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Un poderoso divertimento revolucionario

por · Marzo de 2017

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La ópera como género literario-musical presenta graves problemas: la estupidez de numerosos libretos; la honda contradicción entre dos fenómenos artísticos e intelectuales contrapuestos, como son la narrativa y la armonía sinfónica o bien el hecho de que a tantas personas les disgusta ver a gordas descomunales encarnando a beldades, a pigmeos cual héroes, a villanos o villanas, que casi siempre suelen ser barítonos y mezzosopranos, que apenas saben caminar, gesticulan tal como si estuviesen en un manicomio y actúan más mal que cualquier amateur. No obstante, hay otro hecho que siempre me ha inquietado hasta el punto de causarme insomnio y me ha planteado cuestiones que soy incapaz de discernir. Existen fábulas novelescas sublimes, de calidad insuperable, epopeyas vigentes por centurias e incluso poemas que cuentan leyendas y que han pasado al olvido porque resultaron eliminados del canon debido a los orquestadores que los han transformado en composiciones para ser cantadas. Es el caso de Carmen, la notable novela breve de Prosper Merimée, que Georges Bizet convirtió en la tragicomedia melódica más popular del mundo; de La Traviata, de Giuseppe Verdi, que borró de la faz de la tierra a la famosa La dama de las camelias, de Alejandro Dumas hijo; de Rigoletto, también de Verdi, que sepultó a El rey se divierte, de Víctor Hugo y de otras construcciones librescas aún vigentes. Los rusos idolatran a Alexander Púshkin y quiso la fortuna que Modesto Moussorgsky se inspirara en Boris Godunov para crear un friso histórico-polifónico magistral, que Tchaikovski se basara en Eugenio Oneguin y La dama de pique para edificar sus piezas culminantes o que Rimsky-Korsakov saqueara El gallo de oro con el fin de hacer una mezcla entre un cuento de hadas con lindas cantilenas y un ballet que, con suerte, son capaces de danzar atletas olímpicos.

Por descontado que ni aunque me pagaran iría a ver folletos irrepresentables y ésta es la posición de la mismísima María Callas, uno de los raros mitos vivientes del siglo pasado. La Divina se quejó de lo absurdo que era interrumpir la acción de Tosca con Vissi d’arte, la única aria para soprano de la historia; de tener que ir a buscar yerbas bajo los cadalsos para enterrar las penas de amor en Un baile de máscaras; de hallarse forzada a huir por toda España por haber mancillado el honor familiar en La fuerza del destino o de sentirse enfrentada a situaciones tan inverosímiles que, si no hubiese sido por su voz o la de otros intérpretes impares, harían que el público riera en lugar de emocionarse. Y solo a la pasada nombraré algunas sagas tan ridículas que únicamente se redimen por causa de partituras admirables: El Trovador y Simón Bocanegra, de Verdi, las dos fundadas en cambios de guaguas al nacer; La Gioconda, de Ponchielli, un enredo de acusaciones inquisitoriales, venganzas grotescas, súbitas resurrecciones y, para terminar esta somera enumeración, mencionaré a Lucrecia Borgia, de Donizetti, con suministros de veneno, antídotos, falsas identidades y cosas por el estilo.

Sin embargo, hay un par de farsas supremas del teatro francés que dieron lugar a óperas cómicas que, sin duda, son las dos obras maestras del género: Las bodas de Fígaro, de Mozart (1786) y El barbero de Sevilla (1816), de Rossini, basadas en las polémicas e incendiarias sátiras de Beaumarchais y que, hasta donde tengo conocimiento, solo son presentadas en la venerable Comédie-Française. Pierre Caron de Beaumarchais (1732-1799) fue un estupendo memorialista, un autor de panfletos judiciales que hoy se pueden leer como si acabaran de ser escritos, un prosista que publicó libelos increíbles para la época y mucho, muchísimo más. Su vida es tan compleja y rica en incidentes como lo que ocurre en todo lo que llevó a la imprenta: colega íntimo de Voltaire, de quien publicó la primera edición de sus textos completos, protegido durante unos años por el rey Luis XV, cercano y después enemigo de madame Du Barry, la querida del monarca, se casó tres veces con mujeres mucho mayores que él e inmensamente ricas; ellas, naturalmente, murieron antes que Pierre, legándole cuantiosas fortunas; coronando lo anterior, Beaumarchais fue procesado por enormes malversaciones, estuvo en prisión unos cuantos meses, huyó luego a Viena y finalmente abrazó los ideales de la Revolución de 1789. De poco le sirvió, ya que se convirtió muy luego en sospechoso para Robespierre y los jacobinos; en consecuencia, de nuevo tuvo que escapar de su país, para regresar cuando se calmaron las aguas.

