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Mi propio David Bowie

por · Enero de 2016

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Yo tenía 11 años y la Concierto pre “Rock y Guitarras” siempre tocaba los singles de Earthling. Ese fue el primer David Bowie que conocí, el de “Little Wonder”, “Dead Man Walking” y “I’m Afraid of Americans”. Sabía, por lo que contaban en la radio, que se trataba de un peso pesado de la música, un hobby al que recién le estaba tomando el pulso. Era 1997, iba en sexto básico y vivía en Concepción, donde no había una Feria del Disco, pero mi vieja estaba acá en Santiago. Lo que había allá era Colt 70, pero en esa tienda me miraron raro cuando pregunté por Earthling. Esa vez fui con mi abuela, que estaba dispuesta a comprarme un cassette. Para no perder el impulso, terminé pidiéndole Hasta luego de Los Rodríguez, pero mi historia con Calamaro es para otro día. Hoy todo ha sido Bowie y así corresponde. Bowie se murió el domingo. He pasado las últimas horas leyendo sobre él, bajé la Mojo de enero y trae una entrevista con Tony Visconti, y qué decir de la calidad de los obituarios, cuánto texto maravilloso hecho por admirables plumas de colegas. Información. Bendita información. Pero cuando yo supe de Bowie no tenía Internet. Solo sabía cosas como que «es un adelantado a los tiempos» o «siempre se reinventa». Mi vieja vivía en Santiago, así que le pedí Earthling para el Día del Niño y otros dos cassettes. Llegó justo con los otros, OK Computer y Odelay, pero el de Bowie no estaba en la tienda. Lo único que me quedaba era imaginarme a esta persona. Me saltó el corazón una vez que, de visita en una casa con TV cable, apareció el video de “Little Wonder” en MTV y por fin pude ver su cara. ¡Así que ése era el famoso David Bowie! Vino a Chile poco después y pude escuchar el concierto en la radio. Para mí fue una noche de sorpresas: tocaba una canción que yo conocía por Nirvana, otra que conocía por Queen. Ignoraba en aquel entonces las conexiones entre esos nombres. De verdad era importante este tipo al que todos se referían como «un camaleón», pero la falta de acceso hizo decaer mi interés, debo admitirlo. Me sentí excluido: no encontraba el disco suyo que quería, tenía que conformarme con una transmisión radial de su concierto por no vivir en la capital, y aunque hubiese estado acá, igual no tenía un peso ni la edad para ir. Qué frustración. Terminé sintiendo que era un artista lejano a mí. Cuando me vine a vivir a Santiago al año siguiente, hice mi primera compra de cassettes en la Feria del Disco del Plaza Vespucio y ni siquiera pregunté por Earthling. Estaba en otra, todo en español, que se sintiera un poco más propio. El botín ese día fue Alta Suciedad de Calamaro, Fabulosos Calavera de los Cadillacs y El Resplandor de Cabezas. Era verano y mi panorama favorito era dormir todo el día, despertar al final de la tarde y quedarme hasta la mañana escuchando música. La existencia del canal Rock & Pop, que no llegaba a Conce, fue toda una revelación y pasaba muchas horas mirándolo. Salía uno que otro video de Bowie, avivando la intriga sobre su figura. No cachaba qué onda con él. De repente era un ser andrógino y teñido de pelirrojo, después tenía el look genérico de cualquier cantante ochentero. Pasó el rato y la comuna a la que había llegado, La Florida, estaba llena de rap. Rap por aquí, rap por allá. Yo no estaba ni ahí con usar los pantalones a media raja, pero quería encajar y el pulso de ese sonido me atraía espontáneamente. Además, en la Villa Alonso de Ercilla era prácticamente folclor. Wu-Tang Clan, Fugees, Cypress Hill. Esos grupos pasaban por mis manos dispuestas a piratear cualquier cosa. El disco que todos los cabros comentaban era Vida Salvaje de Makiza. Nada de Bowie hasta que, en un programa de música retro que conducía Iván Valenzuela, contaron la historia de Space Oddity antes de poner el video. Encontré horrible la idea de quedar abandonado a mi propia suerte en el espacio, pero, después de escuchar la canción, se convirtió en uno de