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Viaje a la isla de Lollapalooza

por · Marzo de 2015

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Lollapalooza

A pasos del metro Parque O’Higgins, con un calor hiriente, escasa sombra en la cual guarecerse y rodeado de adolescentes con «palo selfie» en mano, muchos de ellos sacados de una publicidad de multitienda y otros que podrían inspirar los looks mostrados en Viste la calle, se dio lugar a la quinta versión del festival Lollapalooza en Santiago. Lugar donde la débil señal de los teléfonos móviles provocó más que ansiedad en los hiperconectados de siempre, frustrados por no poder subir una foto o comunicarse por Whatsapp para coordinar un punto de encuentro con algún perdido en el parque.

Lollapalooza funciona como una isla, marcada por hitos o en este caso «stages», aislada de los hechos del exterior. Escasa o nula era la información sobre el incendio forestal en Valparaíso, el superclásico entre Universidad de Chile y Colo Colo o las apelaciones de los involucrados en el Caso Penta. Una isla donde el éxodo es permanente y que hace las veces de evento de vida social, picnic melómano, paseo familiar y fiesta hiperestimulada. Un lugar donde es imposible aburrirse o quejarse de la producción, un espacio que da cabida a los poseros de siempre y a los expertos con conocimiento enciclopédico sobre los artistas invitados. Por sobre todo, el festival se vuelve un concepto que engloba muy bien el germen venenoso de los críticos multipropósito que hacen nata en Internet. Lollapalooza pasa de ser una isla paradisíaca donde todo funciona con el orden y rigor de la mente gringa, a la minoca codiciada que todos pretenden y que en el fracaso por pavonearse ante ella, se le inventan toda clase de rumores infundados: desde quejarse por los precios (no se leen tantas críticas en las redes sociales cuando se dan a conocer los del último iPhone), a repudiar la invasión de marcas y asistentes vip (lo cual suena más sensato y debatible que lo anterior), o pelar sin contemplación lo «pésima» de la parrilla de este año y los anteriores (comentario de escaso asidero).

En un país donde los grandes eventos de la cultura popular se limitan al Festival de Viña (muy cuestionado) y la Teletón (doblemente cuestionada), se agradece el asentamiento de este y otros encuentros de música como Primavera Fauna o Maquinaria. El resto es odiar por odiar, hábito patrio muy propio de un país sin identidad, pegado en una perpetua adolescencia de ejercicios donde imitar, influenciarse y quejarse por todo van en la misma oración. Las mismas críticas se escuchan desde el festival Coachella, encuentro que perdió el bajo perfil inicial para comenzar a ser visitado por estrellas de Hollywood y —vade retro Satán— marcas. Porque culpar a un festival de la poca capacidad de autocontrol sobre los impulsos de compra gracias a la presencia de logos comerciales, es al menos, errático.

Si le molestan las selfies, no se las tome. Si lo suyo no son las tendencias de la moda, no las siga. Si usted es un purista, vaya y disfrute a rabiar de sus cantantes o bandas favoritas. La idea es que esta y otras instancias dejen de ser islas y que la diversidad y el respeto pasen a ser algo permanente y no las partes de un discurso monillento. A fin de cuentas, esos pseudo argumentos que boicotean todo, se acercan bastante a las voces que se oponen a los derechos civiles de un grupo u otro. Usted no se va a volver posero ni un zorrón alumbrado por estar en el mismo terreno con gente ídem, estamos en 2015, supérenlo.

Fotos: Eleonora Aldea y Felipe Avendaño © paniko.cl

Viaje a la isla de Lollapalooza

Sobre el autor:

Fernando Delgado es comunicador audiovisual y guionista de series y teleseries en TVN, MEGA y CHV.

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