Es la diversión nerd del verano. Enchufas tu webcam y ChatRoulette te conecta con otras personas (freaks) alrededor del globo, esperando chatear, reírse de tu cara o mostrarte su intimidad más cerda. Es divertido, pero salen muchas cosas raras. Y todo al azar. Acá lo probamos.

El insomnio, la programación del cable en febrero y un refrigerador vacío, pueden llevarte a hacer cosas extrañas. Tengo la bici pinchada y todos están en la playa (creo). El mejor panorama en Santiago a las 3 AM es: Twitter. Miro un post de Nicolás López y recuerdo un artículo que había salido en La Tercera temprano. Es sobre el link del día, de la semana, de la vida: ChatRoulette. La página del verano, LA tendencia de las tendencias. Eh… es una web para hacer zapping de gente tan bizarra que da miedo, asco o mucha risa. Y con la que puedes conversar, poner muecas o derechamente esperar cualquier cosa.

Repito: Cualquier cosa. (Es en serio, la dura).

Entonces, agarro un pañuelo con unos lentes y soy un árabe con miopía. Y ahí voy.

Una vez que acepto compartir mi cámara y micrófono en el sitio (la idea es que tengas porque si no te botan más rápido) aparece mi imagen de video y magia, la ruleta escoge a otro usuario que puede ir desde un asiático con esas chasquillas de código de barras, a gringos sacados de un Spring break. Nerds sin polera, universitarios pensativos con la mano en el mentón, australianas risueñas y uno que otro anónimo pene masturbándose. Lo que sea/salga. Y puedes hablar o también chatear a lo vieja escuela, con sonidos de 8 bits.

Importante: Depende de tu velocidad para apretar “Next” (o el F9) no tener pesadillas y censurar lo desagradable. O sea, al apretar “Next” gira la ruleta y la pantallita cambia a otro usuario y así. Ah, y también depende de tu imagen (y capacidad de engrupir) que no te hagan “Next” a ti mismo, claro.

Start. Parto con una finetzza. Una mina de polera verde está a punto de mostrar sus tetas y pienso en Fernando González hablándome en nombre de VTR y le doy Next. Me arrepiento, pero no hay vuelta atrás. Ahora aparece un chino con un escritorio design. Eh, Next. Unos negros carreteando se ríen de mí pero ninguno bota al otro. Siento un pequeño momento de “aceptación homosexual” y aprieto F9 asustado. Ahora, un torso anónimo pajeándose, F9-F9-F9. Sólo salen hombres. F9-F9…

Lo primero que se me ocurre adentro de ChatRoulette, es que no es una página para mostrar en el almuerzo familiar. Lo segundo: IRC. ¡Qué época! Pero maldigo mi adolescencia sin ChatRoulette (probablemente tendría vocación de conserje mirando pantallas), no pero de verdad, es demasiado latzorra. Tercero: Es adictivo. Demasiado. No tiene mucho sentido mostrarse sentado delante del escritorio con desconocidos anónimos y aleatorios (pueden ser de cualquier parte del mundo), pero de repente puedes tener una conversación tan seria que de sueño, pedirle el MSN a una europea rica, practicar cualquier idioma o rogarle a un niño para que se salga de este basurero.

Creo que lo adictivo es lo impredecible (sonó como tagline de softporn). Buscar en la basura la lleva tanto como ir a cachurear al Bío Bío. Entre lo más desechable, y también lo menos (dependiendo de tu estado de ánimo), el tiempo vuela y bla bla bla blá.

Pero en serio: Me siento como una especie de cruiser de la Generación X con complejo de Peter Pan. Como al límite de todo, casi nervioso de lo que viene, porque es difícil despegarse una vez que entras. Por ejemplo, obviando las imágenes asquerosas, hay buenos chistes en ChatRoulette. Aunque la mayoría son para que las minas muestren sus tetas, del tipo: “Boobs for Haití” o gatos tiernos que te saludan y a los segundos piden un vistazo. O de repente, es gracioso que los asiáticos te boten rápidamente y reclamen en un inglés extraño que tienes los ojos muy grandes.

Cuatro disparos seguidos de Next:

He pensado ene en usar ChatRoulette como espejo antes de salir a la calle. Onda: mientras más Next, “pinta descartada”. Mientras menos, “así andaré hoy”. Pero mejor no, F9.

Después de varias horas conectado y de maldecirme por dejar encendidas las luces del patio (en verdad era porque había amanecido), calculo a la rápida el promedio del usuario en ChatRoulette. De cada 15 personas: 1 es una mina rica, 2 son penes masturbándose, 3 son gringos o europeos con ganas de conversar y pedirte alojamiento para sus vacaciones Manu Chao con sueldos del Primer mundo; 3 son asiáticos (todos con lentes), 1 es como el protipo “soy-el-próximo-Columbine” y el resto se divide en partes iguales entre negros escuchando hip-hop, oficinistas jóvenes (de espíritu), latinos y mezclas raras, y todo lo que te imagines que se pueda mostrar y hacer por una webcam.

Al final, ChatRoulette es como la piscina del pop. Un basurero imposible de conocer entero (en este momento hay 9168 conectados), con harto desperdicio del peor y una que otra escasa joyita. Es cosa de saber buscar, como en la vida misma. Mentira, es pura suerte nomás. Y como cada vez más gente elige la red para sacarle la vuelta a todo, la ruleta tiene para rato.

Mira.