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Pequeñas grandes estrellas

por · Julio de 2011

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1) Habría que explicar la habilidad escénica de Álex Anwandter como un aplicado e histriónico popstar desde el único guiño externo que los Teleradio Donoso dispararon el sábado 20 de junio en su show del Teatro Oriente: “Purple rain”, aquel viejo single del infatigable Prince, uno de sus más grandes —y ahora olvidados— éxitos, proveniente de una época que ahora parece hecha de pura ciencia ficción, de cuando él manejaba motocicletas inverosímiles, aún no transformaba su propio nombre en un signo sin sentido y era capaz de inventar exitazos como quien se guarda en el bolsillo el vuelto del pan.

2) Quizás Prince es el rosebud que explica el origen del cálculo perfecto y las muecas del vértigo de Anwandter y su banda. Quizás Prince explica por qué el sábado parecían estar a un paso de lucir como yo recordaba que lució La Ley a comienzos de los noventa: como un puñado de tipos dispuestos a comerse al mundo. Pero si en La Ley eso descansaba en el hecho de que interpretaran el pop como si estuvieran desfilando en una pasarela, en los Teleradio Donoso aquello —el ansia de ser la next big thing del rock chileno— proviene de otro lado. De las canciones, por ejemplo. Porque sus discos Gran Santiago y Bailar y llorar, son perfectas demostraciones de un pop estudioso de la tradición, ambicioso pero lo suficientemente inteligente como para saber que sus limitaciones también pueden ser sus virtudes: el candor provinciano que espera escaparse de acá a como dé lugar y la habilidad pasmosa de su compositor para hacer convivir las melodías pegadizas con la cita-homenaje a sus autores favoritos.

3) Pero lo anterior, en el Teatro Oriente cambió. Vestido de seda roja y flaquísimo y acompañado de una banda que parecía cada vez más inmóvil (como si supieran que el éxito del show descansaba en ofrecer el paisaje de una sólida quietud frente a la hiperkinesia de su frontman) Anwandter se comportó como un rockstar profesional. Pura acción que a ratos rozó el melodrama (en “Pitica” con Francisca Valenzuela), la pachanga (con Gepe en “2, 3, 4, 5, 6”), fingió una intimidad devastada (“Yo no sé nada del mundo”) o recordó la nostalgia de una vida imposible (“Eras mi persona favorita”).

4) Por supuesto, es raro ver a una banda en este punto de cocción, en el momento exacto en que toman conciencia del pop como un espectáculo tan preciso como afilado, en los segundos en que abandonan la infancia y se despojan de la seguridad de sus propias canciones para habitar la intemperie incierta de lo masivo, dejando sobre el escenario imágenes imborrables como el destello rojo de un tipo que nunca dejó de bailar con su propia música, o una voz en falsete que quiso sonar como si viniera de otra época y otro lugar, o los ecos de los aplausos mezclándose en el aire con el eco de los acordes.

5) No está mal: en vivo, Teleradio Donoso hace que sus canciones operen como máquinas cuya vocación emotiva las hace indispensables al punto que su tema central (el de una soledad espesa que nunca desaparece, que se encubre por medio del baile o el alcohol y escabulle en una densa nostalgia) parece perderse y diluirse en el coro de fans que conocían las letras de memoria. Así, arriba del escenario, Anwandter puede ser tan ácido como autista, pero es cualquier cosa menos triste o melancólico. Ah, y es mejor como Costello que lo que Álvaro Henríquez fue jamás a pesar de todas las camisas de lunares que usó por siglos: está en él la demostración de una elegancia insoportable para canciones de tres minutos, los infinitos paisajes sórdidos y atractivos que el artista exhibe como capital, el virtuosismo del compositor que está a centímetros de volverse un mad doctor, antes de sumergirse en la propia autocomplacencia. Por supuesto, a Teleradio Donoso le faltan años para llegar a ese nivel. Le faltan drogas, fracasos, Enrique Symms, LSD, los suicidios y la automutilación de rigor y los estadios llenos de fanáticos que creen explicar la propia vida a través de sus canciones. Pero, viéndolos en el Teatro Oriente, cabe la posibilidad de que todo lo anterior suceda más temprano que tarde. Han trabajado para eso y se nota. Por ahora son algo impagable. Mal que mal, da gusto ver a una banda que pone en práctica lo que ansió desde hace mucho tiempo: sacudir una y otra vez el cuerpo, quedarse quietos bajo los haces de luz prolongando el efecto dramático de sus canciones, interpretar las coreografías del pop como si fueran algo tan viejo como nuevo, como pequeñas grandes estrellas, iridiscentes o demoledoras.

// Publicado tras el concierto de Teleradio Donoso del sábado 20 de junio de 2009, en Teatro Oriente: el último de la banda.

Pequeñas grandes estrellas

Sobre el autor:

Álvaro Bisama (@alvarobisama) es autor, entre otros libros, de las novelas Caja negra (2006), Música marciana (2008), Estrellas muertas (2010), Ruido (2012), El brujo (2016) y el volumen de cuentos Los muertos (2014).

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