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Stomp

por · Abril de 2019

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Cuando hago clases a un curso más bien remolón, más bien poco entusiasta, suelo recurrir a un arma infalible, un arma que no deja indiferente a nadie, que electriza a mi auditorio y que, a pesar de que se trata de una especie de ceremonia sagrada que he contemplado en innumerables oportunidades, también me produce dicha, ganas de vivir, deseos de ponerme a saltar o bien tirarme por la ventana como si supiera volar. Tengo un horario infame, casi inmediatamente después del almuerzo. Y con toda razón mis alumnos están somnolientos, abochornados, cansados, en suma, sin disposición alguna para escuchar a alguien que, por más que se esfuerce, no logra sacarlos de su estupor. Así que les hice bajar la pantalla que conecta a Internet y designé a un jefe de gabinete para que se hiciera cargo del aspecto técnico y buscara lo que les iba a mostrar. Se trataba de algo que, estaba seguro, segurísimo, los iba a encandilar. Vale la pena dejar constancia de que llevo años enseñando en esa universidad y todavía no logro manejarme en lo más elemental de la actual tecnología; por lo visto, ya se me pasó el cuarto de hora y nunca conseguiré apretar las teclas correspondientes o llevar el cursor adonde tiene que dirigirse.

El milagro se produjo de inmediato. El milagro trastornó enseguida a toda la concurrencia y la convirtió en caras fanáticas, ávidas, conscientes de que estaban asistiendo a un fenómeno único. El milagro se llama STOMP y hay que verlo para creerlo. El milagro nació a comienzos de los 90 en Brighton, al sur de Inglaterra, ha dado la vuelta al orbe y ahora se ha instaurado, al parecer en su último año de representaciones, tras cinco lustros a tablero vuelto, en el teatro Ambassador’s de Londres. El milagro es tan increíble que se hace imposible una descripción cabal de él, puesto que en el aspecto visual, en lo tocante a la música, en lo referido al reino de las sensaciones estéticas, no tiene igual en el resto del planeta.

El milagro se llama STOMP, pero, en el fondo, es el milagro del cuerpo humano. Y es, también, el milagro de las infinitas posibilidades que posee la cultura popular cuando se funde momentáneamente con lo clásico, permaneciendo en todo momento apegada a las raíces urbanas y plebeyas del arte en nuestros días. Por último, el milagro de STOMP consiste en un hecho paradójico, aunque muy relevante y significativo: de haber sido un grupo que se formó de manera provisoria, sin mayores ambiciones de llegar a escenarios importantes, consiguió establecerse por un prolongado período, en realidad por el tiempo que dura una generación -15 años-, en uno de los sectores más exclusivos de la capital británica. Y STOMP se instaló en un local que da justo enfrente de otro que, con razón, causa temor en todos aquellos que intenten realizar un espectáculo en las cercanías: el St. Martins Theatre, donde La ratonera, de Agatha Christie, lleva 67 años en cartelera.

A primera vista, STOMP no tiene nada de glamoroso y quizá ahí está la gracia suprema de esta producción, que, iniciándose de manera un tanto tosca, va creciendo en elevadísimos niveles de sofisticación. Los integrantes del equipo son ocho: dos mujeres y seis hombres. En un comienzo, los encontramos desaliñados, desarrapados, incluso nada de atractivos. Pero al fijarnos un poco más, notamos algo peculiar: las dos damas, ambas de raza negra, son bellísimas y disimulan la perfección de sus figuras con la misma ropa de siempre: poleras gastadas, zapatillas a mal traer, cintas para el pelo que parecen haber sido compradas en un baratillo, uno que otro colgajo indescriptible. Los hombres tampoco salen muy bien parados en una inspección inicial: bototos enormes y se diría que nada de prácticos, camisetas ajustadas o demasiado sueltas, bombachas o shorts a media caña, adornos indescifrables, primando un descuido generalizado. De nuevo, nuestro juicio preliminar erró por completo. Uno de los integrantes es jamaicano, lleva el abundantísimo cabello recogido en trenzas rasta, está dotado de una poderosa musculatura y presenta la apariencia de un físicoculturista. Es, desde luego, un ejemplar del sexo masculino escultural por donde se le mire. Otros dos, de tipo latino, presentan rasgos que cualquiera se los quisiera para lucirse donde fuese, pese al carácter andrajoso de su vestimenta. En cuanto a los ingleses… bueno, siendo muy caritativos, habría que decir que hacen todo muy bien y son muy expresivos. Uno es un rubio flaco como palillo, que pasaría desapercibido dondequiera se encuentre. Otro, también de apariencia gringa, tiende a gesticular demasiado o esa es la impresión que da, hasta que lo vemos moverse. Por último, tenemos a un gordo temible, tatuado hasta la coronilla, con distintivos tribales atemorizantes y una disposición corporal agresiva, que se va incrementando a medida que la función progresa.