los miedos más irracionales que he sentido. Hay gente que sufre de pánico ante la idea de quedar enterrada viva. Yo no. A mí, por culpa de Bowie, me da terror correr la suerte del Major Tom. ¡Como si hubiese alguna remota posibilidad de que me pasara! Qué emoción tan extraña y fuerte. Era lo mismo que me ocurría cuando mi padrastro se pegaba maratones de Pink Floyd y de repente sonaba “On the Run”. Una sensación desconcertante y a la vez adictiva, un escalofrío, una reacción física y concreta a algo tan abstracto como el sonido. Bowie podía provocármela. Saberlo volvió a acercarme. Desde entonces, se me empezó a aparecer todo el tiempo. Una amiga de la media, la Salomé, tenía un gatito que se llamaba Bowie. La Salo andaba de negro, le gustaba Theatre of Tragedy, cantaba “Bailaré sobre tu tumba” cada vez que nos curábamos. Llamaba a su mascota con voz tierna y aguda, y cuando ya la tenía aguachada de tanto hacerle cariño, le decía «te voy a matar, Bowie, te voy a cortar en pedacitos». Me pregunto si alguna vez lo hizo. También me pregunto cómo es posible durar tanto como Bowie, el de verdad. Las cosas que cuento me suenan a tiempos inmemoriales y resulta que en esa época, fines de los 90 y comienzos de los dosmiles, ya se trataba de un consumado veterano que venía de vuelta. Bowie ha sido una compañía durante tantos años y muchos de los caminos musicales que he tomado me han dirigido a él. Reality Bites es una de las películas románticas que más me han emocionado y gracias a su banda sonora descubrí a Dinosaur Jr. y Squeeze, dos grupos a los que considero fetiches, pero mi favorita siempre fue When You Come Back to Me de World Party. Hermosa. Quedé loco al saber, con Internet en mano y varios años después, que era básicamente una recreación de Young Americans. Tremendo disco. El año que recién pasó, el último de Destroyer me lo recordó tanto que terminó convirtiéndose en uno de mis favoritos. Ay, Young Americans, uno de mis puntos débiles. Jamás he disfrutado tanto las acrobacias de un saxo como en “Fascination”, el final de ese tema no tiene precio. Todos los fines de semana trato de ir a La Florida, hace cinco años que ya no vivo con mi familia. En una de mis visitas, hace pocas semanas, terminamos bailando “Fascination” con mi hermana de 16 en el living. Yo soy descoordinado como el gobierno, muy de bailar solamente cuando nadie me ve. Mi hermana es fan de Violetta, no sé por qué le dije que bailara conmigo y tampoco entiendo qué me dio por hacerlo esa mañana de domingo en el living a vista y paciencia del resto. Ese es Bowie, despertando en mí cosas que no conozco ni entiendo. Si me preguntan cuál es el disco suyo que más me gusta, ahora diría Station to Station, tengo el vinilo y creo que he carreteado pocos surcos tanto como “TVC 15”, que además fue mi despertador durante meses. Pero lo cierto es que hace un par de años hubiese respondido The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars y, si vamos retrocediendo en el tiempo, las opciones serían otras. Tal vez después, más viejo, diga que es alguno de la trilogía de Berlín. Tengo claro que seguiré escuchando a Bowie hasta el final de mis días. Vamos a seguir encontrándonos. Anoche, a esta misma hora, estaba dándole el toque final a mi reseña de Blackstar. Hoy de nuevo estoy escribiendo sobre él, mientras lo miro en la tele, sonriente, hablando por teléfono con personas que llaman para pedirle canciones en una sesión televisiva y concediendo esos deseos. Es sumamente dulce y simpático con cada uno de los que atiende. Dan ganas de invitarlo a tomar once. Todo el día he querido agradecer su existencia. Contar esto es una forma de hacerlo. Hay tantos Bowies que hoy quiero saludar al mío. No despedirme, eso nunca. Que esté muerto no cambia la relación que tengo con él. Su música es una constante, le ha dado continuidad a mi vida. Así seguirá siendo. Gracias, David. Te abrazo desde acá.

Mi propio David Bowie

Sobre el autor:

Andrés Panes (@panesandres) es periodista musical.

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