Hace algunos días me bajé del Metro. Ya en el exterior y caminando por el costado de un paradero del Transantiago había un hombre, creo que en sus cincuenta años, obeso, calvo, y prácticamente desnudo. Lo único que tenia puesto eran unos pantalones cortos que prácticamente se le metían en la raja. Gritaba obscenidades, sacaba porquería de los basureros y la tiraba a la calle, por donde pasan los autos. Todo esto bajo la mirada estupefacta de los transeúntes. Desorbitados, impresionados, con miedo. Incluyéndome a mí.

Trato de meterme en la cabeza de él, pero es imposible. Por eso escribo esto.

¿Y qué pasa con esas personas famosas? Las que están supuestamente fuera de si, pero que igual convertimos en íconos. Cada vez que cantan una canción, publican un libro, o cuando simplemente dicen algo, les hacemos poleras, afiches, páginas de Internet. Cuando tal vez a la mayoría de ellos les importamos literalmente nada. En esta parte es cuando acudo a la figura de Iggy Pop quien, por ejemplo, se cortaba el pecho con botellas rotas en el escenario. Y todos apoyándolo y todos convirtiéndolo en un ídolo. Porque sin dudas es un ídolo, pero ¿vale la pena serlo cuando (y es una posibilidad) la mitad de tus seguidores con suerte conoce “Lust for life” de la banda sonora de Trainspotting?

Iggy Pop es solo un ejemplo, porque fácilmente podríamos seguir divagando en una lista interminable de seres humanos que por excelencia son “locos” e “ídolos” al mismo tiempo.

Y es aquí donde aparecen los que por excelencia, y por culpa de la mismísima sociedad, son separados del resto. Porque así lo queremos. Porque nos dan miedo. Tal como la Iglesia, esa de Lastarria, cuando se quejaba del Divino Anticristo por vestirse de mujer. Se me viene a la cabeza Claudio Spiniak. Está bien… todos estaremos en desacuerdo de los crímenes sexuales que cometió contra menores de edad. Pero problema de él si estaba obsesionado con comer heces y orines. ¿Quién dice que eso no se puede hacer? ¿Bajo que parámetros se le prohibe comer a la gente lo que le de la gana? ¿Acaso está prohibido por el Colegio de Nutricionistas?

Siempre y siempre pasa lo mismo con esos “locos” que vemos en la calle. Las mujeres pudorosas que se alejan de ellos, y los hombres que por temor a que les peguen, se alejan. Como un señor que vi, también hace poco, hablándole a una bandera en plena entrada de la Estación Mapocho, con la Feria del Libro celebrándose en sus entrañas. La gente lo observaba, se reía, comentaba: “puta el huevón loco… qué miedo”. Más miedo da esa gente, que se sacaba los audífonos para escuchar lo que decía el hombre. Que paraban a verlo como si fuera un comediante de la Plaza Armas. Que tapaban los ojos de los niños para que no se “contaminen”.

Esto va mas allá de defender a ese hombre, va en cuestionarnos a nosotros mismos, que también existe la posibilidad de que ellos lo tienen todo mucho más claro que nosotros. Y en verdad ese todo, no sé que es. Todo lo que trato de decir acá, es un montón de tonterías, justas e injustas, sobre la percepción mía y de todos sobre los ‘locos”. ¿Nunca han pensado que en verdad los “locos” pueden ser los considerados “normales”?

Tal vez ese viejo obeso casi en pelota, que vi ese día en el paradero, estaba mucho más cuerdo que todos nosotros. Quizás él es el único y soberano dueño de la verdad. Si lo metieron a un manicomio, donde está encerrado, sin poder expresarse, es culpa de ustedes, de todos nosotros.