Acaba de aparecer la segunda novela de Mike Wilson: Zombie. Un retrato poco feliz de lo que podría pasar de Los Dominicos hacia arriba, en caso que Estados Unidos e Irán se agarraran del moño. Conversamos con su autor.

Mike Wilson pertenece a esa otra clase de escritores. La de quienes hablan, casi únicamente, a través de su obra. Humilde, sincero y quitado de bulla. Ni en él ni en su obra hay demasiado alarde o exageración. “Me estoy poniendo viejo”, comenta entre risas.

Luego de recoger buenos comentarios con su novela El Púgil (Forja, 2008), Wilson se despacha ahora un libro perturbador, tierno y sumamente adictivo. Todo en menos de 120 páginas.

Zombie (Alfaguara, ref. $7.500) es de esos textos que se leen de una patada y que en cada párrafo uno le va agarrando más la mano hasta sentirse parte de la trama. Pero eso es sólo a ratos, porque pequeños y sutiles giros vuelven a mandar al lector de vuelta a su silla. La imaginación funcionando a mil.

El libro hace gala de una cuidada prosa en los relatos en primera persona de James, Andrea, Fischer, Emma y Frosty, éste último una mezcla diabólica y sentimental de un joven trastocado. Todos merodean en un ambiente sombrío y un lugar que, hasta antes de la caída de bombas atómicas, era aparentemente un sitio modelo.

Fans de Boca Juniors, Messi y Piglia, este profesor de Letras de la PUC tiene ascendencia norteamericana y argentina. ¿Y Chile? “Me siento cómodo, me siento bien. Me siento en casa”, asegura.

Nos pidió que ojalá su entrevista se ilustrara exclusivamente con la portada del libro. Favor que, con lo indiscreto que somos en PANIKO, nunca estuvimos dispuestos a cumplir, carajo!

¿Cómo fue pasar de una editorial pequeña a una más grande?
—Bien. Para mí igual se reduce al tema de distribución o que cuando se agote la primera tirada se hagan otras, cosa que a veces no ocurre con las editoriales chicas. Igual Forja se lució con El Púgil, pero también tiene sus limitaciones. A mí una de las cosas que me interesa, mucho más allá del éxito comercial, es que el libro tenga la posibilidad de ser leído en otras partes. Y no necesariamente es más fácil con las editoriales grandes, simplemente tienen la oportunidad de hacerlo.

Fichaste además en la agencia de Guillermo Schavelzon, que es lo mismo que te llame Valdano para jugar en el Real Madrid…
—(risas) No, no, no es el Madrid. Yo lo veo especialmente como la posibilidad que tiene una agencia de que el libro pueda ir a otros países. Es lo que quieren todos los escritores: en el fondo que se lea el libro. Y si dicen que no, para qué publicaron.

Hablemos de Zombie. La historia se ambienta en La Avellana, especie de barrio alto que sufre una destrucción apocalíptica. ¿Qué hay detrás de ese hecho?
—Una de las cosas que quería hacer era retratar ese espacio tan perturbador y siniestro (de los suburbios acomodados), y que se asocia con esa imagen muy gringa del cine. Me interesaba comunicar en la novela cómo la misma discriminación continuaba después de la catástrofe. En la novela, por ejemplo, hay un grupo que es marginado al bosque porque no son de ahí. Pero a la vez no quería que los personajes fueran caricaturas: es el chico que vive en este lugar y va actuar siempre de esta manera. Son personajes complejos que tienen sus propios enredos. Pero sí, creo que esos espacios que se han reproducido en varias partes del mundo, son lugares zombies. La idea es una burbuja, donde todo lo que necesitan hacer está ahí y nunca salen. Se automarginan, hay temor y un concepto bastante discriminatorio del otro.

¿Por qué elegiste adolescentes como protagonistas?
—Fue una cosa que no me cuestioné mucho. Uno de los temas que me interesaba era la honestidad que se podía transmitir a través de ellos. Los adultos tienden a caer en ciertas fórmulas de desplazamiento y búsqueda, y no hubiese sido muy verosímil que trataran de formar este tipo de comunidad. La adolescencia por lo demás es un período sumamente complejo.

Lo has logrado bastante bien en tus dos novelas: ¿cómo incluir referentes pop en el relato sin que parezca un copy/paste?
—La clave es que la referencia que vas a citar esté al servicio de la narración y no al revés. Si alguien inserta una cita y después dice qué puedo hacer con esto porque es muy cool ponerlo, no funciona para mí. Finalmente sufre la narración.

¿Eres de revisar tus libros posteriormente?
—Mmm… no. Es que el proceso de edición te satura bastante. Yo trato de entregar el manuscrito lo más limpio posible, pero justo antes que se publique el libro, te llega el archivo en pdf, la prueba de imprenta, la versión final, etc. etc… Obligadamente uno tiene que leerlo cuatro o cinco veces. Y después de eso, ¡no más!

¿Cómo tomas las críticas, Mike?
—Bien. Son lo que son. Hay críticos que uno sabe que lo que uno escribe no les gusta; a veces son predecibles, en otras te sorprenden. Quizás con la primera novela me fijaba más, me preocupaba más. Yo creo que la peor crítica es la tibia o indiferente. Si el crítico ama u odia con pasión tu libro, algo provocó.

¿Leíste la de Patricia Espinosa en LUN?
—Sí, pero es predecible. Creo que quiere ser crítica académica y no le resulta, es como teoría literaria para principiantes. No sé, hay ciertos dogmas o lugares comunes que se repiten. Usa mucho la palabra ideología y empiezo a sospechar que no entiende bien el concepto. Ojo, yo creo que secretamente es una gran admiradora de lo que escribimos porque es la primera en conseguir el libro antes que se lance.

Adelantándonos harto, tu próximo libro ya está listo…
—Sí, Rockabilly (lo nuevo) es una novela que se ambienta de forma explícita en una ciudad chica de Estados Unidos. Y el personaje central es un rockabilly. Una noche empieza a cavar en el patio trasero, mientras lo hace hay tres vecinos que lo espían: una chica, un hombre y un perro. De allí se comienza a formar una dinámica entre los personajes y empiezan a sospechar qué está haciendo.