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Sobre Las homicidas, de Alia Trabucco

por · Abril de 2019

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Presentación del libro Las homicidas (Lumen, 2019), realizada el 20 de marzo en el MAVI y seguida de una conversación con la escritora Nona Fernández y su autora, Alia Trabucco Zerán.

Recuperar nombres: limpiarlos de una gruesa capa de olvido. Soplar sobre ellos, interrogarlos, inscribirlos en lugares nuevos, emanciparlos. Nombres teñidos de oscuridad: Corina Rojas, Rosa Faúndez, Carolina Geel y Teresa Alfaro. Alia Trabucco escribe sobre ellas, Las homicidas, a sabiendas de que no faltarán quienes se pregunten por qué, o lo consideren un error, “un innecesario desvío hacia un tema minoritario cuando recién despierta una frágil conciencia sobre quiénes son las víctimas mayoritarias del machismo”, anticipa. En tiempos en que nos remueve el dolor de las víctimas y las marchas y consignas nos recuerdan a las que murieron, ¿por qué recordar a las que mataron no solo a hombres, sino también a abuelas, niños, incluso lactantes? Es tan solo uno de los aspectos sorprendentes de este libro que apunta fino, mucho más allá del sentido común: la mujer es la silenciada y la asesinada por la sociedad, pero es también el sujeto jurídico construido por la falsa neutralidad de un discurso normativizador, parcial y jerárquico, que hoy como nunca debiera ser cuestionado. Alia Trabucco lo sabe y maneja sus materiales como si fuera una malabarista en medio de una lluvia de antorchas: a la dificultad de la pesquisa en los archivos y a las resistencias sobre un tema como éste, se suma la dificultad de pensar lo que parece una monstruosidad. “Era más fácil imaginar a una mujer muerta que a una mujer que mata”, escribe. Sí: para una gran mayoría es más fácil imaginar una mujer víctima que una victimaria. Pero Alia no solo quiere que las imaginemos, sino también que nos “veamos en ellas”, que pronunciemos “sus nombres sin temor”. ¿Que nos identifiquemos con ellas?

Más allá de investigar periodísticamente o intentar llegar a una verdad forense, incluso más allá de procurar entender individualmente sus historias, el análisis de Trabucco busca remover las representaciones que se hicieron de estas sujetos en los discursos sociales, políticos y culturales de sus respectivas épocas e incluso desde la contemporaneidad en que aún se citan sus crímenes con afán rememorativo o ejemplarizador. Para ello no solo pesquisa sino que, sobre todo, lee, desentraña los fallos judiciales, los indultos, el discurso periodístico y los ecos o huellas que estos casos dejaron en el quehacer artístico y literario.

La mujer es, como sabemos, un signo opaco en la ciencia de los hombres, y las historias silenciadas y distorsionadas de estas mujeres lo ponen de relieve como nunca: se trata de subjetividades irrepresentables para los medios y la sociedad de su época; incluso hoy serían radicalmente tergiversadas. El problema se remonta demasiado lejos: “Si Corina Rojas evoca a La Quintrala, y La Quintrala a Lucrecia Borgia, y Lucrecia Borgia a Medea: ¿hay una transgresora original? ¿Quién sería esa primera insubordinada? ¿La primera mujer?”.

