar escuchando bandas que me dejan muy arriba como The Haunted, Atheist, Entombed o Municipal Waste… Aunque sí hubo una canción que refleja, al menos, el pulso de la novela: “La bolsa” de Bersuit. Especialmente el comienzo; funciona muy bien con el inicio de la historia, cuando el circo llega al pueblo seguido por un ejército de perros que les salieron al camino”.
Y ok: sabemos que Quemar un pueblo trata sobre un circo que recorre Sudamérica. Agreguémosle que el grupo se mueve al mando del ex traficante Lucio Carbonera quien, como explica Jara, “rescató a los artistas tras el incendio de un hospital en Asunción, Paraguay. A ellos se suma en Lima un aprendiz se maestro cervecero que traiciona a su maestro”.
Y ahí les empieza a ir bien ¿no?
-Sí. En vez de pan y circo, es cerveza y circo, hasta que bajan en el mapa y llegan a Cristo de la Roca, un pueblo ubicado entre Tongoy y Los Vilos, donde a las autoridades no les causa mucha gracia un espectáculo de estas características y comienzan los problemas. Además ocurren otras historias que también aportan a que todo termine mal.
¿Gatilló algo en especial la escritura de este novela? En otras palabras: ¿cómo se llega a escribir sobre un circo de freaks?
-Con este tema fui chocando varias veces. De pronto un dato, una línea, conduce a otra y así se va armando el mono. Para esta novela quedé muy pegado con Monstruos y prodigios, de Ambroise Paré, que lo utilicé dentro de la trama de una novela anterior, llamada El exceso. Te hablo de mediados de 2004. Allí el personaje hace referencia a ciertas criaturas monstruosas cuyas historias fueron mostradas muy lateralmente. Aunque eso es apenas un hilo y desde entonces hasta 2007, cuando la terminé, la trama se fue articulando desde la investigación. Pero no es fácil. Mucho material se cae o no sirve por más que uno intente rescatarlo. Y en lo personal, cada vez me cuesta más escribir. No porque no se me ocurran cosas o me dé paja, sino porque las decisiones sobre qué y cómo contar son más mañosas.
¿Hubo algún libro que te inspiró o ayudó en alguna medida para redactar Quemar un pueblo?
-Me sirvieron las enciclopedias de medicina, los tratados de teratología, de demonología; las crónicas sobre los esclavos africanos en Sudamérica, los manuales de fabricación de cerveza casera, los libros sobre la historia de los primeros circos del continente. Cada novela necesita de una pequeña biblioteca que la sustente y en esos libros, al menos en mi caso, hay muy poca ficción. Y si la hay, es nada que ver con el tema ni con el tono ni la atmósfera ni siquiera la moral de lo que estoy trabajando. Por ejemplo, mientras escribía esta novela releí muchos de los cuentos de Rock Springs de Richard Ford. Para hacer Prat terminé leyendo los ensayos de Cómo estar solo de Jonathan Franzen.
Siendo un escritor del norte, ¿cómo te relacionas con la figura de Hernán Rivera Letelier?
-Es un gran amigo. Lo conozco desde antes de que publicara La reina Isabel cantaba rancheras, cuando él aún vivía en la pampa. Es un tipo de una generosidad enorme.
¿Qué importancia tiene el desierto en tus novelas? A veces se me hace similar a lo que pasa en ciertos libros de Cormac McCarthy, donde el desierto está ahí, en silencio y sin mucha injerencia directa con la trama, pero siempre presente. Y como que pareciera querer decirnos algo…
-Así es. Eso es el desierto. No habla, aunque pareciera que siempre está dando señales o, peor, haciéndote creer que las da. Es fuerte, sobre todo cuando te has criado con los cerros como lo primero que vez al asomarte a la ventana cada mañana. Ahora, el desierto es lo que conozco y de lo que, cuando viene al caso, puedo hablar. Aunque no es premeditado. Hace un tiempo un periodista amigo me echaba la talla y decía que voy bajando en el mapa y tiene razón: en esta novela ya vamos en Los Vilos.
Los personajes de tus libros tienen varias cosas en común. Nunca es gente que está en una buena posición, sino personajes más o menos apartados que buscan el poder o una suerte de conocimiento mayor. Siempre están “embarcándose” en algo; ya sea intercambiar sangre (El exceso), ser un dentista (El sangrador), y armar un circo de freaks o elaborar cerveza (Quemar un pueblo)…
-Tengo la idea de que la literatura es movimiento; que los personajes de veras levanten el culo de la silla y salgan a hacer cosas, a desafiar a los poderosos. Aquello, sin duda, es el ejemplo de El Quijote, al libro que siempre vuelvo todos los años. Me da la impresión de que los personajes deben ser como los tiburones: si no se mueven, se ahogan y se mueren.
En varias reseñas sobre tus libros se repite el mote de “novela histórica”, ¿te acomoda ese término?
-Hace un tiempo te habría contestado que no, que de ningún modo es novela histórica, pero qué se puede hacer. ¿Vale la pena salir a corregir esa clase de cosas? Si al final todo necesitamos etiquetarlo, qué sacamos… El otro día, justamente, en un control de lectura oral a alumnos de quinto año de periodismo de la UDP apareció una pregunta sobre qué diablos es o no “novela histórica”. Al final, da la idea de que “lo histórico” se refiere a recreaciones noveladas o novelas situadas en el contexto de “grandes hechos históricos” y que tienen un evidente afán didáctico. Pero después leímos una entrevista a Rodrigo Fresán en la que dice que, finalmente, todo es novela histórica. Incluso él propone algo aún más curioso: que todo lo pop de hoy será alguna vez “novela histórica” porque servirá para reflejar una época. Tiene razón, pero es sólo una parte del asunto. Conclusión: cada vez que hablo del tema tengo más dudas.
Por último y como fan del balompié: ¿escribirá alguna vez Patricio Jara una novela futbolera?
-Mis compañeros de equipo (Titanic F.C.) me dicen que escriba algo, pero supongo que no lo dicen en serio, más bien como si me pasaran una guitarra a las cuatro de la mañana para que comience un concurso de payas. Me gusta mucho el fútbol, ver y jugarlo cuantas veces pueda, pero no sé tanto como para algo así. Sin duda que hay otros que lo harían mucho mejor y lo hacen mucho mejor. Que uno sepa escribir más o menos legible no significa que uno pueda escribir de todo. Eso lo aprendí a palos en la universidad y no lo olvidaré jamás.
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El ganador de Acqua Alta de Pablo Torche fue Matías Marambio; el de El Gran Dios Salvaje de César Farah fue Tomás Gutiérrez. Felicitaciones a ellos.




