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Un libro dedicado por Patti Smith

por · Abril de 2016

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Somos 25 personas. Es un miércoles de abril y hace calor en París. El francés que está antes que yo se trajo una silla plegable. Avispado. Faltan cuatro horas para que abran la puerta y una más para que comiencen las firmas. Dos minutos después de haber llegado dejo de ser el último en la fila.

13:47
No ha pasado media hora y ya somos el doble. El francés se convirtió en el vocero oficial del evento. Con rostro imperturbable y monosílabos responde que «oui, oui», que es la fila para la firma de libros que hará Patti Smith.

Aún falta para que eso suceda. Ahora llegó Moe D que es de Nueva York. Me pide que le guarde el puesto porque va al baño, dice, y a comprar algo de almuerzo, porque no ha comido nada. Se va y tengo un nuevo vecino. No le pregunto su nombre e intercambiamos siete frases intrascendentes mientras nos fumamos nuestros tabacos. El inglés es de los setenta y de un pueblo que empieza con Bé. Tiene una boina gris. Fumamos y nos reímos de nada. De la espera, supongo. Creo estar seguro de que nos emborrachamos juntos alguna vez, pero es imposible.

14:03
Somos más de ochenta. Nos acercamos rápido al número límite impuesto por la Librairie Gallimard: 150. Pasa un tipo y pega unos papeles en la pared al frente mío, debajo de un póster sobre una charla de la «democracia» yankee, Tocqueville y no sé qué más.

14:17
Volvió Moe D. Vive hace años entre París y Champagne en una granja con su marido, dice. Es artista, pinta retratos y ahora lo hace con spray sobre unas cajas bio. Hizo un retrato de Patti Smith gigante, dice, y me muestra fotos. Un día entró un australiano a la galería donde vende sus cuadros. «Su nombre es Harry Beever», me dice y se retuerce de la risa, «en inglés suena como vagina peluda», ríe de nuevo. «Le voy a entregar una carta a Patti Smith y sé que si ve que el tipo se llama Harry Beever, la leerá». Trato de reírme, pero no funciona. Me gustan los chistes cortos y fomes pero en castellano. Como el del pez más seguro, el más asesino y el más erótico.

14:44
El francés ya no dice monosílabos. Conversa con otros franceses. No entiendo un coño lo que dice y él no entiende un coño lo que digo yo, porque este francés no habla inglés, solo francés. Tiene un vinilo, un libro y una rosa roja para Patti Smith. Un galans. Yo tengo una versión de Just Kids con la que me crucé de suerte en la feria que se pone en la ribera del Sena y por la que pagué 5 euros que son $3.852 pesos. ¡Libros sin IVA carajo! Entiendan de una puta vez.

16:08
Leo, fumo, como una mandarina y un sándwich que compré en un kiosko. No tomo agua porque no quiero ir al baño como Moe D que ahora habla con todos. Somos más de 200. Leo, fumo y pienso que no, que por ningún motivo voy a ir a mear y que para qué mierda compré la botella de agua de litro, que me la podría haber ahorrado, y que tengo que estirar los 20 euros que me quedan hasta Berlín. Hasta mañana (jueves). Miro mi celular de la era del Snake. Podría jugar un Sudoku pero no lo hago. Faltan dos horas y me animo: «Manos a la obra, Paciencia Humana».

16:47
La fila comenzó en la puerta de la librería por el Boulevard Raspail hacia el Boulevard Saint-Germain, pero se dio una vuelta sobre sí misma, como en el Snake. Dobla sobre la Rue de Grenelle y se pierde. El francés hojea una revista en francés y se detiene en un reportaje sobre algún movimiento underground neoyorkino. Moe D saca unos pañuelos desechables, los moja y envuelve el tallo de la rosa para Patti Smith con ellos. El inglés del pueblo Bé juega a las cartas con su galfriend belga treinta años menor y le gana siempre. Alrededor todos hablan con todos todo el rato y en todos los idiomas.

Trece minutos después estamos dentro. Soy el número 25 según el papel que me pasó una señora con mirada de inspectora. El francés es el 24, Moe D la 26, el inglés del pueblo Bé el 27 y su galfriend treinta años menor, la 28. Falta una hora. Estoy nervioso y excitado. Necesito un trago. Un corto, para el alma.

Tengo una cámara Olympus noventera de la era de Space Jam. Se la «pedí» prestada a un amigo sin que supiera hace unos días. Tenía una película Kodak ISO 400 TX blanco y negro de 36 disparos puesta y el visor marcaba cuatro fotos. Deposito mis esperanzas de sacar una en la cámara y el rollo que no revisé y del cual no tengo certeza que funcione. Si falla habré perdido la fotito pal feisbuk y los laikis. Nada terrible, ya que tengo la habilidad para salir pésimo en las fotos: con cara de gárgola drogada. Lengua afuera y un ojo más chico que el otro, desfigurado total, como mis tocayas de Notre Dame.

17:59
No habrá lectura, advierten los inspectores de la librería: solo diez segundos por persona y firmas. Maldigo y puteo a los inspectores y elaboro un plan maestro de venganza: reunir al francés, el inglés del pueblo Bé, su galfriend treinta años menor y a Moe D para realizar un saqueo de varios libros finos que hay en el lugar.

Desisto. Estoy raja, me pesan los párpados. Me calo la boina hasta la nariz e imagino dormir unos minutos. Despierto con los sonidos que hace la chica del lado. Mantiene una batalla sin tregua contra la alergia y el resfrío que la tienen al borde de arrancarse la nariz. Le pasó unos pañuelos desechables. Cierro los ojos. Sueño que duermo de nuevo.

18:32
Con un gorro negro, el pelo largo y blanco, entra Patti Smith. «Gracias por estar acá, por esperar. Yo trabajé de joven en una librería así que es muy emocionante estar acá y presentar, esta vez, mi libro. Estoy lista para ustedes», dice.

smith

18:45
Salgo. En mi bolsillo tengo el libro dedicado en la tercera página al lado de la foto del 69′ donde Robert Mapplethorpe y Patti Smith están en Coney Island y parecen del lejano Oeste.

Me recibe una fila gigante de caras desoladas en la calle. Temo que se lancen encima mío, roben mi libro y lo despedacen. «My precious, my precious», escucho. Debo huir, escapar rápido antes que los rostros desolados se transformen en fanáticos demoníacos sedientos de un libro con la firma que me costó cinco horas.

«Have a nice life, man», se despide Moe D. El inglés del pueblo Bé desapareció junto a su galfriend. Al francés me lo encuentro más adelante. Me muestra la firma sobre su vinilo de Horses. Lo felicito y pierdo de vista.

Camino feliz, embriagado, en vorágine. Me estrello contra un bar donde cada cerveza cuesta 6.50 euros ($5 mil). El Happy Hour parisino. Pago, me la tomo en treinta segundos, pido otra y otra y así se fueron mis 20 euros que debía aguantar hasta mañana. Termino de golpear el teclado y escribir esta crónica sin ganar un puto peso, pero con un libro dedicado por Patti Smith. ¡Salud!

Un libro dedicado por Patti Smith

Sobre el autor:

Bastián Silvestre (@bifesilvestre) es periodista freelance.

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