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Lo que pudo haber sido

por · Abril de 2019

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Noto varias semejanzas entre Tatiana Bustos y Mon Laferte. Las dos comenzaron como baladistas, gozaron de exposición en medios y se hicieron conocidas. Insatisfechas en lo artístico, ambas reformularon sus carreras y cambiaron de piel. La diferencia es que Tatiana Bustos surgió en los noventa, se quedó en Chile y terminó retirándose de la música. De haber partido a México, tal vez sería más exitosa que Mon Laferte. Lo digo porque la ex Rojo llegó a ese país siendo una desconocida, pero a Tatiana Bustos la esperaban con los brazos abiertos: la audiencia azteca estaba interesada en ella, así como el manager de los mismísimos Café Tacvba.

El medio local fue menos receptivo. El nombre de Tatiana Bustos cargaba el estigma de la música romántica. Fogueada en festivales escolares y en pubs, se dio a conocer al quedar segunda en Viña 93 (el año en el que Shakira salió tercera), representando a Chile con la canción “Sinceridad”, que sería también el nombre de su disco debut, del que se desprendieron singles de alta rotación radial y se vendieron 12 mil copias. Cinco años después, volvió convertida en una rockera de sensibilidad feminista con Las hijas de Eva. Los pocos comentaristas musicales de aquel entonces no le perdonaron su pasado: prefirieron masacrarla antes de comprenderla.

De contenido sustancioso, Las hijas de Eva es un disco que plantea conversaciones todavía pendientes en nuestra sociedad. En general, habla sobre las ramificaciones del machismo. Critica la prohibición de abortar libremente, denuncia injusticias como el maltrato doméstico o el desprecio intelectual hacia las mujeres, aborda asuntos como la autoimagen y los estereotipos de belleza. La prensa nacional, miope como de costumbre, no le puso mayor atención a lo que Tatiana Bustos decía. Tampoco se reparó en la hechura del disco, clínicamente producido por Juan Andrés Ossandón y con la participación de avezados músicos como el batero Cote Foncea (actual Lucybell) o el guitarrista Gerhard Wolleter (hoy en BOA).

Más allá de la promoción del sello, salvo por un par de nominaciones al desaparecido premio APES, fue poco lo que pasó orgánicamente en Chile con Las hijas de Eva, mucho menos difundido que “Sinceridad”. En México y Perú, donde ignoraban que Tatiana Bustos había sido baladista, despegó con fuerza el single homónimo del disco, pero el impulso no alcanzó para que la cantautora siguiera adelante. Con la excepción de un fugaz regreso en la competencia de Viña 2002, nunca más se supo de Tatiana Bustos. Como muchos de sus contemporáneos, ni siquiera dejó una huella digital: la única forma de escucharla es en baja fidelidad a través de YouTube o mediante links de descarga en alguno de los benditos blogs que piratean música chilena.

Intrigado, salí a buscar a Tatiana Bustos en el mundo real. La encontré en un edificio de Provi por el que entra y sale gente bien vestida. Llego en ascensor a su oficina, donde trabaja como jefa de proyectos bilingües para una red internacional de colegios privados. Aquí ninguno de sus pergaminos musicales vale tanto como el cartón de profe de inglés que obtuvo en el Peda a fines de los ochenta . Desde su escritorio, me saluda ejecutivamente. Después de obsesionarme con lo que le pasó, no puedo creer que por fin estoy al frente suyo. Lo único malo es que este lugar es demasiado formal para mi gusto y me siento como en una entrevista de trabajo, pero voy al grano cuando ella me informa que tiene poco tiempo.

–Cuéntame cómo se dio tu cambio entre “Sinceridad” y “Las hijas de Eva”.

–Lo que pasa es que siempre me gustó el rock, desde que estaba en el colegio. Primero Led Zeppelin y Aerosmith, y después Nirvana y todo el cambio que trajo Kurt Cobain, un genio. También me gustaba leer libros de mujeres, sobre todo latinoamericanas como Isabel Allende o Ángeles Mastretta. En los años que separan al primer disco del segundo, me pasaron hartas cosas. Empecé a escuchar muchas historias de amigas mías y en general de mujeres. Algunas tenían parejas que les decían “tú eres muy tonta para entender esto”, otras se iban con hombres que les prometían el cielo y la tierra y después las trataban pésimo. Ahí me di cuenta de que faltaba apoyo en esas situaciones, una no sabe qué hacer ni dónde ir. Imagínate hablar de aborto en esos años, te condenaban por mencionarlo. Así empecé a escribir Las hijas de Eva, leyendo y escuchando a otras mujeres, y también mirándome mucho a mí misma.

–Tu sello te promocionó como «la Alanis latina».

–Una tontera.

–Y las críticas negativas que recibiste, ¿a qué apuntaban?

