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Molotov: el mito azteca de la rabia

por · Marzo de 2015

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Molotov

«Sé que me pagan por decir groserías», confiesa Tito Fuentes en “Oleré y Oleré y Oleré el UHU”, el tema que arranca Agua maldita, la más reciente producción de Molotov, que los trajo de vuelta al estudio el año pasado y a los festivales un poco antes. La canción es una declaración de principios –«y hasta el UHU olería por seguir esta vida»– pero también una retrospectiva: Molotov celebra sus 20 años de carrera en este Lollapalooza Chile de la forma correcta, tocando en vivo frente a una audiencia que creció con sus letras stencileadas en alguna zona de la memoria.

El tema suena mientras la temperatura se vuelve insoportable, rebotando en el cemento sobre el que se posa aún una moderada concurrencia, quizá los más valerosos, el resto aprovecha el pasto a lo lejos, frente a la carencia de espacios con sombra o agua para refrescarse. No será el único tema de reciente factura que sonará esta tarde: lo harán también “Lagunas metales” –un repaso a la escena musical de rock en español, en donde Los Tres son nuestros únicos representantes–, “La raza pura es la pura raza”, “Fuga” y “No existes” –injustamente interrumpida por un desperfecto técnico que se tornaría vergonzoso posteriormente durante el show de un pincharuiditos–, y es que, básicamente, Molotov quiere mostrar que sigue con la mecha encendida, tomando la vertiginosa decisión de dejar fuera himnos –¿singles?– como “Yofo”, “Here comes the mayo”, “El mundo”, “Voto latino”, “Cerdo”, “Rastamandita” o “Parásito”, que podrían haber enganchado de mayor forma a un público más bien curioso que seguidor de la banda, lo cual también podría entenderse por encontrarnos frente a una versión más hard rock de los mexicanos –la estética de casacas y lentes oscuros, así como los riffs lo confirman–, dejando de lado su faceta guapachosa, a cambio de esos cóvers de ZZ Top (“Perro negro granjero”, de su disco de homenajes) y “Me convierto en marciano” en su versión más próxima a la original.

Molotov, como siempre, suena explosivo e incorrecto, se cambian los instrumentos y los roles constantemente, de la guitarra al bajo, de la batería a la guitarra, del slap de un bajo al rasguño del otro. De Randi a Tito, de Micky a Paco. Su show, además, salda –aunque repactando– esa deuda, por parte de la producción del festival, con las grandes bandas latinoamericanas de las últimas décadas. Ausencias como las de Babasónicos, Plastilina Mosh –¿están activos?–, Aterciopelados, Calle 13, Catupecu Machu, 2 Minutos, Los Auténticos Decadentes o Los Amigos Invisibles, entre tantos más, acrecientan año a año, una sensación de vacío continental, de silencio idiomático, que a ratos escasos se ha tapado con esa muestra casi de vanguardia colombiana, que se ha mantenido en cada versión, o los pasos de Café Tacuba o Todos tus Muertos o Illya Kuryaki and the Valderramas, en años anteriores.

Temas como “Chinga tu madre”, “Mátate Teté”, la solicitada hasta el hartazgo “Puto”, “Frijolero”, “Amateur”, el himno latinoamericano “Gimme tha power”, la hardcoreada “Dance and dense denso” o la provocativa e incorrecta “Changuich a la chichona”, son un generoso repaso por la discografía y periodos de la banda, y a la vez nos conectan con estos charros rockeros, con el espíritu de Molotov, con esa idea de que todos los mexicanos son un poco como ellos, y que los sentimos cercanos. Molotov está en la casa, cantarán/gritarán desde el escenario. Mientras se comenta vía redes (anti)sociales la insólita y molesta presencia del hijo pelotudo de una presidenta mirando el show desde el costado del escenario. Se ruega a un dios azteca que esto no sea cierto.

Molotov está tocando. Y eso es todo. Molotov se divierte, en algunos momentos más que otros. Molotov es y fue. Distintas versiones para esta misma banda: Molotov como un termómetro de sus tiempos. Molotov como un México que despierta de su aletargado periodo PRI. Molotov, junto a un puñado de otras bandas coterráneas, que re encantan musical y estéticamente al resto del continente, una vez más, con México. Esta vez con un nuevo lenguaje: el rock, el rap, la irreverencia. Molotov como la gran banda de rock fronteriza. Molotov incendiando los pasillos del Imperio Televisa. Molotov como charros urbanos. Molotov capaz de sintetizar el espíritu de un nuevo México. Molotov como los creadores de un Monterrey propio y mutante. Molotov directa a la mente. Molotov censurados por sus letras que molestan y ofenden. Molotov no se vende en las disqueras mexicanas. Molotov destroza con botellas de tequila un camarín de un hotel durante su paso por el Festival de Viña. Molotov que nunca grabó un unplugged para MTV. Explosiona Molotov.

Se acaba el show y Tito quiere tomar una foto, la audiencia queda con gusto a poco. Quería más. Quizá para la otra. Quizá no. Que se chinguen.

Fotos: Felipe Avendaño © paniko.cl

Molotov: el mito azteca de la rabia

Sobre el autor:

Daniel Hidalgo (@dan_hidalgo). Publicó los libros Barrio Miseria 221 (2009) y Canciones punk para señoritas autodestructivas (2011).

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