Unos caballeros

por · Diciembre de 2016

Con la misma mirada escéptica y sarcástica que un punk mira en una esquina, los Fiskales construyeron su grupo musical. A lo mejor se equivocaron muchas veces, algunos conciertos se descontrolaron un poco e incumplieron uno que otro compromiso formal, pero siempre hicieron lo mejor que pudieron y fueron consecuentes con lo que pensaban.

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Con la misma mirada escéptica y sarcástica que un punk mira en una esquina, los Fiskales construyeron su grupo musical. A lo mejor se equivocaron muchas veces, algunos conciertos se descontrolaron un poco e incumplieron uno que otro compromiso formal, pero siempre hicieron lo mejor que pudieron y fueron consecuentes con lo que pensaban.

Los Fiskales se van como unos caballeros. Discretamente, sin escándalos ni reclamos, se bajan del escenario y salen por la puerta grande, que es la única que ellos usan. Por ahí siempre han caminado, y es la misma por donde anda todo el mundo: la puerta por la que se sube a las micros, por las que sale a las calles del centro de Santiago o a la que conduce a algún barrio de una ciudad del sur.

Los Fiskales Ad Hok son la más grande leyenda del punk en Chile. Su nombre va a aparecer en los libros de historia y sus canciones serán citadas como un síntoma de esta época, pero eso va a ocurrir en un tiempo más y a ellos ni les preocupa. Como auténticos caballeros, no andan contando sus historias ni exigiendo reconocimientos. Solo hacen lo que creen correcto. Nada más.

Su huella es definitiva porque las poderosas canciones de los Fiskales Ad Hok han retratado el pulso de una parte de la sociedad chilena. Probablemente una parte marginal, que está lejos de ser una mayoría, pero es un pulso que no podrá pasarse por alto cuando se escriba la historia de este tiempo. «Hubiese preferido salir y no hablar con nadie/ hubiese preferido no venir», dice el estribillo de “No estar aquí”, de 1995, lo más cercano a un hit de la banda, y la expresión de hastío, decepción e inconformidad que, en esos años, no eran una pataleta punk, sino que representaban las emociones de un porcentaje creciente de chilenos.

Así muchas veces, los Fiskales han plasmado instantes, iras y dolores de la sociedad chilena en sus canciones. «Se acaba la paciencia/ de un lado los guardianes/ del otro gente descontenta», dicen en “Lindo momento” del 2007, fotografiando a aquellos fraguaban un sentimiento que poco después iba a explotar: «Gente que es postergada/ gente que es anulada/ gente que sabe que su voz no es escuchada».

Y el verso sobre las elecciones presidenciales de “El circo” de 1995, «Seis años este circo durará/ Seis años en que nada cambiará», hoy no es un mero estribillo punketa, sino que es la mirada compartida de muchos ciudadanos que, de esos que ya no votan en las elecciones porque justamente sienten «que nada cambiará».

Con la misma mirada escéptica y sarcástica que un punk mira en una esquina, los Fiskales construyeron su grupo musical. A lo mejor se equivocaron muchas veces, algunos conciertos se descontrolaron un poco e incumplieron uno que otro compromiso formal, pero siempre hicieron lo mejor que pudieron y fueron consecuentes con lo que pensaban.

Un solo ejemplo: en lo ’90 pasaron por una compañía multinacional, se dieron cuenta que no era confiable y tomaron una decisión: crearon un sello propio. Allí sumaron a sus grupos amigos, y de compartir escenarios pasaron a compartir estudios y circuitos de distribución. Forjaron su historia tomando ese tipo de decisiones, y así fue como completaron 29 años, cientos de horas en el escenario y a una decena de músicos que pasaron por la banda.

De todo pasó entre ellos, por supuesto, como en cualquier familia: se separaron, se juntaron, a veces se excedieron en decibeles (y en otras cosas), se pelearon y se abuenaron.

Y se cansaron. «Tenemos la sensación de que es suficiente», dijeron en algunas entrevistas hace algunos días, donde reconocieron que se sentían viejos, que la familia, que la vida adulta.

Cumplían 30 años este 2017 y podrían haberse aprovechado de eso: ganarse un Fondart, conseguir un sponsor, aliarse con una agencia de booking, buscar un endorsement con algún producto.

Pero esos son conceptos marcianos para los Fiskales Ad Hok. Seguro que les dan risa. Ellos solo circulan por las puertas grandes, y no entienden de ventanillas ni de formularios (y a veces los desprecian).

Quien sabe si algún día regresen. Desde que eran adolescentes, nunca se han atrevido a imaginar su futuro. Ahora sienten que llegó el final y así no más es. Los Fiskales Ad Hok dejan los instrumentos y se bajan del escenario. Tras una serie de tocatas que, sin proponérselo, se han convertido en su despedida.

Nada es dramático: Solo hacen una reverencia cuando se despiden, y dan las gracias. Ellos dan las gracias porque son, ante todo, unos caballeros.

Que suerte tuvimos los que los vimos alguna vez. Le contaremos a nuestros nietos cuando lean su nombre en los libros de historia. Si preguntan quienes son, la respuesta será esa. «¿Los Fiskales? Ah, esos, por sobre cualquier otra cosa, eran unos caballeros».

(Y salud por ellos).

Unos caballeros

Sobre el autor:

Jorge Leiva

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