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Los escombros de la infancia

por · Abril de 2016

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1.
En uno de sus más conocidos poemas, Enrique Lihn se sirve de una imagen que, dentro de sus múltiples posibilidades, evoca al mismo tiempo la figura de la infancia como el tiempo del disciplinamiento y momento definitivo que configura la experiencia posterior del poeta: «Nunca salí del habla que el Liceo Alemán / me infligió en sus dos patios como en un regimiento». La escuela, institución que junto con cárceles y hospitales perfilan el rostro de la modernidad, se suma también al lenguaje como una especie de celda que no ofrece más posibilidad que tolerar con cierto amargo estoicismo. «Una tarde parda y fría / de invierno. Los colegiales / estudian. Monotonía / de lluvia tras los cristales», anota Machado en “Recuerdo infantil”, como si la niñez estuviera indefectiblemente ligada al tedio de las horas bien o mal gastadas en un pupitre, sea en la gran ciudad como en el más recóndito villorrio de la ruralidad. La escuela, el colegio o el liceo son, digámoslo así, un espacio que convive en la memoria colectiva y personal, como idilio —imposible no recordar la tan sentida carta que Camus le escribe a uno de sus profesores luego de ganar el Nobel— o como mancha oscura. Como si, tomando esa vieja metáfora bíblica, al mirar esas imágenes corriéramos el riesgo de transformarnos en estatuas de sal.

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2.
Por largos años estudié en un colegio de la localidad de San Javier, en la región del Maule. Era un establecimiento más bien pequeño, que cubría enseñanza básica y kínder, antes de que, por razones que no entiendo bien, la cobertura en educación se extendiera a niveles ridículos, ingresando los niños casi al año de vida al aburrido mundo de las aulas —quizá, en una deriva cercana a la ciencia ficción, podríamos pensar futuros programas de adoctrinamiento para fetos: un método Mozart para nacer siendo un ciudadano de tomo y lomo. El espacio físico que ocupaban era una vieja casa colonial, abundantes en esta parte del país, al costado sur de la plaza de armas. La arquitectura, como es de esperar, contemplaba corredores, aulas con piso de madera, gruesos murallones de adobe recubierto y techos altísimos con luminaria colgando de delgados alambres. Había un patio central donde todos los lunes de izaba ceremoniosamente el pabellón patrio —actividad que, por cierto, probablemente todos los que pasaron por ahí alguna vez llevaron a cabo—, y otro en donde se practicaban juegos que te obligaban a mostrar toda tu destreza: el «zoo», que consistía en correr con una pelota en la mano de un lugar a otro gritando «zoo» hasta que no dieras más y luego tocar un tótem. Mientras no lo tocaras, el resto te propinaba una sarta de patadas que te obligaba a transformarte en un cazador furtivo arrancando de una tribu extranjera. Otra alternativa era lanzarse algunas de las naranjas podridas que iban cayendo de los árboles frutales. Lo perturbador era que ese lugar colindaba con los grandes murallones de la cárcel del pueblo, que servían también como pasillos para vigilar los patios donde deambulaban los internos. No era raro, entonces, que en los recreos te encontraras a un gendarme paseándose con su arma empuñada: a veces la realidad no necesita metáforas para mostrarse en su más tétrica faceta.

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3.
Por azar, el patio de la casa donde actualmente vivo me permite, salto de panderetas mediante, acceder a la casa donde estaba el colegio de mi infancia. Desde hace por lo menos cinco años que el lugar se encuentra completamente abandonado. Luego que la escuela se trasladara hacia otro lugar, la casa sirvió de alojo para trabajadores de temporada. De ello quedan apenas un par de huellas: un póster de una chica mostrando las tetas y un calendario en donde Tarud —personaje nefasto donde los haya—, posa con Bachelet, probablemente en su candidatura pasada. El resto es más o menos predecible: vidrios rotos, algunas grietas que descascaran el revoque, haciendo aparecer las entrañas sucias y viejas de la casa; instalaciones eléctricas inútiles. Y maleza. Mucha maleza. Tanta que es imposible caminar sin el temor de tropezar con algún hoyo, encontrarse una rata o algún cadáver. Miro el pastizal, seco, listo para ser objeto de un incendio brutal y crepitante, e intento imaginarlo en un par de años más: una versión post apocalíptica de una tundra que se adhiere a la ropa y rasga la piel. Intento identificar algunos lugares, recordar alguna imagen de esa infancia aburrida en los pasillos pequeños y oscuros, pero la sensación que me invade es otra: como si ver mi colegio en ruinas fuese una suerte de anhelo que albergué con secreto rencor desde mi más tierna infancia. Como si ese abandono fuese el justo castigo a un lugar donde se fueron perdiendo las horas que podrían haberse ocupado dibujando cómics o corriendo en una oceánica plantación de trigo. Quizá podría quemar este lugar, pienso. Romper todos los vidrios, llenarlo de grafitis, o cruzar por las noches con amigos a beber y quebrar botellas como un adolescente que cobra una revancha estúpida e inútil. Pero no. Mejor conservar intacto el silencio y la muerte que se van apoderando lentamente de cada uno de sus rincones. Quizá un futuro terremoto termine por botar completamente la casa o el lento para cada vez más notable negocio inmobiliario lo transforme en un lugar de comida rápida o una tienda comercial.

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4.
Las ruinas, lo sabemos desde los románticos, pasando por Augé y Sebald, tienen un aura especial, como si en ellas se convocaran todas las formas de temporalidad. Por un lado, una materialidad que dialoga con el presente a través de, en este caso, un diseño específico de casa que ya está casi obsoleto y solo es rescatado por los reaccionarios amantes del folk maulino del siglo XIX. Por otro lado, el futuro como una llave de paso abierta a toda su potencia chorreando todos los rincones, inundándolo todo de esa imagen macabra que, al menos en estos pagos y gracias a siglos de adoctrinamiento cristiano, evitamos contemplar: la muerte que desciende como la bruma de los más crudos meses del invierno. A mí, en cambio, me llena de una esperanza algo sombría: acá transcurrió tu infancia —me digo— y de eso no queda más tierra, gatos muertos y ventanas opacas por la pátina de polvo que se adhiere de forma inevitable: un teatro de sombras, una huella arquitectónica. «Nunca salí de nada», dice Enrique Lihn al final de ese poema, dejando claro que su sino está marcado por la tragedia. Yo, en cambio, pienso en esa desgarradora canción que escribieran, quizá mirando también un lugar desolado, una carretera fronteriza en Arizona o México, unos todavía jóvenes y entusiastas At the Drive-In, cuyo estribillo dice: «Dancing on the corpses ashes». Volver acá para (d)escribir este abandono es, a su manera, un ritual. Entender, con cierto desdeño, que el pasado no siempre es un lugar idílico sino más bien un erial apenas moteado por algunas manchas de pasto que el sol terminará por secar.

5.
Tomo una piedra para lanzarla contra de una de las ventanas. En ese delicado sonar cristales cayendo se va mi infancia y yo, con alegría carnavalesca, bailo un rato sobre las cenizas de su cadáver.

Los escombros de la infancia

Sobre el autor:

Jonnathan Opazo Hernández (@ensayo_error) es autor de Junkopia (Bifurcaciones), colaborador del sitio Loqueleimos.com y mantiene el blog lacitadeunacita.

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