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Que sea bisexual no significa que me gustas

por · Julio de 2014

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Con la Fran siempre nos alisábamos el pelo antes de salir. Ahora las dos lo usamos natural con rulos disparejos. Pero eso solo lo sé por sus fotos de Facebook.

Nos conocimos el verano del 2005 y la conexión fue instantánea. Tenía un departamento en Reñaca al lado del departamento del mejor amigo de mi hermana. Descubrimos que a las dos nos gustaba bailar reguetón, arrendar películas ochenteras y escuchar Placebo. Tipo 5 de la tarde, bajábamos a la playa y recogíamos flyers para entrar gratis a las fiestas de discos que no pedían carnet. Nos arreglábamos y salíamos a bailar. Yo de jeans rotos y converse y ella de mini-de-jeans y polera de banda. Contábamos cuántos minos nos sacaban a bailar y a cuántos nos agarrábamos. El desglose lo hacíamos a la vuelta, mientras veíamos una película y al rato nos quedábamos dormidas en el suelo, con un calefactor prendido y comiendo chubis.

Ese diciembre me había sacado el tarot una profe del colegio y me había salido que iba a encontrar a alguien importante.

Cuando terminó el verano y volvimos a clases, nos mandábamos mensajes de texto con chistes y pelando a nuestros compañeros. A la Fran los papás la dejaban sola en su departamento los fines de semana. Así que mezclábamos nuestros grupos de amigos y mezclábamos ron mitjans limón (que tiene sabor a quix) con limón soda y otras veces un eristoff negro que dejaba los labios morados. Jugábamos a la botellita y había un clóset grande donde se iban a agarrar de a varios. Yo nunca entré. Pero varios nos quedábamos a dormir y a la mañana siguiente comíamos quadritos de la caja.

La Fran sicopateó por Fotolog a una compañera de mi paralelo y la invitó a uno de los carretes. Ella no me agradaba mucho, la encontraba rara y no quería ser su amiga. Probablemente porque una vez tuvimos una conversación honesta cuando nos encontramos ambas fugadas de deporte. No aguantaba que hubiese alguien por ahí que supiera mis secretos. Cuando me descargué, me dijo que aparentemente necesitaba hablar. Odié esa frase. Entonces, apareció la Esther un viernes (en esa época no confiaba en la gente con nombres místicos). Venía con un compañero de varios cursos más arriba que tenía fama de raro y de que era bueno para arte (hoy en día es ilustrador famosillo). Bacán, pensé, los raros ahora sabían que yo también era rara.

Me serví un vaso de copete bastante desproporcionado, me senté en el sillón y me lo tomé rápido. Claramente en esa época tenía un problema con el alcohol. Me tomaba 4 copetes de entrada y seguía. Hoy con dos me muero. Además, tomaba para desaparecer. Esa noche le agregamos una nueva regla a la botellita: todo vale. Hombres, mujeres, héteros, gays. Hasta unos hermanos se dieron un topón.

Son las 6 de la mañana, varios meses después, y con la Fran vemos el amanecer sentadas en la cama de sus papás. Hay otras personas tiradas por el departamento, pero nosotras nos reservamos el dormitorio principal. Entonces me dice que le gusta la Esther. Que no sabe si es lesbiana, que igual le gustan los hombres y que esto no tiene que significar nada entre las dos.

Yo sabía eso, también sabía que le pasaban cosas con la Esther. «Igual puedes andar en bikini al frente mío», me dijo. Yo me reí, nos quedamos calladas unos minutos y le conté que me habían recetado un millón de antidepresivos por primera vez. Unos doctores definieron que estaba pasando por un cuadro depresivo. Era el principio del verano y el principio del verano suele ser una época precisa para sentirse lejos. No se lo había contado a nadie.

Supuestamente, con las pastillas no podía tomar, pero igual me tragué la dosis nocturna con varios vasos de piscola. Unos carretes después, la Fran y la Esther agarraron. Varios carretes después, me trataban de convencer de que ser hétero era profundamente aburrido y que las mujeres besaban mucho mejor. Yo les decía que honestamente nunca había sentido nada por una mujer y que sería súper inconsecuente de mi parte ponerme a huevear.

Después, en las discos gay de Valpo, me decían que si me agarraba una mina, se metían esa misma noche en pelota al mar. Yo solo bailaba con algunas, pero nunca me agarré a nadie.

Así nos dejamos de ver. De a poco.

La Fran pololeó como dos meses con un idiota, por puro que quería perder la virginidad. Cuando lo pateó, él me llamaba llorando preguntándome qué podía hacer. No podía hacer nada, pero me invitaba a comer helado y por helado gratis yo me aguantaba sus lágrimas lateras y sus abrazos largos de despedida. Qué incómodos son los abrazos. Eventualmente con la Esther se pusieron a pololear. Tres largos años. Y la mamá de la Fran, que en un principio me odiaba por poco católica, ahora me pedía que por favor la ayudara a cambiar a su hija. Yo no tenía nada que hacer ahí.

Ahora nos llamamos para los cumpleaños y una vez al año nos juntamos a comer sushi. Nos resumimos la vida, desde el último encuentro, en lo que nos demoramos en comer. No hay alargues, no hay caminatas con análisis. Ella me cuenta con quién anda saliendo y qué opina la mamá de la chica de turno y yo le comento de las pastillas que estoy tomando. La Fran se está especializando en siquiatría, entonces el diagnóstico le divierte. A mí me entretienen sus amoríos, porque hace cosas de película, como llevarlas a viajes sorpresas, o mandar cartas. Sé que no es necesario que nos veamos tanto, connivence sigue escrito en mi pieza, así que si hay que esconder un cadáver, sabemos que nos podemos llamar.

© Petra Collins

© Petra Collins

Que sea bisexual no significa que me gustas

Sobre el autor:

Julia Harvey

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