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Shogún se acaba, pero sigue (o algo así)

por · Septiembre de 2015

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Cristián Heyne partió el día en el pasado, pero lo terminó en el futuro.

Es viernes por la mañana y estamos en Kinshasa. No en la República Democrática del Congo, sino en Ñuñoa. Así se llama el estudio de Cristóbal Carvajal, otro productor y músico, al que varios deben ubicar como el bajista chileno del grupo francés Holden.

Heyne y Carvajal se conocieron siendo alumnos del Liceo Experimental Manuel de Salas. Aunque su encuentro no es precisamente una reunión de ex compañeros, tiene un fuerte componente nostálgico. Están digitalizando cassettes de Shogún desde un portaestudio Yamaha MT120. Registros caseros de hace 20 años, de cuando Heyne aún vivía con su mamá, iba poco a la universidad y se grababa tocando con audífonos sentado en el comedor en una silla tipo Luis XVI.

Melómano empedernido, de los que siempre hablan de música con el entusiasmo de un cachorro, Carvajal entiende el valor histórico de esas cintas. Quiere que se editen de alguna forma. Para Heyne, en cambio, su significado personal plantea cierta incomodidad que resume en tres palabras: «Me da vergüenza».

Los cassettes de Shogún son varios; su contenido, diverso. Se trata de la previa al debut, Disconegro. Hay una versión antigua de “Con mi risa nadie sabe que me pudro” titulada “Tal vez es mejor es morir”, demos de “Hiperespacio infernal” y “Llorar mirando hacia el sol”. También ideas sueltas, como un instrumental en que el bajo suena idéntico al del tema de Seinfeld («no sé qué es eso, lo hice de aburrido yo cacho») o una base que podría samplear algún rapero oscuro como Cevladé.

Lejos, lo más llamativo es “Flamingo flamingo”, una hermana de “Disco baby” que toca las mismas teclas sensibles: disco, shoegaze. Le comento a Heyne que Playa Gótica, a los que había visto en vivo por primera vez un par de días antes, plantean algo relativamente similar ahora. Insisto en que vaya a la noche al bar-pizzería Cortesano, en Santa Isabel, a ver a otros grupos nuevos. Tocaban Chini and the Technicians, Amarga Marga, Paracaidistas y Medio Hermano. Allá cerró su viernes. En el futuro.

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Exijo una explicación

Desde Kinshasa, partimos a almorzar. Es hora de que conversemos sobre lo que motiva esta reunión: Manjar y Hielo, las carpetas («no son discos») de música inédita y sin terminar que lanzó en la segunda mitad de agosto con una semana de distancia.

Conozco a Heyne hace cinco años, desde que fui el periodista a cargo de la prensa del disco Mena de Javiera Mena. Después, me pidió ayuda para ponerle música a la película Bonsái, y hemos mantenido un diálogo, un respeto. Contar esto explica por qué me mostró el material de Manjar antes de lanzarlo, y por qué me sentí libre de explicarle que consideraba mejor separar las hojas de los cogollos. Era casi medio centenar de canciones.

Tuve cautela al decírselo. Intuía que para él era especial publicar algo así. Siempre he visto como un gesto de confianza que, de vez en cuando, pida mi opinión sobre versiones no definitivas de temas en los que trabaja. No olvido que una de las primeras cosas que me dijo fue que odiaba mostrar música a medio hacer, y por eso me extrañó este lanzamiento, cuyo nombre completo es Manjar – Cosas sin terminar 2004-2010. Encontré más raro aun, pero también honroso, que Heyne dejara finalmente la lista de temas que le sugerí.

Me intrigó tanta impulsividad viniendo de un tipo reflexivo. Una persona de paso y hablar lento que se ha tomado tiempo en producir discos ajenos (hay cuatro años entre Esquemas juveniles y Mena, por ejemplo) y también propios (El brujo le tomó un lustro). Eso de que es un obsesivo de los detalles no podría ser más cierto. Tengo fresca en la memoria una tarde, en Estudios Triana, en la que estuvo cerca de media hora decidiendo la forma en que haría entrar la batería —y con eso me refiero a los primeros tres segundos del instrumento— a una canción de Tío Lucho, parte del disco Innombrable.

Manjar apareció el lunes 17 de agosto, vía torrent. Sorpresivamente, el domingo 23 en la mañana, Heyne me preguntó si podía repetir el ejercicio con otra batería de canciones para sacarlas el lunes. Mis compromisos no dejaban que lo hiciera de inmediato, así que perdí el turno de curar la recopilación. Esa faena quedó en manos del propio autor. En efecto, al día siguiente ya estaba arriba Hielo – Cosas sin terminar 2010-2015.

