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Un héroe de la domesticidad, un ser humano perfecto

por · Noviembre de 2016

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A mediados del año 2013, un querido amigo mío, el poeta colombiano y Premio Nacional de Literatura de su país Fernando Herrera, me anunció la inminente visita de la esposa de Roberto Bolaño, agregando que ella quería juntarse conmigo y que estaba seguro, segurísimo, de que haríamos buenas migas. La noticia, por supuesto, me dejó lelo: nunca conocí en persona a Bolaño, no habría sabido cómo ubicarlo físicamente si hubiese estado vivo y ni qué decir tiene, de su consorte nada sabía y cuando digo nada no digo nada, porque jamás me ha interesado el estado civil de los escritores y por lo general tampoco sé sus edades, sus gustos, sus inclinaciones ideológicas o lo que sea. Y como se cumplía una década del prematuro fallecimiento del escritor, de alguna manera que me resulta difícil de explicar, me atraía la idea de reunirme con su viuda.

Así que la misteriosa mujer y yo quedamos de encontrarnos un día de semana, durante el mes de julio, pasado el mediodía. Le propuse vernos en la estación del metro Alcántara, le pregunté cómo la reconocería, le empecé a dar una somera descripción mía y habría seguido proporcionándole ese tipo de datos si no hubiera sido porque ella me cortó de raíz: te conozco y te ubicaré enseguida. Es lo que exactamente ocurrió en el momento en que hizo su aparición Carmen Pérez de Vega. Se trata de una dama alta, elegantísima, muy guapa y vivaz, de modales distinguidos, aunque un poco acelerados, quien, apenas hubo cruzado la barrera de salida de los pasajeros, se me acercó para darme un caluroso abrazo. Desde luego que yo también me habría dado cuenta al instante quién era ella, puesto que es poco frecuente hallarse, a esa hora, con un ejemplar del sexo femenino tan grato a la vista y aparentemente tan desenvuelto. Le propuse ir a almorzar en un restaurant cercano, ella aceptó encantada y debo decir que me cayó muy bien, impresión que se corroboró a medida que avanzaba la tarde.

Tengo que expresar y lo juro ante la Biblia o, para ser más laicos, prometo ante notario que yo no tenía idea de que Roberto Bolaño hubiera estado casado con otra señora, que no era, precisamente, la que yo tenía enfrente mío. Mientras pedíamos la comida, Carmen demoró menos de un minuto en ponerme al tanto: ella había sido la pareja de Roberto durante los últimos seis años de vida de él y no tenía ninguna relación con quien es la madre de sus hijos. Y había viajado a Chile invitada a dar un testimonio acerca de la persona del novelista, testimonio que se caracterizó por un nivel de discreción rayano en la clandestinidad. Evitó las fotos, se negó a dar entrevistas y, después de haber cumplido con su cometido, se había dado el trabajo de ir a Talca, Coronel y otros puntos fascinantes de nuestra geografía. La crisis económica la había obligado a volar a Bogotá, aunque estaba pensando seriamente en regresar a Barcelona. En ningún momento, repito, en ningún momento habló sobre la cónyuge legal de Roberto, aun cuando era evidente que le tenía miedo. Yo advertí ese temor por cierto grado de paranoia de su discurso, si bien, tres años y medio después de esta inolvidable velada, sobre todo teniendo en cuenta noticias recientes, tiendo a pensar que Carmen tenía motivos sobrados para albergar resquemores en torno a la eventual publicidad de su estadía entre nosotros.

La tranquilicé como pude, asegurándole que, por mi parte, podía tenerme toda la confianza del mundo, ya que ni a mi almohada le diría lo que ella me iba a decir. Me asiste la certeza de que al escribir estas líneas no la estoy traicionando, puesto que en realidad ninguna información me proporcionó que pudiese ser inculpatoria en contra de nadie. Yo esperaba, naturalmente, que Carmen me entregara conocimientos sobre los libros de Roberto Bolaño, sobre sus procesos creativos, sobre sus tendencias literarias, en fin, sobre lo que uno espera oír si se está hablando en torno a un autor célebre. Mis esperanzas resultaron por completo frustradas, debido a que Carmen se refirió, única y exclusivamente, a la personalidad de Roberto y siempre lo hizo en términos de puro encomio: era un hombre tierno, dulcísimo, generoso, con un sentido del humor divino, amigo de sus amigos, simpático a lo largo de todo el día, carente de toda malicia, sin defectos, en síntesis, un ser humano extraordinario.

