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Sí, estoy cambiando

por · Marzo de 2016

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Todo el verano, Tame Impala hasta en la sopa.

Bajé el último disco de Rihanna y traía un cover de “New person, same old mistakes” que, salvo algunos retoques, prácticamente dejaba intacta la base original, acaso un gesto de aprobación a Kevin Parker y su lectura del pop. Entrevisté a Velódromo, el grupo que firmó el mejor EP chileno del año pasado, y uno de sus guitarristas me dijo que no podía dejar de escuchar Currents. Leí revistas de música y ahí aparecían, citados como influencia de algunos de los debutantes que más me interesaron: Olivier Heim y Sunflower Bean; el primero es un solista que obedece su pauta sonora en el excelente disco A different life, los segundos son unos neoyorquinos que titularon “Tame Impala” uno de sus primeros singles.

Fin del verano, Tame Impala en Chile.

Pocas cosas tan interesantes como la música con aura de trascendencia. En este momento, Tame Impala señala el rumbo: lo que vimos el sábado en Lollapalooza va a servirle de plantilla a otros. Pasará independiente de nuestras opiniones sobre la calidad del grupo o sobre la importancia de ser original. A mí, por ejemplo, me tiene sin cuidado que alguien imite a Tame Impala. Tampoco me interesa si Tame Impala imita o no. Ese rollo de la retromanía, aunque interesante, es como el hilo negro: Lester Bangs se quejaba de que Chrissie Hynde de los Pretenders le copiaba la forma de cantar a Sandie Shaw y de que los Clash se copiaban a sí mismos ¡en 1980! Simplemente existe una influencia detrás de cada músico. De Elvis llegamos a Chuck Berry, de Chuck Berry llegamos a Sister Rosetta Tharpe y así.

Qué buen modelo a seguir es Kevin Parker, además. Muy versátil. Cuando ejercitó su músculo glam rock en “Elephant”, recordé lo similar que me parecía Tame Impala a Wolfmother en un comienzo: ambos australianos, del sello Modular, revivalistas a morir, básicamente proyectos solistas de lobos solitarios algo inestables. Al final era solo una de las numerosas facetas de Kevin Parker, un azulejo dentro de un enorme mosaico que todavía no está completo y cuyo diseño seguimos descubriendo. En el polo opuesto, “Eventually” es synth pop a la usanza 10cc, abordado en vivo con suma detención en el uso de los efectos apropiados para reproducir la impronta hiper texturada de Currents, un detalle en el que nunca flaquearon.

Mientras resplandece “Yes I’m changing”, tiendo a pensar que en esa canción se concentra todo lo que está bien con Tame Impala. Su letra, de obvia lectura sentimental, también se puede interpretar como un mensaje dirigido a sus seguidores: «Sí, estoy cambiando (…) y si no piensas que es un crimen, puedes venir conmigo». Musicalmente, se rinde ante el soft rock, un estilo que Parker señalaba entre sus preferencias desde mucho antes de incorporarlo a su caja de herramientas, así como Gepe hablaba sobre la bachata años antes de grabar una. En las páginas del archi recomendable Your band sucks: what I saw at indie rock’s failed revolution (but can no longer hear), el autor Jon Fine le da tribuna a James Murphy de LCD Soundsystem para que patalee sobre el común hábito de citar influencias que no se notan: «Como todos en el indie rock piensan que son un pequeño y precioso copo de nieve, muchos claman ser únicos, pero eso choca con los hechos. “Solía meterme en discusiones con bandas”, recuerda Murphy, “una aseguraba no escuchar nada, solo Edith Piaf y yo les decía ‘¡pero si suenan a Slint! ¡Ustedes no hacen música de cabaret!'”.» Desde el momento en que Kevin Parker dejó aflorar su sensibilidad pop, después de afirmar hasta la saciedad que era fan de Britney Spears y Michael Jackson, Tame Impala rompió esa mala costumbre y se pegó un estirón creativo que ilusiona sobre su futuro. Todo por hacerle caso al gusto personal. En un mercado lleno de farsas musicales, ese tipo de honestidad es la que hace la diferencia.

Tame Impala

Sí, estoy cambiando

Sobre el autor:

Andrés Panes (@panesandres) es periodista musical.

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