Entonces, tenemos dos nuevos discos (o carpetas o lo que sea) como excusa para hablar.

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No vengo a vender

En el plano de las ideas, Manjar existe hace una década. Era tema de conversación con amigos. «Fue un disco abortado. Fuguet me decía que en la carátula debería poner un tarro de manjar, y yo pensaba que no porque quería el logo de Shogún en todas las portadas. Era la época de Se arrienda, y de la Javiera y el Gepe. Todo lo que hacía que no cuajaba en El brujo, que es el disco que estaba haciendo en ese tiempo, se iba a la carpeta de Manjar. Componía y componía, y cuando las canciones no tenían la dirección que quería, las dejaba ahí, botadas».

Así fue trazando una frontera. «Yo buscaba otro disco, acústico, con canciones sin batería, que no fueran oscuras. Las canciones de Manjar eran complacientes, creo. Había como cincuenta y quedaron las 17 que seleccionaste. Lanzarlas me remeció internamente porque hace tiempo que no sacaba algo. Al domingo siguiente, desperté y dije ‘tengo que sacar otra colección mañana’. Y salió Hielo, con las canciones más representativas entre 2010 y 2015».

El brujo tenía que ver con el influjo de John Fahey y su forma de abordar la guitarra. Manjar responde a otros llamados. Incluso acusa recibo del impacto que le causaron Gepe y Mena. «Me sentí muy tocado por las cosas que hacían ellos, con harto acorde, como Burt Bacharach o Brian Wilson. Yo tenía un modo de componer y de trabajar, y para mí fue súper refrescante conocer a Javiera y Gepe, ver que había gente que abordaba la música del modo en que lo hacían ellos. Creo que es la única vez en mi vida que he sentido una influencia tan positiva de gente cercana. Desde mi visión, me maravillé un poco y fui al lugar de donde venía esta música, y empecé a escuchar cosas que nunca antes había escuchado».

Con la posterior salida de Hielo, Heyne le puso lápida a un ciclo. «Fue sorpresivo para mí despertarme con la necesidad de publicar esto. Por torrent, por Dropbox, da lo mismo. Ya no está, ya no sigue oculto en mi disco duro, no necesito terminarlo ni siento que deba terminarlo, ya lo terminé. O no lo terminé, pero terminé esa etapa que no tenía sentido seguir prolongando. Hace rato que no conversaba sobre Shogún, y estas últimas semanas han sido como volver a encontrarme con eso, desde los cassettes con Cristóbal hasta el concierto que haré en noviembre. Al mismo tiempo, siento que hay algo que se acabó, que no va a poder seguir siendo. El otro día me junté con mi hija a escuchar las canciones que podría tocar en vivo. Son caleta, como 200, y las escuchábamos y me daba cuenta de que era muy reiterativas, canciones que son la misma canción, sobre todo el último tiempo. Y yo tiendo a creer que una forma de hacer las cosas no dura para siempre».

¿Significa que Shogún tiene los días contados? La pregunta es inevitable. «Shogún es algo que vive en mi cabeza», responde. «Lo pongo de otro modo. Llevo 20 años o más, desde que empecé, trabajando con la lógica de acumular material, sabiendo que tengo mucho material guardado. Ahora, por primera vez en 20 años, no lo tengo. Acabar con todo eso fue la razón para sacar Hielo. Ya no tengo más trucos», asegura mostrándome las mangas. «Desprenderme de eso tiene un valor personal, me importa ene. Va a ser difícil cachar para dónde va la micro ahora, pero me parece entretenido».

Sin una mochila en la espalda, Heyne cuenta que anda inspirado, que ha terminado nuevas canciones muy rápido. Enumera montones de proyectos que pide no mencionar. La arrebatada salida de material inconcluso tenía una razón de ser que le otorga simbolismo. «Hasta el 2004, no necesitaba ir al psicólogo. Hacía canciones y listo. Pero, por un momento, necesitaba hacer música y no la terminaba. Y después, como dejé de hacerla, pensaba que había perdido lo terapéutico, pero volvió a ser así. Volvió a ser terapéutico para mí esto que por años no lo era».

Me dice que le han pedido dar entrevistas en otras partes y se ha negado. Halagador, pero, en pos de la difusión, le comento que tal vez sería bueno acceder y hablar sobre Manjar y Hielo. Su respuesta me silencia: «Para qué, yo no ando promocionando nada».

Partimos a tomar café.