Las homicidas ofrece cuatro aproximaciones biográficas a sus protagonistas, pero no es un libro autobiográfico. Para poder calar en el espejo desfigurado de la mujer criminal, en las voces de época, en lo que no se dijo, en lo olvidado, su autora emplea herramientas no solo del análisis y la crítica cultural. Es la propia escritura, es su subjetividad dialogando con los retazos de historias de ellas, la que opera en el texto. Así, cada uno de los capítulos del libro lleva inscrito un “diario”. En el caso de Corina Rojas, cuyo marido apareció apuñalado sobre la cama, se tejió una historia romántica sobre un crimen pasional en que intervenían múltiples actores (bruja incluida). Alia Trabucco escribe un “Diario de la búsqueda”, que relata las dificultades, entre otras cosas, de acceder hoy al archivo judicial en Chile, pero sobre todo, del itinerario que siguió este caso, en que abundaron los lugares comunes sobre la subjetividad femenina y su desborde amoroso, al punto de convertir a Corina en una especie de heroína folletinesca. En una línea muy distinta, narra también la historia de Rosa Faúndez y el llamado caso de “las cajitas de agua”. Para ello la autora escribe un “Diario del margen”: a diferencia de Corina Rojas, una mujer acomodada cuya historia fue cantada y representada en su tiempo, Rosa aparece como una paria silenciosa e incomprensible para sus contemporáneos.  “Nadie quiso hablar de esta mujer”, sostiene la escritora, procurando rescatar su nombre de los numerosos equívocos con que la prensa lo distorsionó, convirtiéndola, además, en una celosa patológica, ejecutora de un crimen “pasional”, dejando a un lado esa ira que fue también la de Medea y que dio forma a los acontecimientos, porque Rosa Faúndez no sólo estranguló a su pareja, sino que también lo descuartizó y dejó su cuerpo repartido en el Mapocho. Un crimen que solo después de la dictadura hallaría sus metáforas en la obra teatral Historia de la sangre, el trabajo de la artista visual Josefina Guilisasti y la pieza de danza “Lecturas de un crimen en tercera persona”, de Andrea Torres Viedma. En el caso de María Carolina Geel hallamos, anexo a la famosa historia del asesinato en el Hotel Crillón, un “Diario del silencio”, que ilustra el hermetismo con que esta escritora de mediados de siglo disparó a quemarropa sobre su amante. Su mutismo exasperó a los jueces que insistían en buscar su confesión; Trabucco compara esta historia con otra que narra Foucault y que revela hasta qué punto no se juzga al crimen, sino a la persona que lo realizó, en este caso una “autora” criminal y literaria que también transgredió los límites con la escritura de Cárcel de mujeres, en pleno proceso judicial. Finalmente, un cuento y el “Diario de una ficción” acompañan la historia de Teresa Alfaro, empleada que mató a los tres hijos pequeños de sus patrones. En estos textos Trabucco proyecta y explica su deseo de escribir sobre esta mujer, nunca abordada en obras literarias o artísticas hasta el momento. Supone que fue ante todo la rabia lo que la llevó a matar, y aunque parezca de sentido común, explica cómo ese sentimiento puede llegar a ser lo que impuse a una mujer, a despecho de la ley nunca escrita, por la que los hombres nos han impuesto a las mujeres que seamos tiernas, maternales, generosas, alegres y dóciles. Trabucco enfrenta en este caso el conflicto de clase social que indudablemente impactó en la historia de Teresa Alfaro, un conflicto sobre el que nada se dijo, curiosamente, durante un juicio desarrollado en los años 60, en una sociedad atravesada en ese entonces por los discursos políticos y la tensión de la lucha de clases. Escribe Trabucco, a partir de los testimonios y archivos hallados sobre este caso, que nadie pudo o quiso ver el resentimiento o la rabia de Alfaro, obligada por la familia con la que convivía, sin ser parte de ella, a dejar al hombre que quería y realizar tres abortos, como condición para poder seguir trabajando en esa casa. No es que la autora desee “justificar” por ello su crimen atroz: solo busca exponer hasta qué punto la sociedad de su época estereotipó la conducta de la empleada, divulgando la teoría de un posible triángulo amoroso y achacándole el consabido móvil de los celos pasionales.

El ejercicio de Alia Trabucco es posible solo en y por la literatura: una biografía suele ser también la proyección de su biógrafo. De sus dudas, de sus anhelos. En este caso la autora se queda con las mujeres infames, las abyectas, las parias. Las que nos dejan perplejos. Con sus cuerpos, sus gestos, sus manos a veces escondidas, nerviosas, apabulladas. Se queda con las que no parecieran merecer ningún recuerdo. Las violentas, las asesinas. Sabe que para eso debe “reentrenar el oído para escuchar el eco de sus disparos”. Por eso escribe los distintos “diarios” que integran el libro. Es un ejercicio de escucha. Como si desde el margen de estas mujeres, fuese posible interrogar otras muchas marginalidades, definir otras voces y entender los modos en que la sociedad normaliza toda esa multiplicidad. En este sentido, que en la portada de Las homicidas veamos un revólver no es gratuito: el libro es, en sí mismo, un arma. La lectura de Alia Trabucco es un método, un aliciente para seguir preguntándose por los modos en que la prensa y la opinión pública siguen construyendo a las mujeres en su cotidianidad, pero muy especialmente en ese límite violento que ocuparon las mujeres de este libro.

Las homicidas activa la sospecha, la pregunta, la crítica. A través de los relatos parcelados de sus protagonistas, los recortes de prensa, las fotografías, nos dirige a lo más hondo del inconsciente, allí donde nos habitan la violencia, el dolor, la rabia, esos sentimientos del todo políticos, necesarios para movilizarnos en la lucha contra la inequidad. Una pelea que debiéramos dar no solo por las que han muerto, sino también por todas las otras que quedaron abandonadas al medio del camino, las que se perdieron a sí mismas en sus propios laberintos, pero también en los laberintos creados por otros, a perpetuidad.

Sobre Las homicidas, de Alia Trabucco

Sobre el autor:

Lorena Amaro es doctora en Filosofía (Estética) de la Universidad Complutense de Madrid y académica del Instituto de Estética de la PUC.

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