
Suena extraño, pero es así: hay una novela que se llama Antología del cuento nuevo chileno. Una novela que se lanzó hace poco y que, en verdad, no es una novela. Es, más bien y como dice su extraño título, un libro de cuentos. Pero cuentos, digamos, no demasiado estándar. Y el asunto es más complejo aún, así que le pedimos a su joven autor (Francisco Díaz Klassen, 25 años, egresado de letras inglesas PUC) que nos contará cómo llegó a escribir algo así y de qué trata Antología…. Sorteamos un ejemplar entre los comentarios.
Madame Bovary c’est pas moi
Sobre la construcción de la Antología del cuento nuevo chileno
1) Cuando escribí la Antología del cuento nuevo chileno tenía más que claro que quería escribir un libro literario, que tuviera zonas rocosas o pesadas de leer para algunos. Pero que al mismo tiempo se riera de lo literario, que mostrara cómo el discurso narrativo, esa pesadez de la que hablo, es capaz de fagocitar a aquellos que en teoría deberían fagocitarlo a él. En definitiva, quería escribir algo que diera cuenta del hambre insaciable que tienen los que viven de la literatura, mostrando de paso lo infértil que es esa hambre. Y así surge la historia de Orlando Martínez, el protagonista de la novela, el antologador. Profesor de literatura de la vieja escuela, con un currículum envidiable, jubilado por el sistema y por la vida, él es un personaje trágico donde los haya, víctima de una academia que gira sobre sí misma, incapaz de hacer ningún tipo de avance. Su figura, la de su naturaleza, la viene a explicar muy bien un personaje de Tolstói: “El arte es la más alta manifestación del poder humano”, dice. “Se concede a unos pocos elegidos, a quienes eleva a una altura en la que la cabeza da vueltas y es difícil no perder la razón. En el arte, como en cualquier batalla, hay unos héroes que se entregan por entero a su misión y que perecen sin alcanzar su objetivo”. Y, por supuesto, Martínez es incapaz de alcanzar el suyo. Él no es uno de esos pocos elegidos.

2) Originalmente, éste era un libro de cuentos vulgar y corriente, como tantos otros. No era ni tan humilde ni prometía tampoco renovar los cimientos de la literatura chilena (una literatura chilena que, como siempre, para algunos estaba más alicaída que nunca y, para tantos otros, jamás había estado mejor). Cuando nadie quiso publicarlo, ni en Barcelona el 2005, ni en Chile al año siguiente, y se me sugirió que escribiera, mejor, novelas históricas, “porque eso vende”, supe que efectivamente debía reformularlo por entero (aunque, por supuesto, no por las mismas razones). Se podría decir, entonces, que la Antología surge como una reacción a eso, al rechazo que me provocó entonces —y me sigue provocando— una respuesta tan pragmática y ridícula.
3) Escribí Antología del cuento nuevo chileno siendo muy consciente de que era mi primer libro, y buscando por eso mismo alejarme diametralmente de la típica novela iniciática o primeriza, de ésas que siguen la larga estela de El guardián entre el centeno, como Menos que cero, Twelve, o, más cercano a nosotros, Mala onda. Yo quería evitar por completo esa autorreferencialidad, ese tono adolescente; quería escapar de las muletillas de los escritores nóveles. Por eso, aunque la Antología se puebla de decenas de supuestos álter-egos (el nombre de Francisco Díaz Klaassen se repite, creo, cientos de veces a lo largo del libro), en realidad ninguno de ellos es por completo discernible como tal; se contradicen entre todos, se repelen o simplemente se anulan. De alguna manera, quería esconderme en la novela y no aparecer nunca muy nítidamente, como para que alguien pudiera señalarme con el dedo. Esto también corre para Orlando Martínez. Que quede muy claro: Madame Bovary c’est pas moi.
4) La Antología tiene cuentos, sí, pero es una novela. Ésa fue siempre la idea detrás de su construcción.
5) El que sea una compilación apócrifa de autores inventados me permitió, dentro de tantas otras cosas, armar la historia sin tener que subordinarme al clásico relato lineal. En otras palabras, podía darme el gusto de llenar el libro de notas al pie, de citas falsas y verdaderas (a quién no le gusta jugar a ser Borges), de digresiones infinitas que en otro tipo de texto, creo yo, no habrían funcionado del todo. Sin ir más lejos, la misma inclusión de doce autores que representan, a su vez, a doce clichés de la literatura, es bastante más eficaz en un contexto como éste que en el de una novela a la vieja usanza, en la que seguramente se verían reducidos a jugar el papel de simples alegorías.
6) El “Exordio” fue, sin duda, lo más complicado de escribir, lo que más tiempo me tomó y, con seguridad, lo que menos personas leerán. Aquellos que se atrevan a hacerlo, sospecho, lo harán más por una obligación moral con sus propias consciencias (y con sus bolsillos) que por el goce que pudieran extraer de él. Y saber eso, y poder anticipar que así sucederá, es tal vez la mayor satisfacción que es capaz de darme este libro. A modo de dato curioso: creo que en la edición final el “Exordio” tiene 60 páginas. Llegó a tener más de 100.
CONCURSO Regalamos una copia de Antología del cuento nuevo chileno. Para participar, postea con tu nombre+apellido y correo-e donde corresponde, contándonos: ¿Cuál es tu cuento chileno preferido? Agradecimientos a editorial Forja.