No tenía por qué dudar de sus afirmaciones, aun cuando, forzoso es decirlo, si estábamos analizando al hombre, mejor dicho al personaje, me habría gustado escuchar una que otra cosa maldadosa, alguna gracia oculta e insólita que se refiriera al creador de Los detectives salvajes, Estrella distante o La literatura nazi en América. Mi posición, sin embargo, era bastante ambigua, por no decir insostenible. Tenía que creer, sí o sí, todo lo que Carmen quisiera relatarme y dado lo peligroso de su papel, tampoco podía someterla a un interrogatorio que me hiciera saber aspectos oscuros, enigmáticos, extraños en el carácter de su ex compañero. De modo que me resigné a una cadena de alabanzas sin fin, las que, para ser sincero, me agradaron, sin perjuicio de que me habría gustado mucho percibir una cantidad de ruido, algo desafinado. No obstante, como buena española, Carmen se mantuvo en sus cabales y yo no pude hacer nada para averiguar algo remotamente escabroso de quien concibió la tremebunda 2666. La única novedad que me proporcionó fue que Bolaño, antes de morir, pensaba radicarse en Chile, en una localidad que quizá era Chillán, Temuco u otra ciudad que hoy no puedo precisar.

Carmen insistió en algo que más tarde se confirmaría. Poco después de verme con ella, un editor chileno solo me habló maravillas de Roberto Bolaño, abundando en su infinita capacidad para amar al prójimo. Y en el año 2014, estando yo en Madrid durante el mes de febrero, el novelista argentino Patricio Pron, protegido de Bolaño, se había deshecho en loas alrededor de su persona. Claro que, tras una comida muy regada y visitar librerías donde hallé volúmenes inencontrables, Patricio fue menos cauto, muy poco menos, eso sí, que Carmen y el editor de marras: Bolaño habría abrigado secretas ambiciones de convertirse en una especie de árbitro de la literatura que se escribe en español. ¿Tiene o tenía esto algo de malo? Por cierto que no. Personalmente, no me considero ambicioso y creo que hay pruebas de ello; así y todo, mentiría en forma descarada si dijera que me da lo mismo que me lean o que no me lean, que me es indiferente la repercusión, por más insignificante que sea, que pudiese poseer lo que yo escribo. Por consiguiente, me parece perfectamente legítimo que un escritor dotado del enorme talento que exhibió Roberto Bolaño haya sido más bien ambicioso o incluso muy ambicioso. Es inevitable que quien detenta esos dones quiera transmitir su influencia, quiera que lo lean, quiera inclusive formar una cohorte de admiradores y fieles seguidores.

Aun así, me extrañó mucho la unanimidad de rasgos positivos que expresaron las únicas personas que conozco que conocieron a Bolaño. Pase con Carmen: mal que mal, lo acompañó en sus últimos y más difíciles años. ¿Y qué ocurre con el resto? Los textos de Bolaño, buenos, muy buenos, brillantes o no tan logrados, distan de reflejar un talante benévolo hacia la naturaleza humana. No he releído, por falta de tiempo o ganas, ninguno de ellos. Con todo, recuerdo claramente algunas historias que, por decirlo de modo suave, son muy crueles, muy duras, alarmantemente brutales. Esto no le quita ni le pone nada a su poderosa inteligencia narrativa. Lo mismo sucede con precursores suyos, tales como Stendhal, Proust, Kafka, Joyce o los poetas de la generación beatnik: lejos de edificarnos, nos chocan, molestan, incomodan, sacuden, hasta trastornan. Después de todo, eso es lo que esperamos de los autores excepcionales, a saber, que leerlos no sea como tragarse varias pastillas de diazepam o ravotril.

Ha transcurrido cierto tiempo desde mi cita con Carmen y por más que nunca esperé que me confesara secretos para llevármelos a la tumba, continúo intrigado ante una mujer que proclamó a un héroe de la domesticidad, un ser humano perfecto desde donde se le mirase. Para qué estamos con cuentos, algunos defectos tuvo que detentar Roberto. De nuevo, reevalúo lo que acabo de escribir y me digo que eso estuvo bien, que es completamente comprensible que ella lo aprobara con la máxima calificación.

La incógnita, sea cual sea, se mantendrá como tal y quizá sea lo mejor. Nunca sabré quien fue Roberto Bolaño. Para nuestra inmensa fortuna, dejó una vasta cantidad de poemas, relatos breves y novelas donde sí que podemos vislumbrar a un gran narrador, con altibajos, es cierto, pero al fin y al cabo un gran narrador.

Un héroe de la domesticidad, un ser humano perfecto

Sobre el autor:

Camilo Marks es novelista y crítico literario. Como reseñista, ha colaborado, desde 1988 hasta el presente, en diversos medios escritos. Es autor, entre otros libros, de La crítica: el género de los géneros y La dictadura del proletariado.

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