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Mirada inocente

por · Marzo de 2016

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De todas mis amigas, Helen tenía el rostro más angelical. Era tan puro, que nunca me atreví a besarla. Solíamos comentar que lo más probable era que fuera virgen. No se portaba mal, no se le conocían parejas, no fumaba y casi no bebía. Era tan tierna. Me gustaba abrazarla. Al apretar mi cuerpo con el suyo y rodearla fraternalmente con mis brazos, podía sentir sus senos duros como balas queriendo atravesar mi pecho. Me encantaba sentirlos. Con el tiempo, descubrí que a mis amigos les ocurría lo mismo. Robert me dijo una vez que él podía morir tranquilamente asesinado por los pezones de Helen. No le dolería. Solo ver su mirada inocente lo haría descansar en paz.

Helen era también conocida por sus fiestas. Aunque ella no bebía ni nada por el estilo, nunca verías tanto alcohol y droga pasando de mano en mano como en su casa. Llegaba gente de distintas ciudades porque sabían que no encontrarían mejor lugar para embriagarse y pasar un buen rato.

Una noche, como a las cuatro de la mañana (esa hora en que en la fiesta deja una bifurcación: ser víctima de la resaca o ser un buen acompañante de quienes la sufren), sonó la puerta. Imaginé que podía ser algún amigo que vendría de otra fiesta y tenía suficiente energía (o poca cabeza) para seguir tomando y bromeando hasta que saliera el sol. Pues no. Era la policía. Miré hacia el equipo de música. Llevaba rato apagado. Los vecinos no podían haber reclamado. De hecho, nunca reclamaban.

Empezaron a preguntar por la dueña de casa. Como en esas películas de acción, de repente escuché unos pasos rápidos en la escalera hacia el segundo piso. Era Helen subiendo. Uno de los policías corrió tras ella, mientras el otro nos pedía mantener la calma. El alboroto había despertado a quienes se habían quedado dormidos producto del alcohol. James se acercó al agente que nos pedía calma y empezó a insultarlo. Mi amigo terminó esposado en el suelo.

En cuestión de minutos, la casa se llenó de policías. Revisaron nuestros antecedentes. Cuando vieron que era hijo de un embajador, me pidieron disculpas. Le pregunté a uno de ellos qué estaba ocurriendo, ya que nosotros teníamos una fiesta tranquila. Me dijo que Helen traficaba.

En eso, bajaron varios policías con una cantidad excesiva de armas de guerra. Temblé. El policía con quien hablaba me las señaló. «Eso es lo que traficaba tu amiga».

Tras los agentes, bajó Helen esposada. Nos apuntaba a cada uno con su vista. Sonreía, con su mirada tan inocente.

Mirada inocente

Sobre el autor:

Tobias Von Messel

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