Se supone que cantó frente a unos 10 mil de nosotros, pero se sentía como más. Fueron más de dos horas de canciones de Manu Chao, que pasaron demasiado rápido. Así estuvo la escala del Tómbola Tour por Santiago de Chile.

Una vieja que estaba muy concentrada, al comienzo del show, engulléndose una galleta de esa hierba que se fuma, era la evidencia de lo largo que fue este concierto. Ya en las últimas canciones, la veterana daba vueltas en un trance con los ojos blancos, murmullando, ni siquiera gritando: “Grande Manu Chaooorrghhhfffwwrgh”.

La gente lo pasaba bien, incluso antes de que empezara todo. Ahí, todos jugaban a aparecer en las pantallas gigantes, bailando, algunas mujeres dejándolo todo, hombres vueltos locos besando sus poleras de Manu Chao como si fuera la camiseta del equipo de sus amores y un largo etcétera. Ese camarógrafo lo estaba pasando la raja, hacía unos primeros planos a tetas y a gente que se volvía loca. Lo más raro de eso es que vi a este hombre: estaba parado al frente mío disparando su zoom, y era un viejo como de unos 50 años, sin sonrisas, con lentes y vestido como guardia de seguridad. Estaba haciendo su trabajo, pero igual se daba el tiempo para enfocar pezones. Tal vez seguía órdenes, en la antesala.

Me da rabia pensar que sólo cuando un mapuche quiere expresar el dolor y la injusticia que vive su pueblo, es escuchado sobre un escenario. ¿Y a la hora de la verdad? ¿Ustedes están dispuestos a salir a marchar por ellos? ¿O sólo los van a apoyar gritando ovaciones y consignas de apoyo durante un concierto? No lo sé. Pero este fue el buen gesto de Manu Chao, de apoyar a la causa mapuche, con una joven que dijo un mensaje fuerte y claro, algunas veces nerviosa, pero que igual se hizo entender. La gente escuchó con respeto y Manu Chao terminó usando la bandera mapuche como falda.

Se nota el amor, no el amor al pop, sino que amor a lo popular. De ser capaz de apreciar la tradición oral. Manu Chao es un viajero, un troatamundos, un coleccionista de sonidos, de ritmos, de palabras, de injusticias y de, cómo lo dice él, de “esperanza”. Su lucha no es silenciosa, no pasa inadvertida, sea donde sea se va a unir al más aplastado, al que rotundamente se ve desposeído por el peso de todo a lo que ya estamos acostumbrados. Ya sea apoyando al EZLN en México, escuchando a los inmigrantes africanos que a duras penas llegan a la tierra prometida de las metrópolis europeas o como lo hizo aquí apoyando al pueblo mapuche. También menciono a la Fundación Víctor Jara, y a los hermanos Vergara Toledo de la combatiente Villa Francia.

Con una formación algo más chica a lo esperada- Radio Bemba es inmensa- el grupo igual dejó todo arriba del escenario. La cagada, en el buen sentido de la palabra cagada. Es difícil tratar de analizar el orden de las canciones. La marihuana, el alboroto, la alegría, el pisco (a secas, sin bebida, sin nada, desde la botella) que sorteaban los gringos en la tumultuosa fila para entrar al evento, dejan un charquicán en la cabeza. Se tocaron todos sus grandes éxitos, pasando por el exitoso álbum Clandestino, tocando muchas canciones de La Radiolina y resaltaron el hecho de que Mano Negra no ha muerto, con “Mala Vida”, una canción que todos se saben y que también se grita y se baila. También se despacharon el clásico del cancionero popular mexicano: “Volver”.


Este amor apasionado anda todo alborotado por volver,
voy camino a la locura y aunque todo me tortura sé querer,
nos dejamos hace tiempo pero me llegó el momento de perder,
tú tenías mucha razón, le hago caso al corazón
y me muero por volver,
y volver, volver, volver a tus brazos otra vez,
llegaré hasta donde estés, yo sé perder, yo sé perder,
quiero volver, volver, volver,

nos dejamos hace tiempo pero me llegó el momento de perder,
tú tenías mucha razón, le hago caso al corazón y me muero por volver,
y volver, volver, volver a tus brazos otra vez,
llegaré hasta donde estés, yo sé perder, yo sé perder,
quiero volver, volver, volver

Sacando el charro que todos los chilenos tenemos dentro, y haciendo alusión a que Manu Chao y su banda, sea cual sea su formación, volverá, nunca vi algo parecido sobre el final. Se hicieron incontables las veces que volvieron y desaparecieron del escenario, perdí la cuenta cuando ya iba en 5 bises. Todos celebrados, todos bailados. Manu Chao nos quiere. Nos quiere hasta destrozarse el pecho a golpes de micrófono.

Entre estas vueltas su percusionista cantó en un árabe impecable. Por ahí una bandera Palestina no paraba de alborotarse. Es que de eso se trata un concierto de Manu Chao. Del jolgorio en su máxima expresión, de mujeres vueltas locas por todo lo que dice y hace sobre el escenario, de ver a punketas, rastas, viejos, cabros chicos (había un niño como de 8 años al lado mío), gente en silla de ruedas, banderas vascas, colombianas, peruanas, chilenas y mapuches. Idiomas juntos, todos entre el público, desde el portugués, pasando por polaco, alemán, ingles, francés y nuestro castellano chileno que se distingue hasta cuando estas perdido en el Sahara. Pero de eso se trata ¿no? De ponerse de acuerdo de vez en cuando, y en vez de andar diciendo imbecilidades, reunirse un rato, no a discutir, ni siquiera para hablar, reunirse para bailar, sudar y dejarlo todo al lado de gente que por ese preciso instante esta pensando lo mismo que tú.