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Un show cada cierto tiempo

Así como le hace el quite a la prensa y realiza contadas apariciones, Heyne prácticamente no toca en vivo. La única vez que lo he visto sobre un escenario fue el año 2010, cuando cantó “Alfabeto” en el lanzamiento de Audiovisión de Gepe. El próximo 2 de noviembre, volverá para dar su propio concierto, ahora bajo el nombre de Shogún, en la Sala Master.

«Iba a tocar en noviembre del año pasado, pero se corrió», cuenta antes de que lo interpele en broma. «¡Se corrió un año entero!», le digo. Nos reímos. Heyne sigue: «Vamos a tocar con una banda que estamos definiendo… ¿vamos? ¿estamos? ¡Estoy hablando en plural! Shogún en plural. Shogún y yo».

Noto que para él de verdad todo esto es insólito. Que el prospecto de tocar en vivo consigue incomodarlo, aunque también lo estimula. Ubico a músicos de 21 años, la mitad de su edad, que se entusiasman menos antes de una fecha. «He tocado muy pocas veces en mi vida, menos de 20 ó 25, que es lo que otros tocan a lo largo de unos meses. No tengo tanta trayectoria en eso, pero necesito hacer un show cada cierto tiempo. Marca algún tipo de hito para mí».

Hay un evento en Facebook y entradas a la venta, pero eso no acalla sus reparos. «Nunca le agarré el gusto a tocar en vivo por los problemas técnicos, relacionados con la música, que se presentan. El tema de las pistas en vivo para tocar es un trauma desde siempre, desde 1988 cuando toqué con Christianes por primera vez, a los 15 años. Me ha tocado asistir el asunto de las pistas en vivo con Shogún, Glup!, Supernova, Stereo 3, Javiera Mena, Nicole, Marineros. Siempre es lo mismo, termino preguntándome cuál será el mejor modo de resolver la pista, y eso al final es parte de la asquerosa artificialidad de llevar al en vivo algún tipo de música».

Heyne discrepa del dogma rockista. De los que opinan que el concierto es la máxima expresión de la música. «Los conciertos son una constricción, un empequeñecimiento del sonido puesto sobre un escenario, un remedo. No me gusta eso. Su valor está en cualquier cosa menos en la música. Está en toda la gente escuchando una misma música, gente que no cabe en tu auto ni en tu casa, que no puede escuchar desde tus audífonos. ¿Tú crees que hay alguien realmente preocupado de que la amplificación sea la correcta? Con suerte hay alguien que conecta el micrófono para que llegue a la consola. Para de contar. A pesar de eso, igual hay músicos que llegan a emocionar».

Provocar sensaciones es el punto central para él. Dentro de un período breve de tiempo, me cuenta, tuvo tres momentos musicales que ni siquiera requirieron micrófonos para remecerlo: ver al grupo de fusión africana Baobab en la Ecoferia de La Reina, a la Banda Conmoción en el Parque de los Reyes y al curso de su hija cantando espontáneamente en una fiesta del colegio.

Aun así, Heyne aclara que jamás intentaría embotellar algo así dentro de un disco. «Una grabación es un sistema de modificación del sonido real. Nunca vas a poder capturar el sonido real y nunca vas a poder reproducir la corporalidad del sonido real, que es muy bacán por lo demás. La corporalidad de esto», dice antes de aplaudir. «Eso nunca va a quedar registrado, ni aunque uses sonido holográfico o lo que sea, al final son puras simulaciones».

Existe correlato entre lo que dice y cómo produce discos. «Yo nunca he estado de acuerdo con no intervenir las cosas. Me parece de una arrogancia sideral eso de ‘yo sólo tomo la foto como es y no la intervengo’. No comulgo con eso. ¿Qué te creís? ¿Dios? Tu registro siempre va a ser una mierda, aunque se convierta en un gran testimonio histórico, en algo para los sociólogos del mañana. Yo no hago el intento de registrar la realidad del sonido porque me parece una idiotez. Es como correr detrás de un espejismo. No se puede. Las grabaciones no son la realidad. No es un sonido real, sino artificial. A lo más, si empiezas a dominar mejor las técnicas de grabación, vas a poder registrar la emoción de la música».

De nuevo, para Heyne, todo se reduce a conmover. «Difiero tanto de los ingenieros de sonido. Creo que están equivocados en su búsqueda de la perfección sonora. No va para ese lado, va para otro. Lo que te emociona de la música no es que suene perfecta. Lo que te emociona de la música es otra cosa, y creo que, en ese camino hacia esa otra cosa, la intervención no tiene por qué quedar fuera. Steve Albini, métetela por la raja».

Shogún se acaba, pero sigue (o algo así)

Sobre el autor:

Andrés Panes (@panesandres) es periodista musical.

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