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Ruido, más ruido, mucho más ruido

por · Junio de 2019

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Hace cierto tiempo, la municipalidad de Santiago dictó una ordenanza según la cual prohibía la actuación de grupos musicales no autorizados en restaurantes, fuentes de soda, bares y sitios semejantes en esa comuna. Me pareció una medida muy acertada por lo que diré más adelante y, desubicado que soy, tuve la genial idea de publicar mi opinión en Facebook. Acto seguido, fui víctima de linchamientos, matonajes, acosos y toda clase posible de tropelías y episodios de bullying que uno pueda imaginar. Se me tildó de reaccionario, retrógrado, fascista, estúpido, clasista, ultraderechista, xenófobo, ultraconservador y hasta racista. Y conste que no dije nada más y nada menos que lo que acabo de poner, o sea, que se trataba de una regla racional y bastante conveniente; en otras palabras, pese a mi inveterado hábito de escribir demasiado, esta vez escribí muy poco, poquísimo, apenas dos o tres frases.

Debo declarar que, en principio, no tengo nada en contra de conjuntos que se ganan la vida, en la calle o en lugares cerrados, interpretando canciones, bailando, practicando malabarismos, haciendo acrobacias, luciendo como estatuas, caminando en zancos, golpeando percusiones en calidad de chinchineros, tocando organillos, berreando con trompetas, cornetas, trombones, haciendo chirrear arcos de violines o bien representando obras de teatro impromptu dondequiera que sea. Que cada uno se gane la vida como pueda y que cada uno haga lo que le dé la gana para conseguir unos pesos es aceptable, recomendable y hasta loable. Sí, lo es completamente, pero solo hasta un nivel, digamos, tolerable. Quiero decir que me parece perfecto que se arme bochinche mientras no se invada la privacidad ajena. O en tanto no se imponga, de modo invasivo, lo que a cualquiera de estos artistas se le ocurra, ni se desencadenen, a todo volumen, canciones que uno no quiere oír. Ni tampoco que se bailen danzas que uno no desea ver, que se lleven a cabo ejercicios que a uno le carga contemplar, en suma, que se nos obligue a ser espectadores de actividades en las que no tenemos el más mínimo interés. Y esto último es precisamente lo que acontece: estamos obligados, forzados, compelidos a participar, en calidad de público, en actos que no solo no nos importan, sino que, por decirlo de una manera suave, muchas veces incluso nos asustan o nos desagradan.  

Y sin emplear expresiones peores acerca de quienes nos exigen que participemos en sus números, a veces desempeñando un rol activo en esas multifacéticas actividades artísticas, la verdad es que, por lo general, se trata de funciones que nos agreden, nos perturban y nos hacen pasar muy malos ratos. En estos momentos debe haber, en Santiago y en el resto de Chile, cientos, miles de personas que, creyendo proporcionar un show de calidad, con suerte se limitan a mostrar un desparpajo y una desenvoltura admirables al producir chillidos, emitir sonidos indescriptibles, llenar el espacio del que disponemos con intranquilizantes y temibles gemidos, alaridos y guturales exclamaciones.

Urania Cabral, la protagonista de La fiesta del chivo (2000), de Mario Vargas Llosa, regresa a Santo Domingo tras una prolongadísima ausencia, que comenzó con el asesinato y derrocamiento del dictador Rafael Leonidas Trujillo en 1961. Y lo primero que le llama la atención en su ciudad natal es el ruido, el espantoso y omnipresente ruido que reina en cualquier parte a la que se vaya. Ella reside en Nueva York y, en comparación con la capital de la República Dominicana, la urbe estadounidense le parece un oasis de paz, un remanso de tranquilidad. Bueno, esa extraordinaria novela fue publicada hace casi 20 años y es bien posible que las cosas hayan cambiado desde entonces hasta ahora, porque lo que le pasó a Urania está lejísimos de parecerse a lo que me pasó a mí. Estuve en calidad de invitado, en el casco antiguo de Santo Domingo, hace muy poco y nunca sentí ahí ni la centésima parte de ruido que se siente en Santiago. Alojé en un hotel céntrico, donde no había televisores en ninguna de las piezas y quien quisiera observar la programación de la caja chica, debía ir a una sala donde solo había una pantalla para el que deseara seguir cualquier teleserie, noticiero, partido de fútbol u otra entretención por el estilo. Durante la semana en la que permanecí allí, ni una sola persona, repito, ni una sola persona se acercó siquiera a la mencionada sala. Mi hotel es el mejor de Santo Domingo y cabe en la clasificación de cinco estrellas plus. O sea, era lujoso, a todo dar, elegante sin artificios y entregaba todos los servicios imaginables sin ostentación y, sobre todo, proporcionaba silencio. Recorrí varias veces la primera ciudad fundada por los españoles en el continente americano y por supuesto que, por aquí y por allá, se bailaba salsa, vallenato y otros ritmos tropicales, pero eso sucedía fuera del sector histórico, protegido enteramente por una invisible muralla de quietud. Además, se hacía con respeto y con una actitud que me pareció increíble, pues los músicos y bailarines se detenían si es que pasaba un guía con un grupo de turistas. Cuando retorné a Santiago, lo primero que se me vino a la cabeza es lo mismo que pensó Urania Cabral en las páginas iniciales de La fiesta del chivo: cómo es posible que vivamos sin chistar en medio del estrépito, el estruendo, el bullicio sin sentido. Y es así en cualquier entorno donde uno acuda, sea abierto o cerrado, sea en parques, plazas, esquinas o bien en locales donde se come o se toman algunos tragos.

