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Robar, no robar

por · Julio de 2014

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Cuando entré a la universidad todos mis amigos robaban. Cosas chicas. Íbamos al unimarc que quedaba cerca, nos dábamos unas vueltas, pasábamos por caja y, una vez afuera, mis compañeros sacaban cosas divertidas de sus mochilas, carteras, abrigos y pantalones: chocolates y chicles. Una vez la Catita se robó ciboulette, no tengo idea por qué. La Kika solo robaba queso crema porque vivía sola, le gustaba y era muy caro. El Mati iba más lejos y sacaba six packs completos de becker y más de alguna vez un alto del carmen. La cocacola la pasábamos por caja. La Vale abastecía su depto llevando un carrito de feria con fondo falso. Yo no sacaba nada, me daba miedo, recuerdo que cuando chica me llevé por casualidad un trompo de plástico del jumbo que me metí al bolsillo y se me olvidó. Me quise morir de vergüenza.

Hasta que me robé un chicle. Un bigtime verde de esos que están al lado de la caja. Me lo metí a la manga del chaleco y pasé pagando lo que compré con destreza. Nadie se dio cuenta, ni le dije a nadie. Afuera el José mostró que se había robado queso laminado. Nos fuimos al Borja y nos comimos el queso hecho rollito y pasándonos la caja de vino tinto santa helena media chupeteada. Cheese & Wine. Muy finos. Unos días después con el Javier queríamos postre, así que nos fuimos a comprar un chandelle. Como no nos quisieron dar una cuchara de plástico partimos al pasillo de cumpleaños y nos robamos el kit de cuchara, tenedor y cuchillo de plástico. El cuchillo lo usamos más tarde para cortar el mango que nos regaló el Nacho antes de fumarnos un pito porque Internet decía que era bacán (fue súper bacán, pero nunca sabré si el pito estaba bueno o lo del mango es real).

Entonces empecé a sacar cosas chicas, total, lo de que le cobraban lo robado a los empleados era mentira y grandes corporaciones que nos manipulan etc. El discursillo malo del Mati que es súper cuico pero se las da de hippie y dice que es vegetariano pero todo lo baña en salsa barbecue. Entonces, a un mino con el que salí le abrieron la mochila y le quitaron los audífonos que había “rescatado” para regalarme. Yo del ok market saqué manjar duro a mi hermana porque le gustaba.

El Javier un día me posteó un artículo en mi muro de Facebook que hablaba de unas minas inglesas que robaban millonadas de ropa y subían sus rescates a Tumblr. Al final del post ponían el total de lo que se habían robado, y los montos superaban los 500 mil pesos. El Javier puso kétchup: $350. Yo me paqueé porque tengo a toda mi familia en Facebook. En ese entonces yo solo robaba kétchup cuando comprábamos papas fritas, de esos sachets medianos. Las minas de los Tumblr se robaban ropa de Warehouse y de Topshop. Calzones al por mayor y maquillaje. Además, tenían una pestaña que te enseñaba a robar, te decía dónde estaban las cámaras y puntos ciegos de ciertos locales y dónde encargarse el imán súper poderoso que sirve para quitarle la alarma a cualquier cosa. El kétchup claramente no tenía ninguna alarma. En otro lado del Tumblr tenían un espacio para preguntas y respuestas. Después de la masificación de sus Tumblr por la red, denominados “El Bling Ring de Tumblr”, las niñas les preguntaban si no tenían miedo de que los pacos las rastrearan, la respuesta unánime era que la policía tenían mejores cosas que hacer.

Ese es el problema de robar cosas chicas: la ley tiene mejores cosas que hacer y es demasiado fácil.

El Javier se pone en la fila a esperar las papas fritas y yo voy por el kétchup. Al bolsillo del abrigo, a la manga del chaleco, a la cartera. Se siente súper inofensivo. Siempre he dicho que en las pegas que pagan mal hay que terminar de hacerse el sueldo robándose cosas. Una vez trabajé en un café y me pagaban miseria, pero me comía los pasteles a destajo, los que estaban medios añejos y no nos recomendaban vender. Tengo que haber subido 5 kilos ese verano. Después está robarse libros, que encuentro que es superiormente noble. Para qué hablar de piratear música. Si la idea es que tus ideas lleguen a todos, ¿o no? Una vez me encontré con el autor de un libro que me había robado en una feria piñufla en la que vendí libros de editoriales shúper. Le pareció bacán. Después me invitó a salir y en la mitad de la segunda cerveza me preguntó si era lesbiana, y si estaba segura de que no lo era. Estoy segura, le dije, y me robó un beso.

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Robar, no robar

Sobre el autor:

Julia Harvey

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