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Otoños duros

por · Mayo de 2015

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La chica se sube mientras restan las hojas de los árboles y suman las hojas de Hombres sin mujeres, lo último de Haruki Murakami.

El libro comienza con una imagen surrealista de la fotógrafa japonesa Souichi Furusho. Un telón sacado de pantallas led y gente perdida en el anonimato de sus siluetas. Podría ser un laberinto de la memoria, un escenario radioheadiano, los pasajeros de este recorrido vistos a contraluz.

«Cuidado peldaño». La chica está sentada y quedamos de frente. A través de los lentes de sol, cuando se estira el acordeón, distingo sus firmes piernas sujetas al plástico del asiento.

Después los relatos, siete cuentos en total que se leen como sueños ajenos, o peor: pesadillas vívidas, incluso cuando nos despegamos del libro —mientras nos distrae la chica o un ruido fuera—, los cuentos de Hombres sin mujeres quedan fijados como una bomba que late en la cabeza: mujeres que interrumpen la vida de los hombres para luego desaparecer.

«Con los años, el lastre del pasado lo abruma a uno. No hay segundas oportunidades», se lamenta uno de los siete personajes que Murakami contorsiona para narrar en primera persona de amores que aparecen y se pierden.

Desorientando.

Extraviando y contagiando distintos efectos amplificados por la soledad: repetir emociones como un mantra, elucubrar lo que fue, fantasear lo que pudo haber sido.

Ahora la chica se deshace del chaleco y vemos por un par de segundos, como un cráter de un planeta por conquistar, su ombligo. Luego se mira en el reflejo del celular y desaparece cerca de Bustamante, donde saluda a un tipo en el paradero.

«Basta con amar con locura a una mujer y que ella se marche a cualquier parte para convertirte en un hombre sin mujer», se lee en el cuento que da nombre al libro. Es que todo enamoramiento tiene algo de absoluto y cursi.

Todo amor, en cualquier momento, parece una enfermedad sin cura, pero también una excusa para aprender y seguir por un desvío, o ir por ahí sin pasaje de vuelta.

Aunque los cuentos de Hombres sin mujeres no tratan tanto de amor o dolor, como de pérdida y ausencia; de hombres abandonados por el motivo que sea; de encuentros ocultos en la memoria de amantes que escuchan jazz; y de hombres y mujeres que bloquean sentimientos viscerales; la medida del romanticismo hace seguir con interés o indiferencia la última entrega de un autor como Murakami.

«Como suele ocurrir con gente de buena familia que ha recibido una buena educación y jamás ha pasado estrecheces económicas —escribe Murakami en “Un órgano independiente”—, el doctor Tokai pensaba sobre todo en sí mismo».

»La ruptura con sus amantes se producía casi de forma regular (…) Eran muchas las que decidían casarse justo antes de cumplir los treinta o los cuarenta. Como los calendarios, que se venden bien a finales de año».

Para el exitoso cirujano y protagonista del tercer relato —que experimenta con romances simultáneos durante años—, llega el momento de flecharse hasta la muerte. «Comparada con esta cuita tras nuestro encuentro, la aflicción del pasado no vale nada», parafrasea al poeta Gonchünagon Atsutada, reducido hasta la nada por esas mujeres que tienen un órgano «especialmente diseñado para mentir».

Por supuesto, los relatos de Hombres sin mujeres están salpicados de algunas claves del autor de Tokio blues (Norwegian wood): triángulos amorosos, canciones de The Beatles, la defensa del aislamiento y una pizca de erotismo: «los maravillosos pezones que una vez había acariciado con suavidad, ahora debían de amamantar a un bebé», recuerda el personaje del doctor en el único final que no queda abierto.

En el resto del libro, queremos que los personajes sigan hablando y contando esas historias que son el espejo de otros, como en “Samsa enamorado”, un homenaje a Kafka publicado en The New Yorker, o “Kino”, uno de los puntos altos del libro sobre un hombre que abre un pequeño bar para sobrevivir luego de una infidelidad.

Ahora otra chica se queda en el pasillo esperando la siguiente parada. Como pocas veces, la conjetura se vacía desde unos bluyines gastados, los lentes ópticos y el pelo corto. Aparece una luz de reconocimiento. No puedo explicar en detalle por qué recuerdo a otra chica, pero un buen día sucedió algo y nos separamos. Y ahora que leo y tomo notas camino a algún sitio, mientras ella de seguro duerme en otro continente, la recuerdo en el reflejo de una desconocida.

Como una figura abandonada en una esquina, vista desde el interior de una micro y contada desde la imagen que guarda la memoria, los cuentos de Murakami recrean la depresión y la resiliencia de los hombres sin mujeres: «puedo verla en cualquier sitio. Sigue ahí, y la veo en distintos lugares, en distintos momentos, en distintas personas (…) Seguro que nadie imagina cuánto sufrí, lo hondo que caí cuando ella se marchó. No, es imposible que alguien se haga una idea. Porque ni siquiera yo logro recordarlo», dice la voz del último relato.

«Es como un árbol: para crecer fuerte y robusto, necesita pasar inviernos duros. Si el clima siempre es cálido y suave, ni siquiera se le forman anillos», compara una adolescente en “Yesterday”, el segundo cuento, a lo que otro adolescente le dice: «tal vez los seres humanos necesiten pasar por esos períodos. Pero sería estupendo saber que algún día acabarán».

Murakami2

Hombres sin mujeres
Haruki Murakami (traducción de Gabriel Álvarez)
Tusquets Editores, 2015
269 p. — Ref. $17.000

Otoños duros

Sobre el autor:

Felipe Ojeda (@paniko).

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