Para ilustrar lo que acabo de exponer, contaré la insoportable experiencia que tuve hace unos días. Salí a cenar con una amiga a un restaurante en las cercanías de Manuel Montt con Providencia, donde la comida suele ser buena y la atención esmerada. A los minutos de ponernos a conversar, se instaló, encima de nosotros, literalmente encima de nosotros, un acordeonista. Enseguida apretó las teclas e infló los fuelles para regalarnos “Bajo el cielo de París”, “La vie en rose, “Milord”, “La foule” y ya no me acuerdo cuántos temas más. Muy al principio, creímos que el tipo pararía y, tras las propinas de rigor, se retiraría a su domicilio o a continuar con sus baladas francesas en otra parte. Estábamos ciento por ciento equivocados, porque el músico siguió sin contemplaciones y, huelga decirlo, nos impedía hablar, nos impedía escucharnos, nos reventaba encima todo lo que se le antojara tocar. Mi amiga propuso que saliéramos a sentarnos a una mesa en la calle y nos quedásemos allí hasta que el ejecutante se fuera. Sin embargo, de nuevo erramos medio a medio, puesto que, una hora y media después, el sujeto seguía hinchando y deshinchando el acordeón y quizá lo siga haciendo hasta el día de hoy. ¿Qué hacer frente a un aprieto semejante? ¿Reclamar? ¿Protestar? ¿Alegar? ¿Quejarse a la administración? ¿Escribir un par de palabras en un inexistente libro de quejas? Estas preguntas son, por supuesto, absoluta y totalmente retóricas: nadie va a hacer nada ni, mucho menos, prestar atención a un par de viejos neuróticos que no saben apreciar lo que se les ofrece.

El panorama que se advierte en todos los locales al aire libre en la plaza Italia o sus alrededores, bordea en lo inenarrable, casi lo surrealista. Uno se sienta en una mesa y ya antes de que el mozo llegue con el pedido, se ha instalado un rockero o bien un cantautor, con amplificadores multidimensionales, quien, además, tiene por costumbre explicar las letras y el sentido de las canciones que va a aullar, tales como “Yesterday”, “Let it be”, “Bohemian Rhapsody”, “Plegaria del labrador”, “La jardinera”, “Gracias a la vida”, o lo que venga, que siempre resulta trillado o archiconocido hasta por niños impúberes. A continuación, comparecen los raperos, los hiphoperos, los reggaetoneros y todos cuantos promueven las divinas melodías que, a las personas que anden con la fortuna de hallarse ahí, les paralizan el pensamiento, el diálogo, la convivencia, el intercambio verbal y todo aquello que implique una sana disposición para situarse frente a otro u otros.

Este paisaje humano es infinitamente deplorable en el metro, en los buses, en los medios de transporte y, por descontado, en la totalidad del centro de Santiago. En el caso del ferrocarril subterráneo, los cultores del rap extremo, que siempre arman una batahola descomunal, cuando mucho pagan los boletos, ya que, como norma habitual, se meten por debajo de los torniquetes y transitan por kilómetros de kilómetros sin cancelar nada, para, entre estación y estación, beneficiarnos con su alarmante bulla. Si la locomoción colectiva de Santiago ha pasado a ser una pesadilla, esta se redobla en el momento de subirse dichos creadores que, además de agredirnos gratuitamente, de hostigarnos con su imparable alboroto, de dejarnos al borde de un ataque de nervios, lisa y llanamente actúan sin que les importe un cuesco la reacción de los demás.

En cuanto a los choferes de taxi, se trata, a todas luces, de una raza aparte. Manejan con la radio a todo volumen; si uno les pide que lo bajen, lo suben y en ocasiones, responden con gestos amenazadores o, como me ocurrió hace una semana, frenan de súbito y pegan un grito, ordenando que uno salga del vehículo. Esto es, por cierto, ilegal y nadie puede apremiar a los pasajeros en forma intimidatoria ni, mucho menos, expulsarlos de un auto que, se supone, realiza un servicio público.

¿Cuál es la solución? Aparentemente ninguna. Como lo he dicho y escrito en incontables oportunidades, creer que todo tiempo pasado fue mejor es un grave error y puede conducir a malsanos equívocos. Echar de menos es algo muy, muy personal: hay muchos que añoran a Pinochet, otros a la Unión Soviética, en fin, podría decir que Elvis Presley, Frank Sinatra o Lucho Gatica nunca serán superados y eso sería un disparate, tal como afirmar que la novela terminó con Cervantes, Dickens o Proust y la poesía culminó en Whitman o Neruda; en síntesis, fijarse en el pasado como la época de oro, siempre lleva a equivocaciones.

No obstante, con respecto al ruido, no cabe la menor duda de que, sobre todo en Santiago, nos encontramos peor si lo comparamos con lo que era una o dos décadas atrás. Ni por asomo estábamos a la altura de Buenos Aires, Río de Janeiro, México u otras urbes cosmopolitas y esplendorosas. Éramos mucho más modestos, más pacíficos, inclusive más arratonados, pero habían elementos encantadores, tal vez provincianos de nuestra capital, que a lo mejor se perdieron para siempre. Y una de las causas principales de este deterioro es que ahora hay ruido, más ruido, mucho más ruido.

Ruido, más ruido, mucho más ruido

Sobre el autor:

Camilo Marks es novelista y crítico literario. Como reseñista, ha colaborado, desde 1988 hasta el presente, en diversos medios escritos. Es autor, entre otros libros, de La crítica: el género de los géneros y La dictadura del proletariado.

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