–Me cuestionaban por venir de las baladas, también ponían en duda que yo fuese la autora de mis propias canciones. Eran críticas basadas en prejuicios hacía mí, nunca vi un comentario atacando la calidad musical del disco y aun así decían que era uno de los peores del año. De las mujeres que me entrevistaron en ese tiempo y de mis colegas, ninguna dijo algo malo, pero lo trataron muy mal en la Zona de Contacto de El Mercurio y también en La Tercera, donde escribían puros hombres. Todo eso me produjo un rechazo, un alejamiento de la música, por eso después me dediqué a lo que había estudiado y a componer para otros, como Myriam Hernández.

–Debe haber sido duro que ni siquiera la factura del disco fuese apreciada en esos medios.

–Imagínate, y eso que yo tenía un gran equipo de trabajo. Estaba Juan Andrés Ossandón, un buen partner, con el que nos ayudábamos a salir mutuamente del estancamiento creativo. A veces no sé qué partes de los temas son suyas y qué partes son mías, solamente tengo claro que las temáticas siempre venían de mí. Los músicos que nos acompañaron eran jóvenes y querían brillar, estaban comprometidos y les encantaba lo que hacían, eran excelentes músicos y por eso les sigue yendo bien. Eran todos súper rockeros, les encantaba tocar fuerte, lo pasábamos increíble. Cuando tocábamos en vivo, algunas personas quedaban impactadas con la calidad de la banda.

–Tu trabajo fue más valorado afuera.

–Sí, tuve que ir a Perú porque tenía el número uno. En México, ‘Las hijas de Eva’ también llegó a los primeros lugares, pero nunca fui para allá, aunque hicimos varios contactos y teníamos considerado hacerlo.

–¿Qué pasó?

–Yo quedé embarazada poco después de sacar el disco. Mi vida sufrió un cambio enorme y me vino una depresión, cosas que no se pueden manejar porque son biológicas. Me sentía muy triste y no recibí bien las críticas que me hicieron.

–Si vieras a una cantautora joven en un trance parecido, ¿qué le aconsejarías?

–Que se vaya de Chile a probar suerte en otro lado, como lo hizo Mon Laferte y como debería haberlo hecho yo, aunque eso no garantiza que resulte nada, no a todos les funciona, pero al menos hay que intentarlo.

–¿Qué impresión tienes de Chile?

–Por mis viajes, sé que estamos mejor que en otros países donde se ven cosas espantosas, como niñas de trece años vendiéndose en restoranes a hombres mayores, sentadas en su piernas a vista y paciencia de todo el mundo. Pero acá no hemos logrado superar la mentalidad provinciana, nos tratan como si fuésemos cabros chicos. Para hacer algo, hay que esperar la autorización de otro. Creen que legalizar el aborto significa tener niñas haciendo fila en los hospitales, piensan que las mujeres necesitamos supervisión permanente, especial. Pero nosotras sí sabemos para dónde vamos y sabemos que necesitamos más libertad. Todavía no se habla lo suficiente sobre machismo, acoso, violencia intrafamiliar.

–¿Había una agenda política o ideológica detrás de “Las hijas de Eva”?

–No, fue algo instintivo hablar de todo eso, era lo que yo veía como mujer, no tan distinto a lo que pasa ahora.

–¿Qué crees que pasaría con el disco si hubiese salido el 2018?

–Sería todo muy diferente, creo que las letras hubiesen logrado mejor recepción, aunque supongo que hubiese tenido que dar las mismas explicaciones de antes por venir de la música romántica. Cuesta sacarse esa imagen de encima, a la gente le cuesta entenderlo, y eso que todos cambiamos y crecemos.

–Hablando de cambiar y crecer, se nota que te va bien acá y me alegro. No tenía ganas de escribir la historia de “la pobre Tatiana Bustos”.

–Acá soy jefa de jefas, estoy a la cabeza de un programa gigante que me tiene viajando por todo el mundo. En la educación, encontré un camino para desarrollarme plenamente. Me encanta el aprendizaje y trabajar con niños, creo que así se forman mejores ciudadanos y eso es lo que va a sacarnos adelante como país.

–Bacán. Igual tengo que preguntar esto: ¿no te dan ganas de volver a la música?

–¡Hasta el día de hoy tengo ganas! Sigo trabajando en mi iPad, haciendo canciones en GarageBand cuando tengo tiempo y ando inspirada. Soy una cantautora, es la forma en la que me expreso.

–Con la perspectiva que da el tiempo, ¿qué sacaste en limpio de tu experiencia?

–Me dio mucha lata y me costó perdonar todo, fue duro recibir tanta negatividad por un proyecto en el que se puso tanto amor. Yo no quería saber nada sobre música después de eso, me cuestionaba a mí misma, creía que no era buena, que no tenía dones, sentía que no encajaba. Después vino mi hijo y me puse a pensar en otra cosas, en no tener isapre, en comprar leche. Seguí mi camino y ahí está, ese camino estaba en esta otra carrera, y desde aquí pude perdonar y perdonarme a mí misma por no haberme ido. Las cosas pasan por algo y punto. Por ahora, me encantaría que Las hijas de Eva esté en iTunes y Spotify. Ahora lo escucho y pienso que es un muy buen disco.

Lo que pudo haber sido

Sobre el autor:

Andrés Panes (@panesandres) es periodista musical.

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