¿Qué razón han tenido los creadores de STOMP para elegir a estos actores tan disímiles entre sí? Imposible saberlo, a menos que tengamos en cuenta el talento y me atrevo a decir que hasta el genio de estos intérpretes. Desde luego, hay un hecho indudable: los descendientes de africanos y los hispánicos son, sin excepción, ejemplares humanos magníficos, dotados de una gallardía que se percibe al poco rato. Y los tres británicos corresponden a lo más fome que se pueda imaginar en el terreno de la exterioridad visual. Por descontado, no se trata de racismo al revés: los morenos serían lindos y los paliduchos serían feos. Entonces, independientemente de su corporalidad, tenemos que llegar a la conclusión de que cada miembro de STOMP está ahí por su destreza, su férrea disciplina, su preparación y la cuasi inconcebible coordinación que muestran en cada número, cada vez más difícil, cada vez más intrincado, cada vez más elaborado, hasta el punto de dejarnos, una y otra vez, con la boca abierta.

No son bailarines, pero bailan como los dioses; no son cantantes, pero el canto es impracticable en STOMP, salvo esporádicas exclamaciones guturales; no poseen antecedentes teatrales, pero basta con mirarlos para sentir que estamos ante artistas consumados de las tablas. En suma, forman parte de esta experiencia irrepetible, inclasificable, fuera de serie que es acudir a una actuación de STOMP. He tenido la inmensa suerte de verlos en vivo en un par de ocasiones y siempre he salido con el ánimo tan en alto que poco me ha faltado para ponerme, yo mismo, a hacer ejercicios mortales en la calle. La comunicación que establecen con el público es tan irresistible que nadie sale incólume luego de participar en la transfiguración de estos jóvenes de barrios proletarios en virtuosos deslumbrantes. Bueno, y a falta de la posibilidad de ir al Ambassador’s, queda el video, que se puede bajar fácilmente de Youtube para admirar a STOMP hasta que nos dé puntada. Prefiero, obviamente, la versión londinense a la neoyorquina, no porque sea la original, sino debido a que los norteamericanos ponen un excesivo énfasis en las volteretas y las cabriolas.

Lo que hacen es música y quizá bastaría con esa palabra para explicar lo inexplicable. No obstante, la música que generan no se puede escuchar ni ver en ninguna otra parte que no sea el proscenio en el que STOMP ha sentado sus reales. La escenografía es tan básica que bordea en la pobreza, aunque ahí está quizá la magia de lo que veremos: hacia el fondo, un par de recipientes de bencina enormes, un cortinaje raído, letreros de sitios donde han estado, como la Acrópolis de Atenas o el Coliseo romano. Y es así porque necesitan espacio, mucho espacio para sus desplazamientos. Con todo, da la impresión de que en un teatro convencional trabajan mucho mejor para la menos convencional de la representaciones.

Se ha hablado mucho de los instrumentos que usan y que, sin lugar a dudas, constituye la parte más singular de lo que lleva a cabo STOMP.  Tarros de basura, escobas, plumeros, bolsas plásticas, cajas de fósforos, lápices, encendedores, lanzas y palos, hojas de diarios, lavaplatos, tachos con un pedal para levantarlos y echar papeles, bolsones de arena, hasta carros de supermercados u otra infinidad de objetos cotidianos, les sirven para ir formando un crescendo musical de elevada intensidad y de incomparable magnetismo. Aun así, con cualquier cosa puede crearse ritmo y bailar, brincar, luchar al compás de ese ritmo para los integrantes de STOMP. Sin embargo, hay mucho más. Estos hombres y mujeres que a ratos desafían la gravedad, también musicalizan los distintos miembros de sus cuerpos, como las palmas de las manos, las muñecas, los huesos de los dedos, los crujidos de los dientes, las coyunturas de brazos y piernas, las pisadas con zapatones. En fin, lo que sea que hagan con cualquier parte de la limitada estructura del cuerpo humano, se transforma en una percusión vibrante, en un ostinato desatado, en temas armónicos que jamás se habían visto en las tablas u otro entorno dedicado al montaje de un ballet, una ópera, un drama. STOMP debe durar entre una hora a una hora y media, por lo que la resistencia, unida a la perfecta organización de cada una de las rutinas, resultan admirables, impactantes y, nuevamente, nos dejan con la boca abierta.

Y es que, aun cuando suene muy repetitivo, nada hay en el mundo como STOMP. De modo que, cuando los estudiantes se aburren o son incapaces de desprenderse de sus celulares, la receta infalible que recomiendo para librarlos de su abulia es mostrarles la grabación de STOMP, que les producirá alegría de vivir y un asombro que perdurará por largo tiempo.

Stomp

Sobre el autor:

Camilo Marks es novelista y crítico literario. Como reseñista, ha colaborado, desde 1988 hasta el presente, en diversos medios escritos. Es autor, entre otros libros, de La crítica: el género de los géneros y La dictadura del proletariado.

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