En El barbero… y Las bodas… Beaumarchais fustiga cruelmente a la aristocracia, sanciona sus licenciosas y corruptas costumbres, denuncia sin piedad un orden socioeconómico que permitía a los nobles aprovecharse de las empleadas y deja por los suelos a un sistema fundado en el abuso, la presunta superioridad de la sangre azul y los privilegios que conllevaba el hecho de pertenecer a la corte, junto a los parásitos que pululaban en torno al soberano. Ambos trabajos, sobre todo Las bodas…, son difíciles de montar en razón de la complejidad del argumento, que transcurre en menos de un día, a las alteraciones súbitas de la trama y muy en especial, a la vasta multiplicidad de personajes. Los protagonistas son Fígaro y su novia Susana, él sirviente del Conde de Almaviva, ella doncella de la Condesa de Almaviva, conformando este cuarteto el nudo de la ficción. En El barbero… el Conde de Almaviva persigue y conquista a Rosina, secuestrada por su tutor, un tío que podría ser el abuelo de la vivaz muchacha, pero quiere desposarla; en Las bodas… el Conde se ha aburrido de la Condesa y realiza toda clase de maquinaciones, incluida una embajada secreta en Londres, para acostarse con Susana. Las dos mujeres, sirvienta y ama, se unen junto a Fígaro para desbaratar los libidinosos planes del Conde, de modo que tenemos a dos plebeyos y una dama de alcurnia ligados en contra de un seductor inescrupuloso. En Las bodas… hay un tercer personaje central: el paje Querubino, enamorado de cuanto prójimo con faldas esté a su alcance. En Beaumarchais, el papel está a cargo de un varón; en Mozart el rol debe desempeñarlo una mezzosoprano, algo completamente inusual en esos tiempos y que se debió a la moderna prohibición de contratar a castrados en los proscenios, por lo que el genio de Salzburgo abrió un camino infinito para que las mujeres se vistieran de hombres y viceversa.

En febrero pasado, gracias a dos amigas entrañables, Marcela Pradenas, chilena radicada en Madrid desde 1986 y Charo Hernández, nativa de Logroño que se ha adueñado de la capital española, pude ver la gran producción de Las bodas… con el montaje de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, en el recién restaurado y precioso Teatro de la Comedia. Fue, aparte de la irremplazable presencia de Marcela y Charo, una experiencia insuperable por varios motivos. Los actores y actrices eran, sin excepción, extraordinarios, con dicciones impecables, que nos permitían escuchar todo el torrente verbal que expresa Beaumarchais, por más que estuviéramos en la última fila de la platea; la puesta en escena resultó formidable dentro de su simplicidad; la iluminación, un lujo; el vestuario, una delicia a la vista; en síntesis, una jornada para recordar indefinidamente. Esta versión, que no altera en un ápice las palabras de Beaumarchais, hace resaltar, de forma espontánea, sin estridencias ni subentendidos de sobra, respetando al máximo el rigor de la prosa y los versos, el profundo carácter feminista de Las bodas… del que ni Beaumarchais ni Mozart pudieron ser plenamente conscientes; así y todo, en el siglo XVIII esas ideas formaban parte de la Ilustración. Entonces, la Condesa, Susana y Marcelina, madre de Fígaro, se salen con la suya sin derramar una gota de sangre para burlar, escarmentar y castigar al Conde, al cretino profesor de canto don Basilio, al presuntuoso abogado don Bartolo, al servil notario y juez don Curzio y al patán jardinero que es Antonio. El apoteósico final, en el que se lucen todas las mujeres en perjuicio de los fatuos hombres, contiene una suerte de moraleja más vigente hoy que nunca: si queremos pasar por encima del llamado sexo débil, debemos asumir las consecuencias, que ciertamente serán desastrosas.

¿Es posible realizar en Chile una escenificación adecuada de Las bodas… u otro poderoso divertimento revolucionario? Desde luego que no: nuestra gran tradición en las tablas se derrumbó en 1973; carecemos de grupos con repertorio; muy de vez en cuando se puede asistir a puestas en escena decentes y nuestra gente de teatro ha preferido emigrar a las teleseries, tan efímeras como una lluvia en febrero, si bien mucho más rentables. Y todo ello es, huelga decirlo, una calamidad más de la llamada economía social de mercado.

Un poderoso divertimento revolucionario

Sobre el autor:

Camilo Marks es novelista y crítico literario. Como reseñista, ha colaborado, desde 1988 hasta el presente, en diversos medios escritos. Es autor, entre otros libros, de La crítica: el género de los géneros y La dictadura del proletariado.

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